Opinión

  • | 2014/11/30 10:00

    Bendita migración

    La decisión del presidente Obama de proteger a una parte importante de los inmigrantes ilegales es una oportunidad para defender una libertad olvidada.

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La decisión del presidente Obama de emprender una reforma migratoria tiene, entre muchas otras virtudes, la de poner sobre la mesa del debate público un tema crucial que merece mucha más atención de la que tiene no solo en Estados Unidos sino en países en los cuales un número importante de sus ciudadanos tienen el estatus de inmigrantes ilegales. En el caso colombiano, por ejemplo, se puede hacer una cuenta sencilla y concluir que estaríamos hablando de unos 250.000 compatriotas formando parte de los 11,5 millones de residentes ilegales, el mismo 2% que representa en la población inmigrante total.

Para empezar, un breve resumen de lo que se hizo. Palabras más, palabras menos, el presidente Obama emitió un acto ejecutivo mediante el cual, usando facultades establecidas para definir quién es deportable y quién no lo es, aproximadamente 5 millones de inmigrantes, algo menos de la mitad del total, sujetos a unos requisitos, pasan de la ilegalidad completa a una especie de legalidad condicionada, amparada en la promesa de que no serán deportados en 3 años y que, entre tanto, tendrán licencia para trabajar. El Presidente no tiene facultades para declarar la legalidad plena ni mucho menos la ciudadanía, pero sí puede proteger a una población que anteriormente corría el riesgo de la deportación y esa es la facultad que desplegó, de la misma manera que lo hicieron algunos de sus antecesores, empezando por el presidente Reagan.

Segundo, hay que reconocer que se trata de una medida extremadamente frágil y vulnerable en lo jurídico. Primero, porque así como Obama la emitió, su sucesor la puede reversar dentro de un par de años. Segundo, porque más se tardó el Presidente en anunciar su decisión en un estupendo discurso, que los opositores en cuestionar no solo su conveniencia, sino su legalidad y apego a la Constitución. El éxito de la medida está por verse y la tiene cuesta arriba, dadas estas vulnerabilidades y el indiscutible acoso del que serán víctimas los valientes que salgan a registrarse y a acogerse a las medidas de protección ejecutiva.

Tercero, no obstante la vulnerabilidad que tiene la iniciativa, abre las puertas para debatir el tema en su conjunto, más allá de esta decisión concreta. Las restricciones que existen para la movilidad de las personas entre países son una barrera absurda a muchos objetivos económicos y sociales que deberían ser compartidos globalmente. Cuando un pobre migra a un país rico baja la inequidad global, ese objetivo tan preciado por los progresistas, y ello es cierto así el pobre arranque su nueva vida ejerciendo oficios que los ciudadanos del país rico desprecian. Más aún, no hay evidencia fuerte en el sentido de que los inmigrantes amplían la brecha salarial dentro de sus países de destino. Al mismo tiempo, la productividad laboral, tan preciada por los liberales, tiende a subir en los países de destino. Los inmigrantes pobres suelen efectuar transferencias que alivian de manera importante situaciones difíciles en sus países de origen y, a nivel agregado, contribuyen a financiar la balanza de pagos. A mediano y largo plazo, con las tasas de fertilidad cayendo en los países ricos, los inmigrantes pobres y jóvenes pueden ser parte importante de la solución a diversos tipos de huecos financieros que esta dinámica demográfica implica, empezando por las pensiones de prestación definida. Lejos de comprometer la estabilidad fiscal de los países destinatarios, supuestamente porque los inmigrantes abusan de la seguridad social, el hecho es que la inmigración hoy día tiene efectos fiscales positivos equivalentes a 0,35% del PIB en la Ocde y ese número bien puede subir con políticas inteligentes.

Resulta importante aprovechar la oportunidad que brinda la iniciativa del presidente Obama, con todo y lo insuficiente y vulnerable que luce, para defender la idea de que el flujo libre de personas es parte tan importante del progreso como el libre flujo de bienes, servicios, capitales e ideas. Los opositores más acérrimos de la migración parten de prejuicios tan erróneos como los de aquellos defensores más vociferantes de las barreras comerciales, financieras y culturales que se han erigido al amparo de pretextos aparentemente nobles, pero con efectos prácticos devastadores para el progreso de la humanidad.
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