Opinión

  • | 2014/03/08 17:48

    Mi voto se tiñe de verde

    Peñalosa es un candidato moderno, que a través de la televisión y las redes sociales tiene la capacidad de llegar al último rincón del país.

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Juan Manuel Santos, sobrino de expresidente, escoge a Germán Vargas Lleras, nieto de expresidente, como su fórmula presidencial. Esta dupla solo garantiza una cosa: la continuidad de la mermelada y la corrupción que ella conlleva. Lo apoyan los caciques, viejos y nuevos, fortunas de dudosa procedencia y los congresistas que votaron la reforma a la justicia, que eligieron a engendros como Alejandro Ordóñez en la Procuraduría, o a la perturbada Sandra Morelli como Contralora.

A esta candidatura no la acompaña un solo voto de opinión. Todo es maquinaria, plata a rodos, puestos y contratos. Lo peor es que el triunfo de Santos puede conllevar al continuismo de la clase política si gana la Presidencia Vargas Lleras en 2018.

Marta Lucía Ramírez empezó sus pinitos políticos con Ernesto Samper (liberal). Después pasó al gavirismo (corriente del Partido Liberal) como directora del desaparecido Incomex. Con la creación del Ministerio de Comercio Exterior fue viceministra de Juan Manuel Santos.

En la campaña presidencial de 1998 fue la fuerza detrás de Noemí Sanín (conservadora). Pero con el triunfo de Andrés Pastrana (Nueva Fuerza Democrática –disidencia del conservatismo–) se convirtió en Ministra de Comercio Exterior de 1998 a 2002.

En 2002 pasó a ser Ministra de Defensa de Álvaro Uribe (Primero Colombia –disidencia del liberalismo–), cargo en el que duró un año. En su hoja de vida dice que ella fue artífice de la política de seguridad democrática. No es cierto. La política la diseñó Álvaro Uribe desde cuando era candidato presidencial. Duró solo un año.

Ahora decidió que su alma es conservadora y milagrosamente fue elegida candidata. Creyó dar un golpe de opinión a favor de la “paz”, monopolizada por Santos, escogiendo a Camilo Gómez como fórmula vicepresidencial. Pero lo único que despierta Camilo es el fantasma del Caguán.

Óscar Iván Zuluaga es un excelente candidato, pero desafortunadamente el expresidente Uribe no lo deja hablar ni figurar con luz propia. La elección de Carlos Holmes Trujillo como fórmula tampoco le ayuda. Antes le quita, porque Trujillo es delfín de su padre y nadie lo recuerda. Hay que agregar que “Holmes” no es apellido. Es el segundo nombre del candidato.

La izquierda ha demostrado ser desastrosa para gobernar. No hay que irse tan lejos como Cuba o Venezuela. Tenemos nuestra muestra criolla: Lucho Garzón que se sentó en la ola positiva que venía de alcaldes anteriores, pero no hizo nada. El hampón de Samuel Moreno y el inepto populista de Gustavo Petro.

Con esos antecedentes no sorprende que las candidatas de izquierda ni suenen ni truenen. Da lo mismo que Clara López y Aída Avella se unan o no. Nadie se dará cuenta y en las encuestas no sumarán. La dupleta seguirá en tres por ciento en las encuestas.

Queda Enrique Peñalosa. Lo tachan de ser de centro derecha, cuando Peñalosa, que de paso es un firme defensor de la propiedad privada, les dio a los estratos bajos de Bogotá lo que nunca tuvieron: parques, recreación, bibliotecas, buenos colegios, ciclovías, recuperación del espacio público y Transmilenio.

Dicen que es mal candidato porque no come morcilla, no se emborracha en los pueblos ni baila con las viejitas. Lo que es Peñalosa es un candidato moderno, que a través de la televisión y las redes sociales tiene la capacidad de llegar al último rincón del país. Ojalá su fórmula sea el general(r) Óscar Naranjo, que se fue de México cuando Enrique Peña Nieto autorizó la formación de grupos paramilitares. Sería de lejos la dupla ganadora para arrebatarle el país a los pícaros de siempre.

Para Senado votaré por Juan Mario Laserna, el mejor congresista según esta revista, economista preparado que dejó la burocracia y los cargos internacionales para meterse al barro. Y por Cámara por Andrés Gómez del Partido Verde. Y obviamente mi candidato a Presidente es Enrique Peñalosa.


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