Opinión

  • | 2017/08/17 00:00

    ¿La Paz o la guerra? o ¿Uribe o Santos?

    Excepto para promover audiencia en los medios es inútil seguir con esa polarización, en la medida en que no coincide con las necesidades actuales del país.

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A juzgar por los titulares de las noticias y las ‘columnas de opinión’, el momento actual de Colombia gira alrededor de la disyuntiva ¿La Paz o la guerra? o ¿Uribe o Santos?: y eso porque supuestamente es lo que se resolverá en la próxima elección presidencial.

Excepto para promover audiencia en los medios, resulta esto un desgaste inútil, en la medida que es poco probable que coincida con la realidad de ese momento.

En cuanto a que lo que se definirá en esos comicios vaya a ser un gobierno de alguno de ellos no es evidente: de hecho ninguno tiene un candidato de sus entrañas que permita suponer que se guiará por sus instrucciones; ambos están buscando a quién apoyar o con quién negociar pero más para impedir que el otro declare un triunfo; y si la experiencia muestra que los candidatos ‘patrocinados’ tienden a liberarse (¿traicionar?) de su promotor, más debe suceder cuando es por ‘sustracción de materia’ que esos promotores se resignan a apoyarlos.

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En cuanto al tema de guerra o paz, ya existe suficiente claridad respecto a que lo que se logró no fue la Paz sino el desarme o desactivación de un grupo armado, pero que apenas comenzaría la búsqueda de la Paz; y es igualmente claro que la alternativa no es que se retome la guerra con ese mismo grupo, cuando ya se desmovilizaron, entregaron las armas, recibieron una amnistía, y con demoras e inconvenientes no hay duda que para ese momento ya se habrá cumplido lo pactado en lo que a ellos beneficia.

Ni siquiera habrá ya debate entre defensores y cuestionadores del acuerdo pues para la fecha de las elecciones será hechos cumplidos –con o sin reformas– los pasos que este contempla.

Como es lógico lo que se debatirá en ese momento serán los problemas de entonces; es decir, los que se vayan causando o tomando relevancia en este periodo.

Ya hay uno claro que es el de la corrupción. Y como campaña aciertan quienes la usan como caballo de batalla al minimizar los otros temas al mismo tiempo que la denuncian. En lo que están ganando no es en el estar en contra de ella (¿quién haría campaña a favor de la corrupción?) sino en adelantarse a promover un tema que será importante. Lo que sucede es que ‘combatir la corrupción’ no es un programa, ni un modelo, ni el desarrollo de una línea ideológica, sino solo un eslogan. Y mientras no se acompañe de las propuestas ni de los instrumentos para lograrlo, solo disimulará la falta de un verdadero programa.

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Porque la corrupción que se ve es solo la manifestación en lo económico de las fallas de nuestra institucionalidad. Lo más probable es que el tema de la situación económica será lo que motive el voto ciudadano, y que eso se traslade a lo que tiene que ver con nuestra institucionalidad (¿o falta de institucionalidad?), con el modelo de desarrollo, político y social, y el manejo económico que ha impuesto. Y lo que es en todo caso deseable es que aparezcan propuestas para corregir el rumbo de la economía y más importante para reconstruir una institucionalidad que no produzca los mismos efectos –tanto de crisis como de corrupción– que hoy vivimos. Eso es lo que la gente apoyará.

Porque Uribe y Santos no son alternativas diferentes excepto en la forma en que ven a la guerrilla y el tratamiento que se le debe dar. Ambos comparten la misma visión de Estado y defienden el mantenimiento del statu quo –con énfasis en la fuerza el uno, o en lo ‘zorro’ o jugador de póker habilidoso el otro–. Y, si bien tienen diferentes apoyos de los grupos de poder (sean económicos, políticos o mediáticos), estos no son enfrentados sino complementarios.

Pueden echarse la culpa el uno al otro por la crisis económica y social que siente la población y, claro, ambos tienen razón. Pero porque la verdadera culpa es del modelo que han implementado.

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Y poco se logra si el gran avance que fue el desmantelamiento del principal grupo insurgente no se acompaña de políticas y medidas que representen una reorientación de los propósitos del Estado; si no le da más importancia al bienestar de la población que a los indicadores macroeconómicos; si no se cambia la obsesión del desarrollo económico por el interés en el desarrollo social; si no se fomenta más la solidaridad que la competencia; si no se renuncia al dogma neoliberal del ultraindividualismo y el ultracapitalismo y nos dedicamos a construir un Estado que funcione para la colectividad.

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