Opinión

  • | 2013/10/30 18:00

    La Habana: negociación con delincuentes

    El proceso de La Habana ha perdido tanta credibilidad, que se ha convertido en un lastre para el Presidente.

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Mientras se desarrollaba la Convención Uribista el sábado pasado, el presidente Juan Manuel Santos calificaba de “buitres” a quienes están en contra del proceso de paz. Ya había dicho antes que “Los colombianos se están dejando llenar la cabeza de cucarachas y… por eso hay más incrédulos en el país que en el extranjero sobre la paz”.

Pero las encuestas no mienten. Más del 80% de los colombianos rechaza la no entrega de armas por parte de la guerrilla, la asamblea constituyente, los cupos garantizados en el Congreso y que no paguen cárcel. El gobierno también los rechaza, lo que coloca al proceso de La Habana en una sin salida, en una contradicción.

Actos como que las Farc firmarán el acuerdo si el Gobierno acepta 99 propuestas –que misteriosamente no se han divulgado–, el cruento ataque a la población de Tumaco al dejarla sin electricidad por 18 días, y el sinnúmero de ataques terroristas recientes, que nos hacen sentir el escozor del pasado, no hacen más que aumentar el rechazo a un proceso que no va para ninguna parte.

En un lúcido artículo, Eduardo Mackenzie, periodista colombiano radicado en París, dice que las Farc no son solo un movimiento guerrillero, sino una asociación criminal internacional. Basta saber que Venezuela se ha convertido en el mayor exportador de coca en el mundo, un negocio comandado por el “Cartel de los Soles”, que según la website “Insight Crime” lo presiden tres miembros del alto mando militar venezolano, incluidos en la Lista Clinton.

La coca sale de los estados fronterizos de Apure, Zulia y Táchira. No es casualidad que en el Catatumbo, un Estado débil haya cesado la fumigación por presión de César Jérez, miembro de las Farc según el computador de Raúl Reyes. El resurgimiento de la guerrilla en las zonas cocaleras de Perú es financiado por las Farc. Sus tentáculos se extienden hasta el sur del continente y aprovisionan a los capos mexicanos.

Ante la escasez de dólares, el gobierno de Venezuela está pagando cocaína de las Farc con armas. O si no, a dónde están yendo las armas rusas que ese país está comprando en forma masiva. Venezuela es el principal importador de armas de la región.

Existe el mito de que las Farc no pueden ser derrotadas militarmente. Falso. Puede ser que no se neutralicen o no se entregue el último miembro de esa organización, como sucedió con los paramilitares, cuyos descendientes evolucionaron a las Bacrim. Ya las Farc están operando con Los Rastrojos y los delincuentes que queden serán otras Bacrim.

Con esa camarilla es que está negociando Santos. Con narcotraficantes. El proceso de La Habana ha perdido tanta credibilidad, que se ha convertido en un lastre para el Presidente, quien con sus vacilaciones habituales, no sabe para dónde coger. En un día ordena a los negociadores de La Habana volver a Bogotá, para después devolverlos a mitad de camino.

Un Presidente débil, titubeante, que al igual que Ernesto Samper, su asesor de cabecera, dice que el problema es de imagen. Según él, su equipo, encabezado por él, experimentado periodista y dueño intelectual de El Tiempo, un medio tan lambón como Caracol, que no ha sabido divulgar los logros del Gobierno.

Pero, ¿qué hay para mostrar? ¿Las tristes cinco locomotoras que no arrancaron? ¿El paro agrario? ¿El acueducto de Aracataca? No es casualidad que Miguel Silva, el asesor que iba a salvar la “imagen” del Presidente, esté ahora de profesor universitario en Chicago. La imagen no es más que un reflejo de la realidad. El gobierno venezolano es corrupto, delincuente y narcotraficante. Protege en su territorio a la guerrilla. Acoge a los terroristas que realizan ataques en la frontera. Y ese gobierno cómplice es el garante de las conversaciones en La Habana.

Los diálogos no fracasarán por la lentitud, que no es otra cosa que el deseo de las Farc de alargarlos indefinidamente mientras siguen con el negocio de la droga, sino porque el diálogo con una pandilla de narcotraficantes extendidos a nivel internacional es imposible. El país “garante” es tan culpable como las Farc. Tal como sucedió con Pablo Escobar, acá solo será efectivo el uso de la fuerza.
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