Opinión

  • | 2013/09/04 18:00

    TLC venteado

    En el mundo se han firmado más de 550 Tratados de Libre Comercio, especialmente en los últimos 10 años. ¿Por qué razón? ¿Qué ganamos y qué perdemos firmando?

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En 2002 existían 70 TLC que involucraban a algún país asiático. En enero último, el número llega a 257 y sigue subiendo. La notable proliferación de Tratados de Libre Comercio que se observa, especial pero no exclusivamente en Asia, en los últimos años, se explica por dos factores principales. Primero, por el estancamiento de la llamada Ronda de Doha la cual desde 2008 parece dormir el sueño de los justos, generando un profundo y generalizado escepticismo hacia el futuro del esquema tradicional de negociación multilateral, en general, y hacia la seriedad de los países avanzados, en particular, para negociar subsidios altamente distorsionantes. Segundo, por el fortalecimiento notable en las llamadas “cadenas internacionales de valor” y la aparición resultante de temas adicionales al tradicional problema de canjear el acceso de bienes finales al mercado local, en áreas como el tratamiento de bienes intermedios que entran y salen de varios países en el curso del proceso productivo.

Colombia, como en tantas otras áreas, ha sido un país lento y cauteloso y en consecuencia el número de TLC que ha firmado es bastante bajo. En efecto, mientras que Chile, por ejemplo, tiene vigentes 24 tratados, incluyendo acuerdos con pesos pesados del comercio mundial, como Australia, China, Japón, Corea, Estados Unidos, India y la Unión Europea, Colombia tiene apenas 10, incluyendo uno con la Comunidad Andina y otro con tres países de América Central. Sobra recordar que los sectores industrial y agrario en Chile, lejos de haber desaparecido por esa reiterada voluntad de hacer parte del mundo, han progresado de manera importante.

Tres reflexiones a propósito de estos virajes. La primera, desaparecida la agenda multilateral tradicional y dada la falta absoluta de voluntad para emprender desgravaciones unilaterales, fenómeno que se observa a lo largo y ancho del mundo, lo cierto es que la agenda comercial contemporánea equivale a la búsqueda agresiva de acuerdos de libre comercio ambiciosos. Por supuesto que se corren riesgos, notablemente la posibilidad de que la normatividad que de hecho gobierna el comercio mundial carezca de unidad de materia y termine constituyendo un sancocho, o un Asian Noodle, para usar el término en boga. Esta nueva forma de hacer política comercial, sin embargo, es el único camino realista, y probablemente lo seguirá siendo por varios años más, de integrarnos al mundo.

En segundo término, hoy por hoy la animadversión hacia los TLC que se observa en algunos sectores de la opinión colombiana, especialmente en las vísperas de algún desorden anunciado, equivale a un antagonismo por partida doble, puesto que le suma al influyente y tradicional odio al comercio internacional una espinita más novedosa: un rechazo a la inserción de Colombia en las cadenas globales de valor que hoy día fundamentan parte sustancial de los flujos comerciales de manufacturas. Lo curioso es que estudio tras estudio muestran que las manufacturas han sido fundamentales para sacar a 600 millones de asiáticos de la pobreza en 20 años. Estoy seguro de que este logro sería un aleluya para la opinión progresista si tuviera origen en cualquier fuente distinta al comercio internacional y el ánimo de lucro.

Tercero, el valor se agrega a pasos, el primero de ellos, y el más grande, es la innovación, asunto en el que poco o nada tenemos para aportar, como bien lo muestra el Reporte Global de Competitividad. Tras la innovación, las cosas van bajando en cascada y en cada paso de la escalera hacia abajo, nos guste o no nos guste, hay alguna variante de TLC, alguna zona franca, alguna zona comercial especial o algún asunto similar. No cabe duda que, con gran frecuencia, la música en este baile es desagradable y hasta molesta. Pero lo cierto es que tenemos dos opciones realistas: o entramos al baile y elevamos la probabilidad de eliminar la pobreza en Colombia, o seguimos afuera, como hasta ahora, botando a la basura oportunidades serias de progreso.
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