Opinión

  • | 2014/01/26 10:00

    Obsesiones perpetuadas

    Tuve tres obsesiones en 2013: el Euro, el lío fiscal americano y el riesgo crediticio en China y en ninguno pasó mayor cosa. ¿Significa que los líos se resolvieron?

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Conviene empezar el nuevo año destilando las equivocaciones cometidas en el anterior, buscando la síntesis escueta de lo que uno logró aprender. Hace exactamente un año, en mi caso, a la hora de pensar lo que sería 2013 en Colombia, yo tenía tres obsesiones: los determinantes del euro, la trayectoria fiscal y monetaria en Estados Unidos y la banca paralela en China. Al cabo, en ninguna de mis obsesiones terminó sucediendo lo que me temía: ningún país se salió del euro, la tasa de interés de la deuda pública en Estados Unidos se mantuvo en niveles históricamente bajos y el sistema financiero chino estuvo bastante tranquilo.

En buena parte por esta combinación de noticias externas mucho mejores de lo que yo anticipaba, la economía colombiana salió, también, mejor parada de lo que me temía. Para 2014, entonces, conviene reflexionar al amparo de este telón de fondo y una buena manera de hacerlo es comenzar por la pregunta más sencilla: ¿hay razones fuertes para concluir que se solucionaron los tres líos que me obsesionaban hace un año? De la respuesta a esta pregunta depende la manera de ver la dinámica económica del mundo emergente, en general, y de Colombia, en particular.

No obstante el hecho de que el continente ya salió de la recesión lo cierto es, primero, que los bancos europeos siguen fuertemente descapitalizados y deben seguir reduciendo su exposición crediticia e inyectando capital, procesos poco amigables a la recuperación. Segundo, la ausencia de reformas importantes, sobre todo en los frentes laboral y fiscal, es una sombra larga que seguirá oscureciendo el panorama general, alimentando los llamados a abandonar la moneda única y exponenciando incertidumbres. Tercero, en virtud de lo que ya son varios años de dificultad y restricción, viene en aumento el fraccionamiento político y florecen los extremismos, lo cual dificulta cerrar el círculo vicioso. No hay razones fuertes, creo yo, para suponer que la debilidad institucional del euro sea un problema superado.

Segundo, no obstante el hecho indudable de que el déficit fiscal se redujo de manera importante en Estados Unidos, lo cierto es que el nivel de endeudamiento es preocupante y genera crecientes llamados de atención, por ejemplo, desde la Oficina Presupuestal del Congreso. Pero, quizás más importante que su nivel, a lo largo del último año ha quedado muy claro que hay fuertes obstáculos políticos para encarar el problema fiscal en su conjunto y un excesivo acomodamiento monetario que será difícil normalizar. No hay razones fuertes, creo yo, para suponer que la situación fiscal americana esté saneada ni argumentos para suponer que el problema no terminará afectando las tasas de interés.

Tercero, a lo largo de 2013 hubo varios episodios que, no obstante no haber pasado a mayores, dejan claro que en China el tamaño del riesgo crediticio en cabeza de entidades no bancarias es muy sustancial, ha crecido de manera acelerada en los últimos años, contiene la capacidad de afectar mercados más allá de sus propias fronteras y preocupa de manera creciente a las autoridades respectivas. Desde 2008 la expansión del crédito, en buena parte desbancarizado, ha sido parte importante de la política implementada con el fin de enfrentar la crisis internacional, lo cual tiene de largo y de ancho. De largo, ha permitido mantener el crecimiento, la creación de empleo y la armonía social a niveles satisfactorios. De ancho, ha aumentado el riesgo crediticio general a niveles que varios expertos consideran excesivamente peligroso. El efecto sorprendentemente fuerte que sobre las tasas de interés tuvo el ligero apretón de liquidez que se buscó en noviembre, precisamente para encarar el problema, sugiere que el camino hacia la normalización está cargado de truculencias. No hay razones fuertes, creo yo, para suponer que el riesgo crediticio incorporado en China al sistema financiero internacional en su conjunto esté bajo control, no obstante los esfuerzos recientes.

Volviendo al principio, no encuentro la sustancia necesaria para replantear ni mis tres obsesiones ni la convicción consecuente de que en las economías emergentes, en general, y en la colombiana en particular, somos más, mucho más vulnerables de lo que creemos.
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