Opinión

  • | 2013/10/16 18:00

    Nuestras posibilidades en el TLC

    Fácil es deducir que el más poderoso tendrá tendencia a imponer las condiciones en las cuales se den sus propios beneficios.

COMPARTIR

Desde que se iniciaron las primeras conversaciones con los Estados Unidos para negociar con ellos un Tratado de Libre Comercio, ha sido una constante el debate entre sus defensores y quienes lo cuestionan o son escépticos frente a él. Hoy, cuando se empiezan a ver sus resultados, toma más fuerza la controversia. Más que poder establecer quién tiene razón, lo que sí se puede constatar es el porqué de esa dificultad.

Un país que se acostumbra a que lo primero que dice y que tiene que hacer quien es sujeto de cualquier acusación es probar su inocencia, es un país que tiene distorsionados sus sistemas no solo jurídicos (puesto que el principio universal es que la inocencia se presume y es en quien acusa que recae la carga de la prueba) sino su metodología de análisis –ya que demostrar que algo no existe es la llamada ‘prueba diabólica’, justamente por ser esto imposible–.

Algo parecido sucede con el tema del modelo neoliberal.

El principio debería ser que quien lo defiende o lo propone es quien debe demostrar que en la teoría ese modelo produce las bondades que se dice promete. La simple afirmación o enumeración de las perspectivas que se esperan deberían estar acompañadas por lo menos de un razonamiento teórico que permita esa conclusión.

No es lo que han hecho los defensores de los TLC. El único argumento esgrimido ha sido lo inadecuado o lo fracasado de lo que consideran el modelo contrario o sea el proteccionismo (inicialmente aduciendo el agotamiento del modelo cepalino de industrialización y sustitución de importaciones, y hoy simplemente afirmando que el acceso al mercado globalizado es, además de una oportunidad, un imperativo).

Ante los resultados de las experiencias –claramente negativos– lo que también sin soporte alguno se repite es que en el largo plazo se obtendrán los beneficios.

El único sustento teórico que lo ratificaría es el principio expuesto por Ricardo de las ‘ventajas comparativas’. Pero hay dos clases de tales ventajas. La elemental o de ventajas comparativas absolutas, que dice que dos economías con diferentes eficiencias en uno u otro producto mejoran cada una su rendimiento si se dedica cada cual a lo que mejor hacen y lo intercambian con el otro en un libre mercado.

Si A produce televisiones con 30 horas de trabajo y sillas con 10 horas trabajo, y B hace ambas con 20 horas, A se dedicará a fabricar sillas y B televisores; al intercambiar dos sillas por un televisor, a cada uno le costará 30 horas trabajo una canasta de un televisor y una silla que antes les costaba 40 horas. Aquí hemos asumido que el poder adquisitivo de ambas economías es similar –o sea el rendimiento y el valor de la hora de trabajo en las dos partes–. La bondad del resultado no se basa en la desigualdad entre las partes sino en la diferencia en las habilidades.

Pero otro es el tema de las ventajas comparativas relativas. Sería el caso de intercambios entre un país en desarrollo y uno industrializado, donde el poder adquisitivo del salario no es parecido, ni el rendimiento de la hora hombre equivalente, lo cual hace que en todos los productos sea más eficiente el más desarrollado, y esto es lo que cambia el panorama.

Entonces supongamos que A produce los mismos televisores a 30 y las sillas a 10 horas y que la hora hombre cuesta $1,00; y a B’ (el subdesarrollado) le cuestan 40 y 15 horas respectivamente. Si la hora hombre en B’ cuesta, por ejemplo, $0,50 o menos, le saldrá perjudicial buscar intercambios, pues la canasta silla-televisor le saldría por $27,50 con ambos productos más baratos que negociando con A; lo mismo le pasa a A si la hora de B’ vale más de $0,80, por ejemplo, pues su canasta le sale por $40,00 y ninguno de los productos de B’ le sale más barato. En cambio, si el salario de B’ es por ejemplo de $0,70, los costos más bajos serán del televisor producido por él, que costará $28,00 (contra $30,00 de A), y de la silla producida por A, que costará $10,00 (contra $10,50 de la de B). Se da la situación anterior de las ventajas absolutas y con el intercambio ambos obtienen la canasta con menos horas de trabajo, 38,00 contra 40,00 para A, y 38,00/0,7 = 54,3 contra 55 para B.

Ambas partes mejoran pero más A (de 40 a 38 = 5%) que B (de 55 a 54,3 = 1,3%). Como el nivel de desarrollo es un concepto de comparar con quien más avanzado está, el subdesarrollo y la brecha se aumentan, a pesar de la mejora de B. Fácil es comprobar que, donde es factible el intercambio, entre más desigual el salario más barata se obtiene la canasta, pero mayor es el nuevo aumento de la brecha resultante.

También fácil es deducir que el más poderoso tendrá tendencia a imponer las condiciones en las cuales más se den sus beneficios.

Por último, y lo más grave, con el aumento de la brecha se da un proceso de retroalimentación que forma una espiral perversa en la cual entre más diferencia salarial existe más aumenta la brecha, y entre más se aumenta la brecha más se abarata la canasta para ambos, pero a costa de mayor subdesarrollo para el más atrasado.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?