Opinión

  • | 2014/10/05 14:10

    Elogio al optimismo

    Llama la atención la asimetría entre trascendencia política e irrelevancia financiera de los diálogos habaneros. ¿Cómo explicarla?

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El objetivo del Gobierno en La Habana me parece un misterio. La razón es sencilla: nuestro problema es la violencia criminal y es absurdo creer que la firma de un papel hará desaparecer los incentivos económicos que la animan o mermar los crímenes de una pandilla de 7.000 sujetos que es asimilable a una banda criminal. Dicen que el eventual acuerdo no busca desvanecer mágicamente los delitos, sino deshacernos de la “franquicia” Farc, como si el problema fuera el rótulo. Que se trata de una catarsis para sanar heridas hondas y milenarias, como si las heridas fueran un grafiti de mal gusto y los diálogos un balde de pintura blanca. Es imposible entender en qué momento exacto el solo hecho de charlar se convirtió en el bastión que define los términos del debate nacional, delimita la frontera entre amigos y enemigos de la paz, crispa los ánimos de cualquier velada social entre colombianos e, incluso, según se reveló en estos días, podría tener fuerte incidencia en las líneas gruesas de la política pública futura.

Una manera de hurgar en el misterio es a través de los mercados financieros; es decir, el comportamiento de las diferentes tasas de interés, la tasa de cambio y los índices bursátiles. Pero también del precio de activos menos líquidos, como las tierras urbanas y rurales, la vivienda y los locales comerciales.

Lo cierto es que, según este criterio, los muchos ires y venires de La Habana no existen. El apacible comportamiento de estos mercados es perfectamente explicable a partir de la dinámica de la economía internacional y el hecho de que haya diálogos ni le quita ni le pone un ápice a la explicación. No hay un desborde en el optimismo inversionista, de cara al presunto final inminente del conflicto, a los dividendos de la paz, al hecho de poder volver a pescar de noche, en la estupenda definición que tenía el Maestro Echandía. Pero lo cierto es que tampoco hay una desesperación manifiesta, un ánimo de salir corriendo, de huirle a la presunta inmediatez que tendría la entrega de nuestras amadas instituciones al socialismo de cualquier siglo o a la nube negra del castrochavismo.

Existe, pues, una asimetría fuerte entre dos realidades. Primero, la evidente importancia que tienen los diálogos de La Habana en lo que podríamos llamar el ánimo nacional, es decir los centímetros cuadrados de la prensa, las horas de los programas de radio y televisión, el voltaje generado en las reuniones y las redes sociales, y por ende su impacto en el debate político y en la definición de las posiciones partidistas. Segundo, la absoluta indiferencia con la cual estos mismos diálogos son tratados en el día a día de las decisiones financieras de los colombianos y, por extensión, cabe pensar que también en sus decisiones económicas más sustanciales. Cabe preguntar, entonces, ¿Por qué esta asimetría?

La respuesta más obvia es que los mercados saben que en Colombia tradicionalmente se ha cumplido a cabalidad aquello de que todo cambia para que nada cambie y que a ningún lío se le niega su par de leyes. La sospecha obvia es que, en esta ocasión, será lo mismo. Ya vimos, hace medio siglo, la película de una reforma agraria ambiciosa que no logró objetivo alguno y que, posiblemente, exacerbó ciertas violencias. Vimos, hace casi 25 años, la película de una redefinición progresista y de saneamiento político que no ha logrado, ni de lejos, bajar la desigualdad, ni reenfocar la política pública, ni barrer con la politiquería, ni darle dignidad a la justicia. Y así. Una interpretación, pues, es que los colombianos tenemos una cierta bipolaridad fundacional en cuyo seno somos proclives al pajarito pintado de ciertos sueños, ante todo a las recurrentes palomitas blancas, pero inmensamente escépticos en que hagan tránsito a la realidad.

En cualquier otro país dos años de diálogo habanero, su trascendencia mediática, su efecto sobre las alineaciones políticas, y los anuncios iniciales de su eventual rol en las políticas de Estado, serían insoportables para los mercados financieros. El hecho de que ellos gocen de tan madura serenidad en Colombia es un peculiar elogio al optimismo.
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