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¿Es el Proceso de Paz el que está en crisis?

| 3/7/2013 1:00:00 PM

¿Es el Proceso de Paz el que está en crisis?

Las declaraciones o amenazas del presidente Santos de ‘pararse de la mesa’ no pueden ser para él la alternativa a la firma de algún documento.

por Juan Manuel López Caballero

Con la aclaración previa de que es muy debatible si en verdad la firma de un eventual acuerdo en La Habana lleva a la paz en Colombia, y que eso no obsta para que sea mejor lograrlo que no, vale comentar las inquietudes recientes sobre si se llegará a ese objetivo.

La lógica o la premisa básica es que las conversaciones secretas, previas al anuncio de que el trámite comenzaría, en el año que se demoraron llevaron a un acuerdo de que se llegaría a ese resultado; no se puede entender de otra manera que se sentaran a continuar en forma pública.

La lógica de esto es de una parte que el interés de Santos no es simplemente ser un presidente más, sino pasar a la historia en forma destacada, y ninguna forma más obvia y más fácil que ser quien alcanzó eso que sus antecesores no pudieron; más que el ‘servicio a la Patria’ su criterio fundamental es su trayectoria personal –en alguna forma su vanidad–. Y de otra parte las Farc y las otras guerrillas se encuentran en una encrucijada en la cual es claro que no cuentan con ser los voceros de la población, no tienen posibilidad de tomarse el poder ganando la guerra, y lo más aproximado a un reconocimiento de las banderas por las cuales iniciaron su lucha sería la firma de un documento en que se reconozca el carácter político de la misma. En otras palabras, por la conveniencia y la necesidad de ambas partes lograron algo más que tácito y más que preacuerdo respecto a que se suscribiría un ‘acuerdo de paz’, y por eso los ‘diálogos de la Habana’ eran solo un trámite para cumplirlo.

Las leyes de Restitución de Tierras y de Víctimas fueron cuota inicial para ello (simbólicas, pues se sabe que las posibilidades de un verdadero cumplimiento de las mismas es más que remoto). Algo parecido se puede entender de la liberación de los dos soldados y el policía que en el contexto de un conflicto armado no pueden caer en la categoría de ‘secuestrados’.

Que para la galería –u opinión pública– se siga haciendo énfasis en los golpes que se dan a la insurgencia o se les siga endilgando calificativos como terroristas, bandidos, etc. es parte de la imagen que el Gobierno debe mantener. Pero es igualmente claro que no por eso va a aceptar la guerrilla que lo que se convino presentar como un acuerdo de paz se venda como un tratado de rendición.

Lo que parece haber sucedido es que algo cambió en el camino –probablemente el peso de la oposición de Uribe– y Santos parece alejarse del propósito inicial y para no perder popularidad aparenta buscar esa especie de ‘tratado de rendición’. Esto a su turno ha polarizado las fisuras internas de las Farc: ni el sector más idealista ni el más guerrerista se tragarían ese sapo, luego se haría pública una desautorización y una declaratoria de ‘supervivencia de la lucha’ por una parte bastante representativa de ese grupo.

Las declaraciones o amenazas del presidente Santos de ‘pararse de la mesa’ no pueden ser para él la alternativa a la firma de algún documento; mal hacen los que creen que también en esa opción sale ganando. Sin que para ninguna de las partes lo más importante sea el contenido propiamente, la intención y la decisión de firmar un acuerdo existe en ambas; la paradoja es que hoy es el título o la presentación que se le dé lo que distancia cada vez más a los voceros externos, aunque, según afirman, no tanto a los negociadores de la mesa.

Pero no deja de ser grave el nivel de deslegitimación o escepticismo que ya despierta el Gobierno. Ya es una opinión general que son muchas las declaraciones y pocas las ejecuciones; la manipulación de noticias ya a pocos engañan: se sabe que la entrega de casas gratis al par de centenares de beneficiados no ha sido con casas construidas dentro de ese programa sino son sacadas del millón que se prometió iban a construir durante el cuatrienio –y que ya ni se mencionan–; la ‘restitución de tierras’ prácticamente no ha comenzado y ya se sabe que las cifras que da el Ministro de Agricultura (para justificar que no atiende la crisis económica del sector por ponerle supuestamente énfasis a lo social) son mentiras pues se refiere a procesos de titulación ajenos a esa ley. Los proyectos legislativos claves presentados son rechazados –y en qué forma– (reforma judicial, reforma a la educación, ahora reforma pensional) o, cuando pasan, son gravemente cuestionados (fuero militar, anterior reforma a la salud).

Y se deslegitima el mismo Gobierno al dedicarse a deslegitimar a su turno toda protesta por la situación creada: son más que desafortunadas las sindicaciones de que el Paro Cafetero, o antes la Marcha Patriótica, o cualquier inconformismo que siente que tiene que salir a las calles a manifestarse, ‘están infiltrados por las Farc’; más allá del absurdo de pensar que tienen la capacidad para crear semejantes movilizaciones, es un insulto a quienes participan de esas expresiones.

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