Opinión

  • | 2015/05/14 05:00

    Equilibrio de Pacotilla

    ¿El trío fatal de informalidad, baja productividad e incertidumbre tributaria es simple taradez o es un equilibrio?

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Frederic Bastiat publicó en 1850 un ensayo al que tituló algo así como “Aquello que se ve y aquello que no se ve”. El argumento es simple: tras una decisión económica (subir un impuesto, imponer una regulación, nacionalizar un banco) surgen dos tipos de efectos. Los unos –dice Bastiat– son visibles para toda la ciudadanía mientras los otros, aquellos que emanan de las respuestas de hombres y mujeres racionales a la decisión inicial, son invisibles”.

Colombia provee numerosos ejemplos que divertirían a Bastiat. Por decir algo, todo el mundo ?“ve” que el salario mínimo legal no alcanza para una vida digna y todo el mundo ?“ve” que la idea de subirlo y de usarlo como base de la mesada pensional del eventual beneficiario es una solución obvia y simple. Invisible es que se nos fue la mano y ello contribuye a formar esa cruel paradoja digna de un ensayo de Bastiat: la mitad del empleo colombiano se contrata, informalmente, con remuneraciones por debajo de dicho umbral construido por decreto. Lo cual, a su vez, implica que la mayoría de la población trabajadora queda atrapada en empleos de bajísima productividad, con poco futuro, y que muy difícilmente podrá acceder a una mesada pensional, ni digna ni indigna.

Todo el mundo ?“ve” que universalizar el seguro de salud es parte de la modernidad y que entre más rápido se haga, mejor. Lo invisible es que, con una informalidad laboral tan elevada como la nuestra, eso implica subsidiar a la mayoría de la población; o sea, implica la necesidad de cobrar más impuestos. Respecto de lo cual todo el mundo ?“ve” que clavarles un impuesto a las utilidades y a la nómina de las empresas formales es chévere y progresista porque se evita clavárselos a las personas. Lo invisible, diría Bastiat, es que ese impuesto lo terminan pagando exactamente las mismas personas de carne y hueso, de manera poco transparente, a través de salarios más bajos, precios inferiores para los proveedores, deterioro en los dividendos, y así sucesivamente.

Con las mejores intenciones, pues, obtenemos los peores resultados. Tenemos una situación en la cual la informalidad es alta y la productividad es baja. Contra este telón de fondo, estamos condenados a la zozobra permanente de encontrar la plata para subsidiar el grueso del gasto en salud, educación y pensiones, necesidad siempre imperiosa que a su vez implica un estatuto tributario en continuo estado de ebullición. Y, de cara a la carga impositiva que ya es gigantesca y a la incertidumbre permanente sobre la siguiente andanada, hay menos ganas de apostarle a la formalidad empresarial, lo cual nos devuelve al comienzo del gran círculo vicioso.

Para crecer y avanzar en materia social tenemos que derrotar la informalidad y es un error pensar que todo se arregla a punta de subsidios costeados con impuestos cada vez más corrosivos. La pregunta del millón es: ¿por qué no la hemos derrotado si es que tanto nos conviene? Una posibilidad es que quienes hemos tenido responsabilidades en la política pública somos unos completos tarados, para no usar el castizo que viene a mente. Ojalá fuera así, puesto que la solución sería sencilla.

Infortunadamente, otra posibilidad es que el amplio círculo vicioso es un equilibrio que cuenta con el apoyo fuerte del votante decisivo, a quien le gustan las vainas como están. Nuestro votante decisivo es urbano, pertenece a la clase media, es activo en la defensa de sus intereses, es conocedor de las liturgias democráticas y de sus vericuetos y tiene como prioridad el aseguramiento, porque sabe bien que su status es vulnerable y que, sin un seguro que lo proteja, cualquier pequeña adversidad lo dejaría empeloto.

Conviene pensar, de cara a este equilibrio de pacotilla, en cómo pasar de un aseguramiento poco transparente de las contingencias importantes para la clase media (las que involucran salud, pensiones y educación superior) que hoy está en cabeza del Estado –o sea del difuso contribuyente colombiano– a un aseguramiento de mercado. El votante decisivo podría estar mucho más dispuesto a?“ver”, si se le presentaran pólizas adecuadas a su realidad y a sus angustias. Y, de paso, se podrían liberar recursos que deberíamos estar destinando a la población verdaderamente pobre que, valga decirlo, le importa un comino al votante decisivo.
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