Opinión

  • | 2014/10/03 06:00

    Se nos fue Abraham

    No solo mi papá descansó, mi mamá también. Aún en medio del duelo se siente libre.

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Hace quince días, el 16 de septiembre, mi padre falleció. Tenía 88 años. Abraham Kertzman nació en Yedenitz, un pequeño pueblo en Besarabia. Entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, Besarabia perteneció a Rumania. Hoy en día se llama Edinet y pertenece a Moldavia.

El primer miembro de la familia que emigró a América fue mi tío, Daniel Yanovich, a comienzos de los años veinte. Venía huyendo de que lo reclutaran en el ejército ruso. Ya había sufrido el antisemitismo: en el colegio lo habían tirado de un tercer piso por judío.

Se instaló en Medellín y lo siguió su hermano Marcos. Empezaron los negocios de cuero, zapatos y carteras. Hasta tuvieron una bomba de gasolina. En la medida en que hicieron plata pudieron traer al resto de la familia, entre ellos Esther mi abuela, hermana de Marcos y Daniel, con mi papá, que llegó de siete años; luego llegó Mauricio, el marido de Esther, que estaba en Brasil, y más adelante tres sobrevivientes de la guerra, entre ellos la madre del clan, Perla, que vivió 103 años.

Vivían todos juntos en el Edificio Caldas en el centro de Medellín y después en un caserón en el barrio Prado. Abraham hizo la primaria en el Ateneo Antioqueño y el bachillerato en el colegio de la Universidad Pontificia Bolivariana. Se graduó de Ingeniero Civil y de Minas de la Universidad Nacional de Medellín. No era el primer grado universitario de la familia: su madre, Esther, había estudiado farmacéutica en Odessa, algo realmente novedoso para una mujer en esa época.

Después de graduarse comenzó a trabajar en un negocio de la familia, Calzado Cicodec, donde estuvo toda su vida hasta que el sindicato lo quebró en 1985. Después de ello tuvo varios trabajos, todos relacionados con zapatos, hasta que se retiró.

En 2004 empezaron los primeros síntomas. Mi papá andaba confundido, enredado. El diagnóstico fue Alzheimer y demencia vascular. La expectativa de vida de una persona con Alzheimer es de 10 años a partir del diagnóstico.

El deterioro es lento y empieza por la cabeza. Él no sabía dónde estaba, quería “volver” a Medellín. Dejó de reconocernos. No se acordaba que estaba casado con mi mamá. Lentamente fue perdiendo facultades hasta que en 2012 le dio una neumonía. En el hospital le dio delirium –una especie de locura– y cuando llegó a la casa ya no se podía valer por sí mismo.

Llegaron las enfermeras y con ellas la invasión de la privacidad. Más de dos años estuvo así. Quieto en un sillón, con los ojos cerrados, a veces dormido. En ese estado las enfermeras le daban la comida, lo llevaban al baño, lo vestían, lo hacían caminar, lo llevaban a tomar el sol.

Una semana antes de su muerte dejó de caminar. Las manos se pusieron frías. Comía con mucha dificultad y ya no pedía ir al baño. Estaba con pañales. El 16 de septiembre la enfermera fue a chequearlo y lo encontró muerto en la cama a las 7 pm.

Vinieron miembros de la comunidad a la casa. Taparon con sábanas todos los espejos y cuadros, porque el alma se puede reflejar en los vidrios. Sacaron a mi papá de la cama y lo pusieron en el suelo tapado por una sábana blanca y un cirio a sus pies.

Según la religión judía, los muertos no se pueden quedar solos, de manera que mi hermano Salomon durmió con él. Al día siguiente llegó el carro mortuorio con el ataúd, muy sencillo, de madera apenas cepillada. Lo montaron en el carro y nosotros lo seguimos al Cementerio Hebreo. No hubo arreglo ni maquillaje en el mortuorio. En el cementerio los miembros de la Hebrah Kadisha (los encargados de arreglar los muertos) lo lavaron, lo arreglaron, envolviéndolo en una mortaja y en su talit de rezo.

El entierro es muy sencillo. Un rezo al pie de la tumba y después los miembros de la familia dan las primeras paladas. Sigue toda la comunidad hasta cubrirlo. Comimos huevo con ceniza y nos rasgamos la camisa, tal como dice la Biblia. Después nos sentamos en la casa en el suelo para hacer la shiva, los siete días de duelo.

No solo mi papá descansó, mi mamá también. Aún en medio del duelo se siente libre. Al fin puede hacer lo que quiera. Dice que empieza una nueva etapa de su vida a los 82 años. A lo mejor entra a la universidad, que es lo que ella siempre quiso, pero su padre no se lo permitió porque tenía que trabajar en el almacén, en Cali donde ellos vivían.
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