Opinión

  • | 2014/11/16 14:15

    Podríamos estar ante el Karl Marx moderno

    Como Marx, Piketty tiene el enfoque de la economía como una ciencia social, y en la práctica hace la reivindicación de la economía política.

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Alguna vez se mencionó que Colombia parecía el Tíbet de Latinoamérica por lo atrasados y aislados que estábamos respecto a los adelantos del mundo. Ante el poco interés o debates que ha despertado entre nosotros el libro de Tomás Picketty (El Capital en el Siglo XXI), en alguna forma esto se confirma.

Difícil hacer un resumen de la oleada de conceptos y escritos que generó en el mundo, pero valen algunos comentarios. Comenzando por precisar que su trabajo se refiere concretamente al aspecto de la repartición de las riquezas y la desigualdad, porque en su opinión es un tema que afecta a todos y “es demasiado importante para asumir que la democracia puede ser reemplazada por una república de expertos”.

Como Marx, Piketty tiene el enfoque de la economía como una ciencia social, y en la práctica hace la reivindicación de la economía política tal como se conocía antes de que se independizara y se aliara con las matemáticas para convertirse en las ‘ciencias económicas’. Marx era un historiador y su esfuerzo fue por deducir de la historia algunas teorías que le permitieron hacer proyecciones. Estas últimas no se cumplieron al pie de la letra, pero su aporte y su influencia en el mundo de la economía y de la política marcaron un hito que nadie discute. El trabajo de Piketty reintegra la historia económica a la economía, la que según él "no ha salido de su pasión infantil por las matemáticas y las especulaciones meramente teóricas, y con frecuencia ideologizadas, esto en detrimento de la investigación histórica y de la cercanía a las otras ciencias sociales".

Por algo la revista Time lo apodó Marx 2.0, y no es gratuito que Krugman comentara: “Es un libro que va a cambiar a la vez la forma en que concebimos las sociedades y manejamos la economía”.

Su parecido va desde el título de su obra El Capital en el siglo XXI hasta que hubiera podido encabezarla plagiando al autor de El Capital original diciendo que ‘un fantasma recorre el mundo, el fantasma de la desigualdad’. Fue publicado al momento en que las ‘dignidades’ acampaban en la Plaza Mayor de Madrid, se tomaban las calles de las ciudades inglesas, o lanzaban en Estados Unidos la protesta contra el 1% dueño de 40% de la riqueza de país. Pero sí coincidió con los movimientos políticos del momento, como el de Marx el trabajo es fruto de investigar y depurar una tesis durante más de veinte años.

En cuanto al contenido, ha suscitado más controversia la conclusión que la lógica de la argumentación.

Esta gira alrededor de comprobar que históricamente el planteamiento de Kusnetz, que supondría que el crecimiento económico por sí mismo tiende a mejorar la distribución de la riqueza y el ingreso, no es necesariamente cierto; tampoco lo contrario; pero, con la capacidad que da la informática y la recolección de datos que ahora se tienen, lo que deduce es que el rendimiento de las rentas de capital favorece la concentración cuando es mayor que el aumento del PIB, y que eso ha sucedido en forma recurrente con más o menos incidencia en diferentes épocas y diferentes países. Es decir que no es válido que el crecimiento y el mercado pueden solos crear una sociedad más armónica, sino es la orientación que se dé a las políticas y a la intervención del Estado lo determinante para mejorar la distribución de la riqueza y el ingreso.

El raciocinio lógico es impecable solo rebatible con un estudio similar que contradijera los datos que suministra. Por supuesto, los administradores y beneficiarios de los modelos económicos actuales y los ideólogos y académicos representantes de lo que él cuestiona reaccionan contra él, pero a diferencia de estos, que en artículos de pocas páginas pretenden descalificar y descartar sus análisis, es de destacar la ponderación con la que presenta sus propuestas.

Acepta la premisa de que “la desigualdad no necesariamente es mala por sí misma: el punto central es saber si es justificable, si existen razones válidas para ella”. Reduce la conclusión a lo que él mismo califica como una ‘utopía’, significando con ello que, más que una solución o una propuesta, es un deseo, en el mejor de los casos algo incierto y remoto. Sostiene que la ‘divergencia’ (la tendencia a aumentar la brecha) no forzosamente es perpetua, y es solo una de las posibilidades del futuro. Avanza más que quienes cuestionan sus conclusiones, adelantando que “la principal fuerza de convergencia (léase de igualización) es el proceso de divulgar conocimientos y de inversión en la calificación y la formación (de la ciudadanía)”.

Para nuestros gurús obsesionados con que el crecimiento resolverá todo, poco interés parecen tener en este tema. Lo paradójico es que el proyecto de reforma tributaria tiene la misma propuesta del impuesto progresivo al patrimonio con la cual concluye la obra, solo que aquí la motivación es para cubrir un faltante en un presupuesto en un modelo desarrollista, es decir, lo contrario de lo que Piketty plantea.

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