Opinión

  • | 2016/08/03 00:00

    La Cuestión Geriátrica

    El Brexit reveló una brecha entre el voto joven y el voto viejo. Esa brecha crecerá y ello implica retos para la política pública. Entre más tarde se asuman, mayor la dificultad.

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Una de las aristas más interesantes que arrojó el resultado del reciente plebiscito en el Reino Unido, el famoso Brexit, es la estructura etérea que tuvo el escrutinio. En concreto, mientras que el 73% de los votantes más jóvenes (18-24 años) querían permanecer en la Unión Europea, cerca del 60% de los votantes más viejos (mayores de 55) votaron por salirse. Al final del día, ganaron los viejos y eso sugiere un tema relevante en el mundo entero.

El punto de fondo es que cuando un tema divide a la población entre lo que quieren los jóvenes y lo que quieren los viejos, la apuesta fija es que, en grado creciente, el partido lo van a ganar los viejos. Y lo van a ganar por una razón sencilla: el mundo entero está envejeciendo.

En el caso de América Latina, por ejemplo, lo que CELADE llama el “índice de envejecimiento”; es decir, la relación entre la población mayor de 60 años y la población menor a 15 años se triplica entre 1970 y 2015, pasando de 14,4% a 42,7%. En Colombia las cifras son aún más dramáticas: pasamos de 11,5% a 44,6% en idéntico lapso y se proyecta que superemos cómodamente el 100% antes de 2035. Para ponerlo en otros términos, en cualquier fiesta familiar latina, celebrada en 1970, había 1 viejo por cada 4 jóvenes, mientras que en la fiesta de quinceañera que celebrará una bebé colombiana que está naciendo ahorita mismo, habrá un viejo por cada joven. Así como resulta apenas obvio imaginar cuál de las dos celebraciones resulta más entretenida para la juventud, también resulta bastante obvio que los temas relevantes para los convidados respectivos son sustancialmente diferentes. Por no hablar del menú ni de la carta de bebidas.

Que los viejos estén pasando de ser una minoría a ser, en grado acelerado, una mayoría, puede comprometer seriamente la sostenibilidad económica y social de cualquier país si no se construye una institucionalidad favorable a la juventud.

Para empezar por lo más obvio, un esquema pensional basado en el reparto simple  –los jóvenes aportan mes a mes las mesadas de los jubilados– puede haber sido medio razonable para el mundo de 1970, con poquitos viejos y muchos jóvenes, pero resulta insostenible cuando el mundo envejece a pasos de gigante.

 El dilema distributivo entre viejos y jóvenes no se limita al tema pensional pero sí se exacerba, igualmente, cuando el entorno demográfico está caracterizado por el envejecimiento sistemático que nos ampara. La legislación laboral es un caso: una regulación que haga prohibitivo el costo de despido favorece a los que tienen trabajo, que son los trabajadores viejos, y castiga a los que buscan trabajo, que son jóvenes. Un salario mínimo cercano al ingreso medio del país condena a la informalidad –por definición– a buena parte de la población activa, prioritariamente joven, y favorece a quienes ya están trabajando, que son bastante más viejos. No es gratuito que el desempleo en la población joven, entre 14 y 28 años, sea 16% mientras que entre los mayores de 29 sea de 6,6%, casi 10 puntos menos. El seguro de salud es otro caso: si toda la población paga exactamente la misma tarifa para asegurar sus riesgos, como es el caso en Colombia, y si los riesgos lógicamente suben con la edad, el hecho es que los jóvenes están subsidiando a los viejos y que el monto del subsidio no va a hacer cosa distinta que subir con el paso del tiempo.

Podría extenderme a temas como el ambiental –¿a quién le conviene más pagar alguito para cubrir riesgos que se materializarían en 20 o en 50 años? – pero ese no el punto. El punto es que los que deciden la política pública son viejos. Y, como van las cosas, esa es una pésima noticia para los jóvenes.

 Una manera de ver el creciente problema del envejecimiento, desde la óptica de un joven, es como una externalidad negativa que le están imponiendo. Pagar los privilegios que los viejos reciben es la solución lógica. En esa dirección, gravar las pensiones subsidiadas, cobrar primas por seguro de salud acordes al riesgo y diferenciar el salario mínimo por edades es la cuota inicial de la tortuosa tarea política que deben emprender los defensores reales de la juventud y del futuro. Y aténganse, estimados, a la ira gerocrática del falso progresismo.

 

 

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