Opinión

  • | 2015/02/07 11:50

    Placeres y propósitos

    La clave de la felicidad está en seguir el dictado de los sentimientos.

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"Lo más importante es gozar la vida: ser feliz es lo único que cuenta”. Así lo dijo alguna vez Audrey Hepburn, y es la conclusión a la que uno llega si se pregunta por la razón última de sus deseos, decisiones y acciones. Pero, ¿qué es la felicidad y cómo se mide?

La mayoría de los investigadores del “bienestar subjetivo” creen que la mejor forma de medir la felicidad consiste sencillamente en preguntarle a la gente qué tan satisfecha se siente con su propia vida. Sin embargo, al hacer esta pregunta se le está dando la voz al yo evaluador, capaz de recordar, consciente de sí mismo. Pero en la felicidad cuenta más ese otro yo que experimenta las sensaciones de la vida, desde el dolor hasta la compasión, y desde el placer estético hasta la intensidad del esfuerzo intelectual.

Esa es la tesis central de un breve libro de Paul Dolan, profesor de la London School of Economics que lleva una década estudiando el tema, inspirado por el enfoque de Daniel Kahneman, el único psicólogo que ha recibido un premio Nobel en economía. El libro de Dolan se lee muy bien como reseña del estado del conocimiento sobre el tema, y también como guía práctica para ser feliz.

La clave de la felicidad, según Dolan, está en prestarle más atención a nuestros sentimientos que a nuestras propias reflexiones sobre la felicidad o la satisfacción con la vida. Los sentimientos que cuentan para la felicidad son las sensaciones de placer y de propósito de lo que uno hace. La felicidad se logra combinando actividades y experiencias que nos producen la mezcla de placer y propósito que mejor corresponde con nuestra personalidad.

Ahora bien, para lograr la máxima felicidad posible a base de placeres y propósitos se enfrenta siempre una restricción: la capacidad limitada de poner atención a lo que uno experimenta o hace.

Las innumerables razones por las que uno puede ser infeliz pueden agruparse en tres: deseos erróneos, proyecciones erróneas y creencias erróneas. Desear cosas imposibles de lograr lleva a desperdiciar las energías. Proyectar hacia el futuro los sentimientos del momento como si fueran permanentes lleva a tomar malas decisiones. Tener creencias equivocadas sobre lo que uno es o sobre las razones de las cosas que uno hace lleva a engañarse sobre los propios gustos. En todos los casos el problema se reduce a una asignación inadecuada de la limitada capacidad de atención.

Puede sonar como una receta mágica, pero según Dolan el remedio para estas desgracias consiste en tres cosas relativamente simples. Primero, decidir cuál es la mezcla de placeres y propósitos que a uno le conviene por los rasgos del carácter, y que es factible alcanzar, dadas las restricciones y posibilidades que uno tiene. Segundo, diseñar diversos aspectos de la vida que faciliten hacer esas cosas que producen placer o que es satisfactorio lograr. No se trata de revolucionar la vida, sino de ajustar el contexto para darle “empujones” al yo perezoso, al yo olvidadizo, o al yo busca-excusas. Y, finalmente, claro, hay que hacer lo que uno se ha propuesto. Hay que dedicarle a esa mezcla de cosas toda la atención, si es posible haciéndolas con aquellas personas de cuya compañía uno más disfruta, y evitando las distracciones (especialmente de los mensajes de texto e internet).

Los numerosos ejemplos que ofrece el libro en cada una de estas tareas demuestran que realmente es factible decidir, diseñar y hacer las cosas que conducen a la felicidad. Y todo lo que allí se propone tiene base en investigaciones empíricas publicadas en revistas académicas. Esto no es pensamiento mágico, del cual hay mucho en este tema.

Mi única crítica al libro es su título, que en español sería “Felicidad por designio: cambie lo que hace, no cómo piensa”. Suena a creacionismo moderno y no refleja el mensaje central del libro. Pero lo recomiendo sin reservas.
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