Opinión

  • | 2016/06/09 00:00

    Helicóptero chorrero

    Ya los bancos centrales del norte han desplegado una amplia gama de estrategias monetarias novedosas. Falta la que consiste en regalar dinero. ¿Cómo se haría y qué resultados cabe esperar?

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El tono del profesor de teoría monetaria en aquel lejano entonces era, inapelablemente, socarrón. No era para menos, pensábamos sus perplejos estudiantes escuchándole narrar un experimento mental que había sugerido Milton Friedman en un influyentísimo trabajo sobre la cantidad óptima de dinero. Palabras más, palabras menos, Friedman nos convida a pensar en los efectos de (a) cargar un helicóptero con miles de millones de dólares en efectivo, (b) sobrevolar una ciudad cualquiera y (c) arrojar ese dinero –a la topa tolondra– sobre los pobladores. El helicóptero chorrero, por decir algo.

Friedman, desde luego, estaba hablando retóricamente. Su juego tiene un contexto y el resultado de largo plazo que deduce –a la economía real no le pasa absolutamente nada– está prácticamente dicho en sus premisas. Pero el punto que hace es muy serio, a pesar de lo divertido que resulta imaginar el experimento en el colorido detalle de sus tres etapas. Y el fondo es que una cosa es el resultado a largo plazo y otra cosa es la manera en que la economía migra de su posición inicial a dicho resultado. Friedman es explícito en decir que, aunque tenemos fuertes razones para pensar que al final del camino llegaremos al mismo sitio real, no sabemos absolutamente nada acerca de esa migración.

En su versión moderna, la propuesta carece –infortunadamente– del helicóptero literal y sus secuelas más vistosas, pero el asunto de fondo es idéntico. Un ejemplo sencillo consiste en que el Banco Central borre de su balance una o varias de las cuentas por cobrar que aparecen en el lado activo. Unos bonos del gobierno, por decir algo. Otro, que se alíe con el Gobierno para financiar el 100% una rebaja de impuestos. La medida se ahorra la plata que vale alquilar el helicóptero de marras, imprimir los billetes y pagar los operarios, pero termina en más o menos lo mismo: le pone efectivo al bolsillo de la gente, efectivo que la gente sale a gastar. 

La idea del helicóptero chorrero, que está resucitando a través de los oficios de altos sacerdotes como Ben Bernanke, tiene que ser vista como eslabón en una cadena de medidas monetarias no convencionales que –apuntándole a solucionar la falta de demanda agregada y la amenaza de una deflación, los dos presuntos engendros malignos de la poscrisis de 2008 en el norte– arrancan con tasas de interés de intervención iguales a cero o incluso negativas, compras masivas de títulos financieros crecientemente riesgosos y diseminados en la curva de rendimientos e intentos inéditos por orientar a los mercados sobre las decisiones futuras.

Los resultados de esta secuencia de medidas no convencionales no han sido, ni mucho menos, los esperados por sus defensores al comienzo. La recuperación de la economía en la mayor parte del norte es famélica y, en conjunto, el sujeto de continuas revisiones hacia abajo. La falta crónica de crecimiento económico al amparo de un despliegue sin precedentes de semejante artillería monetaria y fiscal, no solo es una paradoja fascinante en lo conceptual, sino también –en una triste voltereta que ha subrayado con insistencia el BIS– la fuente del mismo tipo problemas que originaron la crisis cuyas secuelas se intenta combatir: mercados financieros al borde de un ataque de nervios, precios de activos en bipolaridad y avezados mercachifles engordando patrimonios.

No sería del todo sorprendente que un buen día amanezcamos con un titular protagonizado por el helicóptero chorrero. Al fin y al cabo, vamos para dos lustros de un activismo monetario sin precedentes ni mesura ni vergüenza y, como dice la canción, “qué importa uno más”. Lo sorprendente sería que se lograra el objetivo de incentivar a la gente a gastar sin que esa expansión artificial genere más problemas que soluciones.

Si, en efecto, mañana o pasado amaneciéramos con la noticia del sobrevuelo de marras, me temo que seguiríamos repitiendo el libreto en dos partes que llevamos años enteros recitando. La primera parte, que el recurso escaso no es la cantidad de dinero sino la confianza para gastárselo. La segunda, que el crecimiento económico no sale de las billeteras ciudadanas, sino de la innovación y la productividad.

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