Opinión

  • | 2015/02/19 06:00

    De la mano de Mamá Franca

    La Guajira es el segundo departamento más pobre de Colombia, a pesar de las regalías que le ha dejado El Cerrejón. La comunidad Wayúu dice que El Cerrejón no les ha dejado nada, ni carreteras, ni electricidad ni mucho menos agua.

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Conocí a Francisca Sierra, la mujer más poderosa de La Guajira, cuando fui directora en la Dian en 2000. A raíz de un paro en Maicao, Mamá Franca, como le dicen todos, presidió una enorme delegación que vino a negociar con el Ministerio de Hacienda. A pesar de que estábamos en bandos contrarios, Mamá Franca y yo simpatizamos.

Quince años después conozco La Guajira de la mano de esta valerosa mujer. Recorrimos el desierto desde Riohacha hasta el Cabo de la Vela, pasando por Maicao, Uribia y las innumerables rancherías a lo largo del camino. Viajamos en la camioneta blindada y los dos escoltas que le proporciona la UNP, después de que una de sus hijas, la Chachi, fuera asesinada en Santa Marta, aparentemente por órdenes de Kiko Gómez.

La Guajira es el segundo departamento más pobre de Colombia, a pesar de las regalías que le ha dejado El Cerrejón. La comunidad Wayúu dice que El Cerrejón no les ha dejado nada, ni carreteras, ni electricidad ni mucho menos agua.

No entienden que es el Estado el encargado de proporcionar la infraestructura básica, pero ante su inacción crónica y la malversación de los recursos, los Wayúu se han olvidado de su existencia, y en su imaginario es el proyecto carbonífero el que debe proveer.

En La Guajira no hay comida. Esta tierra solo da chivos, una que otra vaca y el pescado que ocasionalmente pescan los Wayúu, como excepción a la regla, pues normalmente no lo hacen. No tienen lanchas ni canoas. Los alimentos venían del interior o de Venezuela, cuando había comida en ese país.

Es más fácil conseguir una manzana importada que una papaya. No hay verduras. El arroz, la yuca y el plátano son traídos del interior. No hay agua. En la capital del departamento la cortan de lunes a jueves y es de pésima calidad. No sirve para cocinar, solo para lavar.

Las únicas fuentes de empleo son el gobierno y el comercio, legal o ilegal. Los Wayúu no se benefician de ninguno de los dos. Las mujeres tejen hermosas mochilas, por las que les pagan algo más de $30.000. En el interior se venden a $150.000 y en el exterior a US$100. Las mujeres además hacen todos los trabajos de la casa. El hombre Wayúu típico está echado en una hamaca, tomando whisky y viendo televisión.

El mar Caribe es hermoso. Azul, limpio, con playas de arena blanca que bordean todo el departamento. Montar una infraestructura turística, que sacaría a los Wayúu de la miseria es costoso, pero posible. Hay un solo hotel de nivel internacional en el Cabo de la Vela, amarrado a El Cerrejón.

Con inversión, este desierto podría florecer, con distritos de riego y desarrollo turístico, tal como pasó en el otrora desierto de Israel, que hoy es un parche verde en medio de la pobreza e intolerancia de los países vecinos.

El departamento no tiene un solo Senador. Los que mandan son los caciques de Magdalena y César. Eso sí, vale la pena destacar la labor del secretario de Hacienda de la Gobernación, César Arizmendi, que montó un Estatuto Tributario para los municipios, con asesores permanentes en la implementación, para diversificar las rentas.

Mamá Franca tuvo nueve hijos, de los cuales sobreviven cinco. Tres varones murieron en accidentes de tránsito, y la Chachi en forma violenta, como se indicó arriba. En 2004 su marido, Víctor Ojeda, había sido asesinado también, supuestamente por orden del mismo Kiko. Quedaron huérfanos seis niños, que hoy viven fuera del país.

Los demás hijos de Mamá Franca huyeron al exterior también y solo queda el menor, Wilber Hernández, abogado que hoy trabaja en la Procuraduría de Valledupar y está casado con la hermosa diseñadora Lily Gómez.

Cuando murió Chachi, Mamá Franca ordenó no vengar su muerte. No quiso desatar una guerra de sangre que no resucitaría a su hija. La tumba de Chachi está en el cementerio familiar, como acostumbran los Wayúu. Al lado del mármol verde hay una pequeña placa del mismo color que guarda las vísceras de Víctor Ojeda, lo único que quedó de él.
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