Opinión

  • | 2016/02/18 00:00

    Exportación y Dos Cabezas

    El pésimo año exportador que acaba de terminar es un monstruo de dos cabezas y sugiere la presencia de una enfermedad post-holandesa.

COMPARTIR

Difícil encontrar un año exportador más sombrío que 2015. Basta recordar dos cositas. Una, que respecto al año 2012 –pico interesante al que vuelvo en seguida– el flujo cae más de 40%, de US$60.000 millones a US$35.700 millones. Dos, que en esa misma ventana las exportaciones de manufacturas caen 31% –de US$23.100 millones a US$15.900 millones– y ello ocurre de manera generalizada a lo largo y ancho del sector industrial.

Este par de amargas realidades implican que estamos frente a un monstruo de dos cabezas, cada cual cargando sus propios espantos. La primera cabeza es macroeconómica y bastante obvia: para poder pagarle al resto del mundo todo aquello que importamos, nos estamos endeudando a pasos prácticamente sin precedentes. El balance comercial del último año, por ejemplo, pasa de un superávit relativamente importante (unos US$2.200 millones) al comenzar 2014, a un déficit que ronda los US$16.000 millones en noviembre de 2015. La cuenta corriente de la balanza de pagos, de otra parte, que mide directamente el flujo de recursos de deuda externa, pasa de un déficit anual de US$13.000 millones en 2012 a un déficit de US$20.800 millones en el tercer trimestre de 2015.

Un proceso de endeudamiento tan importante somete a su ejecutor a los riesgos derivados de un “frenazo” en los flujos de capital que lo soportan día tras día, como ocurrió en Colombia a finales del siglo pasado y en muchos otros países; la última vez, por ejemplo, en España, en el contexto de la crisis de 2008. El problema con un frenazo súbito en los flujos de financiamiento externo es que tiene como contrapartida necesaria y dolorosa el ajuste correspondiente en los flujos de gasto doméstico. Si el Gobierno no quiere o no puede efectuar reducciones sustanciales de gasto, el ajuste queda en cabeza del sector privado, tal y como ocurrió en Colombia en nuestra última crisis financiera o en España en 2009.

La segunda cabeza, en materia exportadora, es que nuestro sector industrial sufre una enfermedad que hace rato dejó de ser holandesa: entre mediados de 2014 y finales de 2015, la tasa de cambio real se depreció de manera continua e importante, según las diversas mediciones que hace el Banco de la República mensualmente, al tiempo que las exportaciones no tradicionales continuaron en la picada sistemática que estrenaron en 2012.

La enfermedad –llamémosla post-holandesa– incluye por lo menos tres factores explicativos y alarmantes. Primero, el estancamiento relativo en materia de productividad, a su vez fruto de factores tales como la alta informalidad imperante en el mercado laboral, el nivel limitado de la infraestructura, la cuestionable calidad de instituciones como la justicia, y un largo etcétera en el que cada problema ha sido analizado repetidas veces y posee su propio arsenal engavetado de soluciones propuestas.

Segundo, la política tributaria imperante tiene efectos adversos sobre la capacidad del sector manufacturero de ajustarse ágilmente a las circunstancias cambiantes que atravesamos. Las tasas efectivas de tributación, recientemente estimadas por Fedesarrollo, sobrepasan cómodamente el 59% y llegan a superar el 110% en las empresas pequeñas. En las encuestas empresariales, contenidas en el Reporte Mundial de Competitividad, los colombianos consideran que las tarifas impositivas son su principal problema a la hora de hacer negocios, por encima –digamos– de asuntos como el “conflicto”, la infraestructura y la calidad regulatoria.

Tercero, la sustancial desaceleración mundial, que explica un hecho contundente: las importaciones mundiales, estimadas mensualmente por la OMC, se estancaron por completo entre 2010 y comienzos de 2014 y desde entonces han bajado la bicoca de 14%. Más allá de una desaceleración de corto plazo, existe una preocupación adicional plasmada en un estupendo libro reciente, en el sentido de que, por diversas razones, el fenomenal crecimiento del comercio internacional de décadas anteriores podría estar llegando a un techo difícilmente superable; entre otras razones por la recomposición “hacia adentro” de la economía China y por la creciente importancia del comercio intraindustria en las cadenas globales de valor.

Difícil, repito, un año exportador más sombrío que 2015. Salvo, claro está, 2016, si las pavorosas cábalas expuestas por los mercados financieros en las primeras semanas del año llegaran a ser un presagio medianamente atinado de lo que viene.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

TEMAS RELACIONADOS

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?