Opinión

  • | 2016/10/13 00:00

    La letra con sangre entra

    Cuando el riesgo no se tiene en cuenta.

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A pesar de los grandes acontecimientos de estos días siento el deber de comentar un tema que se viene analizando en los últimos meses relacionado con las estructuras financieras de los operadores de libranzas y sus responsabilidades con los inversionistas en esos negocios.

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Sobre este último tema ha corrido bastante tinta, describiendo las características de un negocio en el cual se ofrecían rentabilidades “fijas” de al menos el 20% anual y que, según dicen, tiene embolatadas inversiones por cerca de $1,5 billones. Cuando llegan las quiebras, los comentaristas reclaman la presencia de los reguladores y supervisores estatales y exigen acciones efectivas del Gobierno frente a esta “crisis”.

En relación con el enfoque usual respecto al “problema de las libranzas”, debo decir que me resulta increíble la forma en que inversionistas llegan con su dinero a estos negocios subterráneos. Porque es un hecho que estos negocios no se llevan a cabo con los ahorradores de salario mínimo sino con inversionistas “ingeniosos” que están a la caza de oportunidades donde meter la plata con grandes ganancias. Durante mucho tiempo estos “buenos negocios” permanecen ocultos mientras los inversionistas se sienten muy contentos porque reciben altas rentabilidades y seguramente se regodean de que solo unos pocos hayan tenido la oportunidad como ellos de hacer plata de una manera fácil. Creyeron que ese éxito provenía de haber podido entender la mecánica tan sofisticada de ese negocio y, por lo tanto, consideraron que las grandes ganancias que estaban logrando se explicaban por hacer parte de un grupo de inversionistas muy exclusivo.

Cuando la crisis se desata y los operadores no les pagan, surgen los defensores de los inversionistas diciendo con benevolencia que son personas ingenuas que no podían predecir el comportamiento marrullero de los organizadores de la estrategia de inversión. Esa es una actitud facilista y peligrosa. Es evidente que la motivación principal para participar de esos esquemas “novedosos” fue la altísima rentabilidad ofrecida por la inversión. Ahí está la raíz del mal: el brillo de la rentabilidad encandila al inversionista que no se preocupa de ciertos “detalles” de riesgo.

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Con esa rentabilidad nadie pregunta quién está detrás del negocio, no indaga por las personas que están promoviendo el sistema, cuál es su experiencia financiera, cuánta plata propia están arriesgando en él y cómo se beneficia el que está proponiendo el negocio.

No preguntan cómo se logra ese retorno tan alto si los créditos son tan seguros. Cualquiera que hubiera preguntado a un amigo asalariado sabría que, por la época en que se desarrollaron estos esquemas, los créditos a empleados buenos, de antigüedad suficiente y en empresas sólidas llegaron a ofrecerse por debajo de 10% anual. Si los operadores ofrecieron 20% de renta segura al inversionista, los créditos de donde se obtendría esa rentabilidad seguramente se estarían otorgando a tasa muy cercana a la usura para que, además de pagar esos intereses, cupiera al menos el beneficio al “operador” y sus comisionistas. Y es obvio que quienes pagarían tan elevadas tasas no eran precisamente los deudores de menor riesgo.

Los inversionistas tampoco se preocuparon por saber qué hacer en caso de que algo fallara. No preguntaron quién recibe la plata del empleador y cómo se asegura que realmente la entregue al inversionista. Y si al final la plata no llega al destinatario, qué documento puede cobrar y ante quién. Pues claro, como le entregaron un pagaré firmado por Pedro Pataquiva (discúlpeme don Pedro, que debe ser muy cumplidor con sus deudas), lo único que miraron fue que allí figurara una tasa bien alta. Pero no tenían ni idea de en qué empresa trabajaba el señor, cuánto tiempo llevaba empleado allí, ni qué sueldo tenía, ni si estaba reportado a alguna central de riesgos. El sofisticado inversionista no entendió que, detrás de toda la parafernalia en Power Point que le presentaron los comisionistas, no había más que un préstamo al susodicho Pedro.

Por lo tanto, son completamente injustificados los reclamos de algunos comentaristas acerca del papel de Estado en estos negocios. Esos escándalos solo se presentan en primer lugar por la negligencia de inversionistas ambiciosos, a quienes les debe quedar clara la lección. Como dice un banquero al que respeto mucho: “la gente invierte feliz cuando le ofrecen altos intereses, así pierda el capital”. Al contrario, reclamar en este momento la responsabilidad del Gobierno es una treta vulgar para que toda la ciudadanía termine pagando por la irresponsabilidad de unos pocos. Eso sí, que caiga todo el peso del código penal a los marrulleros y los demás, a quejarse al mono de la Pila.

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