Opinión

  • | 2014/08/24 08:40

    Medellín: años sesentas

    Somos una familia de inmigrantes. Yo soy segunda generación. A pesar del aislamiento del resto de la sociedad, teníamos una vida feliz. Después irrumpió Pablo Escobar. Y nuestra vida bucólica se fue al diablo.

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Yo nací en la Medellín de los sesenta y setenta. Hace 40 años. El país se ha desarrollado enormemente a nivel urbano. Medellín tenía menos de 800.000 habitantes, mientras en Bogotá había seis millones.

Medellín tenía mucho de pueblo: el carro de la leche Proleche, tirado por caballos pasaba todos los días. La Coca-Cola la repartían en la casa. Había un solo canal de televisión que en Semana Santa solo pasaba música clásica. Era en blanco y negro, sin control remoto.

Por la noche echábamos cerrojo a las habitaciones, porque se habían metido apartamenteros en una casa vecina. La seguridad callejera no era mejor que hoy. Ojo con las joyas, la cartera. No podíamos montar bicicleta en la calle. Por la noche sonaban tiros y explosiones. Eran las épocas de la huelga en la Universidad de Antioquia se oían las papas bomba. Un grupo de alumnos, entre ellos el exministro Amylkar Acosta, quemó el edificio de administración de la Universidad.

No había supermercados. Había que ir a la plaza de mercado a conseguir todo: frutas, legumbres, carne, pollo y pescado. Con una enorme canasta cargada por el “chiquito”, un enano superhombre que sobre su joroba llevaba las canastas.

Como dice un amigo: “yo soy de Laureles de toda la vida”. Teníamos una casa enorme de dos pisos, cinco habitaciones, sala, biblioteca, porche y jardín. Estábamos a tres cuadras del segundo parque de Laureles.

En Semana Santa y en el mes de María me despertaba un ruido de pies arrastrándose lentamente por la calle. Miraba por la ventana y ahí estaba la procesión rumbo a la Iglesia de Santa Teresita.

Los domingos, si no íbamos a nuestro club, el destino era la retreta del parque Bolivar. El premio era un helado de San Francisco. Al lado de San Francisco estaba el mejor restaurante de la ciudad: el chino Chung Wah, que nos encantaba. El otro restaurante que había era La Fonda Antioqueña. Horacio “El loco” Jaramillo solo tenía una panadería llamada Santa Clara, en el roundpoint de Bulerías.

Los fines de semana todos los demás, o sea los que no eran judíos, se iban a sus fincas. No importa el nivel social, todos los antioqueños con su arraigo a la tierra quieren tener finca. Para nosotros, judíos recién llegados, no había presupuesto para finca. Íbamos entonces al “club” que era en las instalaciones del colegio.

Eso significaba que íbamos al colegio seis veces por semana. El plan de ir a la “Finca” era sentarse alrededor de una piscina, cada niña exponiendo sus hermosuras a los galanes de turno. La piscina no tenía calefacción y los valientes se metían a nadar, más los niños que nunca tienen frío.

Para leer casi no había de donde escoger. La única librería era la Continental de Rafael Vega, que tenía una colección enorme de libros. Mi mamá era la mejor clienta, y al tiempo ella encargaba libros a sus contactos en Argentina. Esa afición por los libros todos la heredamos. La otra librería era la Aguirre, de Alberto Aguirre, recordado profesor y crítico de cine.

El gimnasio era El Molino, donde primero aprendimos a nadar con Javier Gómez, que nos tiraba a la piscina como bultos, a ver cómo nos desenvolvíamos. Después al gimnasio de Luis Fernando Arenas que repetía durante la rutina: “El azúcar es veneno”.

No había Multiplex sino teatros individuales como el América, Lido y Cid. El América quedaba cerca de mi casa y una vez llegando con mis amigas, un tipo se sacó aquello. Solo yo lo vi. No podía creer que eso fuera tan grande, pensé que era de plástico. Ya había sufrido pellizcos en la calle y en los buses. No había nada que hacer.

Somos una familia de inmigrantes. Yo soy segunda generación, mis padres nacieron en Europa. El choque cultural fue tremendo para la primera generación, pero la segunda ya nació acá, y a pesar del aislamiento del resto de la sociedad, teníamos una vida feliz: nuestro colegio, nuestro club, nuestros amigos.

Después irrumpió Pablo Escobar. Y nuestra vida bucólica se fue al diablo.
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