Opinión

  • | 2014/01/26 16:00

    La alborada de los mafiosos

    El consumo de los mafiosos se ha convertido, mal que bien, en la sexta locomotora, o más bien ha desbancado a la quinta, la minería.

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En la madrugada del primero de diciembre atruena la pólvora en Medellín. A partir de las 12 de la noche comienza el estruendo que solo acaba al asomar las primeras luces. Lo llaman “La Alborada” y data de poco tiempo atrás, cinco o seis años. No hay que dudar que la Alborada pronto se extenderá al resto del país.

El origen de la Alborada es mafioso. Los narcos celebran todavía la llegada de los embarques con voladores que suenan en Envigado y Medellín a cualquier hora del día. Les encanta la pólvora. Y así entonces, celebran la llegada de diciembre. Esta costumbre de narcotraficantes se va extendiendo al resto de la ciudad.

En la Avenida El Poblado en esta misma ciudad, cerca de Envigado, hay una virgen en una gruta. Todos los días se oficia misa y los carros invaden la avenida. La llaman la Virgen del Kilo. A ella se encomiendan no solo aquellos mismos que celebran con tanto entusiasmo La Alborada, sino una multitud creciente que nunca ha puesto plata en un embarque.

Esa cultura mafiosa se manifiesta en valores tan simples como la cirugía de senos para las niñas que cumplen 15 años, hasta la sofisticación de boutiques de marca, en Bogotá especialmente, porque los traquetos también tienen movilidad social y se han mudado a Petrópolis.

Examinando las escandalosas cifras del carrusel de la contratación en Bogotá, uno no se explica para qué personajes como Héctor Zambrano, los hermanitos Moreno, Germán Olano, los Nule y Mauricio Galofre, Inocencio Meléndez, Liliana Pardo, Julio Gómez, Emilio Tapia y muchos otros querían tanto dinero. Las cifras son de miles de millones de pesos. ¿Por qué tanta ambición? ¿Cómo gastar semejantes sumas? ¿Qué hacer con tanta plata?

Al igual que los narcos, estos corruptos mafiosos quieren comprar fincas con piscina en tierra caliente, caballos de paso con sueldo de funcionario público, propiedades en la Florida –cuando tienen visa– y objetos de lujo. Esto explica en parte la explosión de boutiques de marca y almacenes de lujo, especialmente en Bogotá, donde habitan aquellos como el magistrado José Alfredo Escobar Araújo que se vendió por unos botines a Giorgio Sale; el magistrado Henry Villarraga cuyo último precio fueron $450 millones por ayudar a un militar; el pobre expersonero Francisco Rojas Birry, que se vendió por $200 millones porque no conocía los precios que estaban pagando los Nule; y ahora el honorable magistrado José María Armenta cuyo precio (que sepamos) es, por ahora, el puesto de su señora en la EAAB.

Esta nueva clase social no puede viajar porque no tiene visa. No porque se las hayan quitado, sino porque ni siquiera se las dan. Entonces se apertrechan en las boutiques de lujo de Bogotá, desde las carteras Paris Hilton y las maletas Louis Vuitton, hasta Victoria's Secret y marcas tan inalcanzables como Dolce & Gabbana, Burberry, Bulgari, BCBG Maxazria y muchas más.

No estoy estigmatizando estas marcas. El que hayan llegado al país es señal de desarrollo, producto de la recuperación de la seguridad en el gobierno de Álvaro Uribe, y de la estabilidad del peso colombiano, gracias al Banco de la República. Si hace 20 años llegaba una de estas tiendas, se sabía que era una lavandería. Hoy no. Hoy tienen clientela que puede pagar tres veces el precio original y el lujo de que los atiendan en español.

En los grandes centros comerciales en Estados Unidos los buses de turistas descargan cientos de chinos nuevos ricos que invaden las boutiques de marca y arrasan con lo que haya. Son los únicos clientes en esas tiendas de precios astronómicos, que los mismos americanos no pueden pagar. Nuestros chinos locales son aquellos mafiosos que no saben qué hacer con la plata. Compran yate si son costeños, o caballos de paso si son andinos.

Así como la cultura traqueta ha cambiado las tradiciones decembrinas en Medellín, el dinero de la corrupción colma los centros comerciales de lujo en Bogotá. El consumo de los mafiosos en su acepción más amplia –traquetos y corruptos– se ha convertido, mal que bien, en la sexta locomotora, o más bien ha desbancado a la quinta, la minería, que nunca arrancó por la falta de pantalones de este gobierno.
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