Opinión

  • | 2016/11/24 00:00

    Hasta dónde puede llegar el efecto Trump

    Respecto a la elección de Trump debemos pensar qué consecuencias traerá para los Estados Unidos y para el mundo, en un momento en el que, contrariamente al caso colombiano, pareciera que del resultado inesperado solo se esperan cosas malas.

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Vimos en el caso colombiano del plebiscito y el triunfo del NO que su efecto fue para bien y que tuvieron razón quienes así votaron, puesto que, a comenzar por los mismos firmantes del acuerdo y el Presidente como gran promotor del mismo, todos están de acuerdo en que se corrigieron múltiples vacíos, se hicieron aclaraciones necesarias, se alcanzaron mayores consensos y se logró un mejor resultado. Que haya sido necesario o por lo menos conveniente realizar ajustes a 56 ‘ejes temáticos’ confirma lo válido de la posición de quienes no consideraron que el SÍ era una panacea. Solo al Presidente con una posición tan poco pertinente como la de decir en su discurso en el Parlamento Británico que el resultado se debía a trampas y engaños se le ocurre repetir en este momento que según la Universidad de Notre Dame ese era el mejor acuerdo de la historia.

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Respecto a la elección de Trump debemos pensar qué consecuencias traerá para los Estados Unidos y para el mundo, en un momento en el que, contrariamente al caso colombiano, pareciera que del resultado inesperado solo se esperan cosas malas.

Igual que aquí, para entender lo que pasó vale la pena conocer el contenido del texto inicialmente acordado y las razones que existieron para oponerse, en el caso Trump ayuda saber cómo es el sistema político americano y cómo funciona.

La fortaleza de los Estados Unidos es que es un país donde las instituciones prevalecen por encima del poder que se delega en los hombres. Por ejemplo, la jerarquía de la Constitución la ampara del manoseo que conocemos con la nuestra: allá a nadie se le ocurre desconocer o cuestionar los fallos de la Corte Suprema, ni sus Magistrados salen a debatir por los medios de comunicación, ni son objetados por su comportamiento, ni terminan de litigantes en causas de particulares.

Pero la institucionalidad no se limita al orden jurídico sino se encarna en las estructuras que las desarrollan. Cada órgano tiene su propia vida y su propia dinámica y las burocracias internas garantizan su continuidad. Allá no es posible como aquí que una decisión individual del Primer Mandatario cambie por ejemplo el rumbo de entidades como la CIA o el Pentágono o incluso el Departamento de Estado (Relaciones Exteriores).

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No tiene este ni siquiera autonomía para los nombramientos que son de su competencia, puesto que todos ellos requieren del visto bueno del Congreso y/o de la Corte; el modelo de Check and Balances (pesos y contrapesos) a diferencia del nuestro no es una manguala sino una función que cumplen las respectivas instancias, y desde el Fiscal o los Ministros para abajo todas la nominaciones potestativas del primer mandatario requieren la revisión y la aprobación de las otras ramas del poder.

No solo dentro de su propia órbita el poder del gobierno central ve limitada su capacidad decisoria, porque el orden institucional no lo asigna solo a su voluntad. Allá además lo que existe es una federación, una unión de Estados y no una fusión en uno solo, y el poder central –el federal– no es el que tiene el vínculo directo con el ciudadano. Los Estados delegaron en él solo el manejo de las relaciones internacionales, el de las fuerzas armadas, el del comercio y el de la moneda. Por eso el matrimonio gay, o el libre consumo de marihuana, o la pena de muerte, pueden aceptarse en unos Estados y en otros no.

Las facultades discrecionales del ejecutivo sí existen y son las ‘órdenes ejecutivas’ que permiten imponer por encima del Congreso las medidas o acciones políticas que el Presidente considera prioritarias. Eso implica que como las cosas se deshacen como se hacen, lo que sí puede es reversar aquellas con las cuales el presidente Obama impuso lo que el Congreso no quiso aprobar.

El respeto por las reglas limita también las posibilidades de un gran viraje por lo menos durante el primer año en cuanto el presupuesto ya aprobado se debe cumplir (en este se encuentran los US$450 millones para Paz Colombia). Promesas como el eventual muro con México solo podrán ser planteadas y entrar a debatirse dentro de un año con un escenario probablemente bastante cambiado.

Si Obama, con un verdadero apoyo mayoritario y con propuestas lógicas y posibles no pudo sacarlas adelante (parte del triunfo republicano se debió a la decepción porque no se cumplieron las expectativas creadas por su ascenso), pensaría uno que menos probabilidades tienen las que son demenciales en la agenda de Trump. Pero se puede depurar lo insensato y probablemente sí se va a dar lo que corresponde solo a ‘América para los americanos’ (en el sentido que se entendería hoy de aislarse, de cerrar fronteras y salirse de los TLC, de limitar la entrada de inmigrantes y disminuir su participación como gendarme del mundo, etc.).

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