Opinión

  • | 2016/05/26 00:00

    Los chinos de San Victorino

    Si quienes organizaron el show mediático en el que se denunciaba la “invasión china” realmente buscaban detener el lavado de dinero mediante el contrabando de productos asiáticos, difícilmente podrían haber hecho peor las cosas.

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Desde los años 80 del siglo pasado el contrabando ha servido para que nuestros narcos pasen a pesos los dólares que reciben por sus ventas en Estados Unidos. El método es bien conocido: los narcos reciben dólares a cambio de su producto, pero necesitan pesos para pagar sus gastos de seguridad en Colombia, comprar cosechas, mantener su estilo de vida etc. De esto se encargan unos intermediarios que pagan los billetes americanos con pesos contra un fuerte descuento, para luego venderlos a algún comerciante que se dedica a introducir mercancía extranjera de contrabando a Colombia. Con estos dólares comprados a muy buena tasa, los comerciantes-contrabandistas pagan las mercancías foráneas que luego venden en el país, punto en el cual recuperan los pesos y se cierra el círculo.

Durante los últimos treinta años los comerciantes criollos poco o nada han dicho sobre este animado negocio, contra el cual solo protestaban los fabricantes locales de los bienes que competían contra los de contrabando. Pero incluso esas protestas se acallaron en la medida en que los productores se fueron rindiendo porque era imposible competir contra el subsidio del contrabando más la revaluación del peso.

Desaparecida la competencia local, estaban tranquilas las cosas hasta donde podía apreciarse en el mundo del comercio ilegal colombiano, cuando de un momento a otro ocurrió algo inesperado: el largo silencio de nuestros comerciantes sobre los devastadores efectos del lavado de dinero en la economía fue roto ni más ni menos que por los vendedores de San Victorino, quienes organizaron una marcha anti-china el pasado 18 de mayo, profusamente destacada en los medios de comunicación colombianos ante los cuales sus líderes denunciaron la “invasión china” y afirmaron que los comerciantes de esa nacionalidad lavan dinero mediante productos de contrabando que venden en esa plaza.

Haciendo eco a la marcha, la Policía Fiscal y Aduanera colombiana anunció que ha abierto 13 expedientes este año a comercios chinos con copia en la unidad penal de la Dian, más tres procesos por contrabando y seis procesos por el delito de favorecimiento y facilitación del contrabando, y que además ha hecho 68 visitas aduaneras a los comercios chinos y les ha aprehendido mercancías por valor de $11.504 millones.

¿Cuál fue el objetivo de este show? Si quienes lo organizaron realmente buscaban detener el lavado de dinero mediante el contrabando de productos asiáticos, difícilmente podrían haber hecho peor las cosas. Veamos por qué:

1) Para enfrentar el lavado transnacional es indispensable que las autoridades de todos los países involucrados colaboren entre sí, pero nunca conseguiremos que las autoridades chinas apoyen las investigaciones colombianas si nuestra policía dirige sus operaciones contra “los chinos de San Victorino”, como si todo chino que vende ahí necesariamente hiciera parte de una banda criminal.

2) Las denuncias que hacen los comerciantes criollos son hipócritas, porque todo el mundo sabe que ellos mismos han sido grandes facilitadores del contrabando. ¿Serán capaces los comerciantes de marchar contra quienes venden dólares del narcotráfico y de denunciar públicamente las manzanas podridas dentro de su propio gremio?

3) El adelantamiento de una investigación anti-contrabando contra los integrantes de una etnia determinada (los chinos) viola la Convención sobre Eliminación de la Discriminación Racial que hace parte de nuestra Constitución, mientras que la estrategia de agitar la opinión pública contra los chinos recuerda tristemente los prejuicios de los que son víctimas los colombianos en el exterior.

4) Colombia siempre ha manejado horriblemente mal su política migratoria. La reciente embestida anti china recuerda la famosa Circular del Canciller López de Meza de 1938, en la que recomendó a los funcionarios diplomáticos poner “todas las trabas humanamente posibles al visado de nuevos pasaportes a elementos judíos”. ¿Cuándo aprenderemos a tender las manos en lugar de cerrar las puertas?.

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