Opinión

  • | 2017/07/20 00:01

    Inequidad y populismo

    Colombia está en riesgo de elegir a un populista, como le ocurrió a Estados Unidos.

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Aunque América Latina ha sido terreno fértil para el populismo, Trump es actualmente el mejor exponente del populista moderno. “Estados Unidos se parece ahora más a Brasil o a Argentina que a Alemania o España”, según Simon Kuper del Financial Times.

Los populistas no basan su poder en los partidos políticos tradicionales, sino en el apoyo de las clases marginadas. Los líderes populistas denuncian a las clases privilegiadas y se presentan como redentores de los humildes. Pero el populista no busca aliviar el sufrimiento de los pobres, sino aprovechar el respaldo popular para su enriquecimiento y engrandecimiento personal. Los gobiernos populistas adoptan políticas simplistas para resolver de un tajo los más complejos problemas, que a la postre dejan un legado de mayor pobreza, ineficiencia y corrupción.

Colombia ha sido poco propensa al populismo, posiblemente porque el sistema bipartidista que rigió durante la segunda mitad del siglo pasado lograba imponer disciplina sobre sus candidatos, manejaba con pericia la maquinaria clientelista y evitaba la fragmentación. Pero el sistema político actual es totalmente distinto, y hay un riesgo nada despreciable de que tengamos muy pronto un gobierno populista. De hecho, el gobierno de Uribe 2 viró bastante hacia el populismo, y en varias ciudades hemos tenido alcaldes rotundamente populistas, como Petro. He aquí tres poderosas razones que explican y hacen probable que se agudicen estas tendencias.

La inequidad es alarmante. Aunque Colombia siempre ha sido una sociedad desigual, las brechas de ingreso y riqueza entre el 1% más rico y el 50% más pobre nunca habían sido tan grandes. Mientras en la mayoría de países latinoamericanos el crecimiento económico durante el presente siglo se ha traducido en una mejora relativa de los ingresos disponibles de los trabajadores más pobres, en Colombia las familias más ricas han sido las grandes beneficiadas. Aunque la pobreza se ha reducido, los trabajadores de salario mínimo han perdido una quinta parte de su participación en el PIB (vea No nos digamos mentiras sobre el salario mínimo, edición 482).

Los grandes privilegios económicos son sacrosantos. La debilidad estructural del Estado ha permitido a los poderosos apropiarse de rentas jugosas derivadas del trabajo de las clases medias y bajas, amparados en el supuesto objetivo de ayudar a los trabajadores. Las cajas de compensación familiar, las AFP y la Federación Nacional de Cafeteros son buenos ejemplos. Rentas que debería usufructuar el Estado se encuentran privatizadas, como las licencias de los taxis o los cupos de los camiones. Las valorizaciones que resultan de la inversión pública en vías, aeropuertos o zonas francas son apropiadas completamente por los dueños de las tierras y por los políticos con información privilegiada. Estos no son temas del debate fiscal porque ninguna de estas fuentes de ingresos es parte del Presupuesto de la Nación. Cuando hay un hueco fiscal el único remedio es elevar el IVA (vea Rentas para los ricos, edición 496).

La fragmentación política es caldo de cultivo para el oportunismo. A pocos meses de las elecciones presidenciales de 2018 no hay claridad alguna sobre la lista de candidatos y menos aún sobre sus propuestas de política. Ha desaparecido por completo la disciplina ideológica y programática que imponían a sus candidatos las estructuras partidistas. Solo el azar decidirá qué temas resultan más atractivos para un electorado apático y desinformado y más destructivos para el opositor que haya que enfrentar en la segunda vuelta. Las nuevas técnicas de manejo de datos de medios sociales como Facebook ayudarán a los candidatos inescrupulosos a sembrar mentiras y a prometerle a cada persona lo que quiere oír, así sea falso o imposible de cumplir. Los asuntos de mayor resonancia e impacto no serán los más relevantes para la adopción de mejores políticas públicas, sino los que mayores pasiones logren desatar, como las cuestiones religiosas y las preferencias sexuales. Para ser un candidato exitoso, el populista moderno no necesita tener una plataforma de propuestas bien definidas ni convincentes, sino una boutique de ilusiones e invenciones para apelar a la ingenuidad y a los prejuicios de cada quien.

La inequidad, los privilegios de los grupos de interés y la fragmentación del poder político jugaron un rol decisivo en la elección de Trump. Aunque los instintos populistas y destructivos de Trump son enormes, Estados Unidos tiene un sistema bastante sólido de “pesos y contrapesos” para proteger sus instituciones. Colombia cuenta con defensas institucionales que son fuertes para los estándares latinoamericanos, pero que distan de ser inquebrantables.

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