Opinión

  • | 2016/11/10 00:00

    La cultura de la creatividad

    La educación tradicional, la desconfianza y el provincialismo conspiran contra el espíritu creativo de los colombianos.

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Para saber qué tan creativo es usted, pregúntese qué cosas hace a diario que sean valiosas para los demás y nadie más sea capaz de hacer. Leonardo Da Vinci, Beethoven y Einstein se cuentan sin duda alguna entre las personas más creativas que ha dado la humanidad. Quizás en el futuro, Steve Jobs, creador del iPad y el iPhone, quede incluido en esa lista. Las creaciones de cada uno de ellos han sido únicas y han enriquecido las vidas de muchos millones de personas.

Colombia tiene su dosis de gente supercreativa: García Márquez, Fernando Botero y Shakira encabezarían esa lista. Sin embargo, el país no tiene una cultura propicia para la creatividad, por lo que muchos talentos potenciales quedan desperdiciados.

El sistema educativo es el primer gran verdugo de la creatividad. Nuestras prácticas educativas premian el respeto a la autoridad, la uniformidad, la memorización y la clasificación del conocimiento en compartimentos estancos. Los grandes creadores rara vez son el producto de una educación convencional.

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La acérrima desconfianza de los colombianos también atenta contra la creatividad. El colombiano suele preciarse de “ser vivo” y de no depender de nadie. Estos son valores del individualista sobreviviente, pero no de la persona creativa que se inspira y apoya en los demás. En la vida moderna, las grandes creaciones se logran en equipos de trabajo que consiguen juntar ideas y capacidades de gente con formaciones profesionales y experiencias muy diversas. El individuo creativo no trabaja solo ni para sí mismo: para llegar a hacer cosas valiosas para los demás es necesario ser consciente de las propias limitaciones y entender qué aprecian y necesitan los demás. La principal motivación del creador no es el dinero sino el sueño de cambiar algún aspecto de la vida de los demás.

El provincialismo que caracteriza a los colombianos también es un enemigo de la creatividad. Los colombianos viajamos poco, y en lo posible solo donde podemos encontrar familiares y amigos que nos ayuden a sentirnos como en casa. Lo que ocurre en el resto del mundo usualmente nos tiene sin cuidado. Jamás hemos puesto atención a las creencias de alguien que no sea cristiano o, a lo sumo, “agnóstico”. Leemos muy poco, como no sean las noticias deportivas, las opiniones de nuestro político preferido y algún manual de autoayuda. Y, en el clímax del provincialismo, declaramos con orgullo que somos “el país más feliz del mundo".

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Nadie es culpable de la cultura en la que le toca vivir. Pero unos pueden hacer más que otros para cambiarla. España, Irlanda y Corea del Sur tenían culturas tradicionalistas, autoritarias, llenas de desconfianza y de provincialismo, que lograron superar. Después de grandes traumatismos y conflictos internos tuvieron una catarsis colectiva, apertura al resto del mundo y una gran sed de innovación y transformación. Es imposible saber si el éxito económico fue la semilla o el fruto de los cambios culturales que tuvieron esos países durante la segunda mitad del siglo pasado, pero una cosa es clara: no habrían conseguido el desarrollo económico y social a base apenas de una macroeconomía ordenada, gobiernos decentes y gasto social eficiente, por necesarias que sean estas cosas.

Colombia necesita que sus líderes intelectuales, sus políticos más ambiciosos y sus empresarios más exitosos unan sus esfuerzos para crear una cultura de la creatividad. Otros países lo han hecho. Todos saldríamos ganando.

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Nota: gracias a la Universidad Icesi de Cali, acaba de salir gratuito en internet mi libro de Medición Económica (quinta edición, con Sergio Prada).

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