Opinión

  • | 2016/10/13 00:00

    El tema económico antes y después del plebiscito

    ¿A quién se le ocurre que los aspectos económicos sean marginales en un proyecto de futuro como el que se intenta acordar?

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Nos han o nos hemos abrumado exponiendo y debatiendo alrededor de las causas y consecuencias políticas y jurídicas que han rodeado lo sucedido con el plebiscito.

Hace falta alguna interpretación respecto a la incidencia que pudo tener el tema económico en las campañas y lo que se debe pensar al respecto después del resultado.

En realidad las campañas no se atuvieron al contenido del Acuerdo, sino se limitaron a unos eslóganes que buscaban engañar al elector más que a justificarle su decisión. Los del SÍ con la simple afirmación de que votar en contra era no apoyar la paz y ser partidario de la guerra; y los del NO considerando que es inadmisible no tratar a la guerrilla como criminales (reconociéndoles ‘impunidad’, derechos políticos y recursos económicos) y amenazando con que el triunfo del otro nos llevaría a un régimen ‘castrochavista’ y al crecimiento de lo que denominan la ‘narcoguerrilla’.

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Ni lo uno ni lo otro era cierto, pero el texto era tan complejo que poco interés se vio por el análisis y la divulgación del contenido; no se destacó entonces mucho esa ausencia (las dos partes estando más interesadas en el proselitismo que en la pedagogía), aunque el NO mencionó algunos de los puntos que consideraron se debían corregir.

Tal vez por lo etéreo o confuso o poco concreto de los contenidos, no se dio a los aspectos económicos importancia mayor. Ni a cómo se afectaría el modelo económico ni a de dónde saldrían los recursos para implementar lo acordado. Lo menos que se puede decir es que era extraño, sorprendente, que no fuera un centro de la controversia, puesto que tanto del modelo económico como de la existencia de recursos para adelantar lo prometido o comprometido dependía la viabilidad de lo que se concretara.

Marginalmente los del SÍ tocaron el tema, afirmando que solo traería beneficios para la economía y que se contaba con los recursos extranjeros para apoyar los gastos del posconflicto. Fue el único argumento adicional expuesto como obvio y sin respaldo de ninguna clase.

Lo cierto al respecto es que nunca se cuantificó el problema; que las afirmaciones no coincidían con estudios o compromisos que las validaran (de los US$5.000 millones que supondrían llegar del Fondo creado para ello, solo Estados Unidos ofreció US$70 millones; nunca se dijo de dónde saldría el dinero para la adquisición de los diez millones de hectáreas; se habló de ayuda para 5.600 guerrilleros sin tener en cuenta que los milicianos –el doble de aquellos– tendrían que entrar en la misma categoría pues, si no, serían delincuentes comunes; etc.) ; y que muy probablemente la falta de credibilidad de Simón Gaviria diciendo como director de Planeación que traería un aumento del crecimiento del PIB de 1,9% acabó consolidando el escepticismo general.

De bueno trae el triunfo del NO que nos permite y obliga a poner pies en tierra.

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Por un lado queda la discusión de si los beneficios económicos serán como los pintan los funcionarios oficiales y quienes respaldan al Gobierno. Obviamente no hay duda de que un país sin conflicto –o con un conflicto menos– tiene la probabilidad de mejorar en el largo plazo su economía; pero toca recordar a Keynes: “en el largo plazo todos estaremos muertos”. Aquí la pregunta es cómo se manejaría el corto plazo, o la duda de si se podría manejar. Porque por ninguna parte se habla de recorte de gastos (ni siquiera en las Fuerzas Armadas) sino solo de aumentos presupuestales; difícil se ve esto con una situación ya crítica de la economía, sabiendo que los fondos del extranjero tienen compromisos más prioritarios que Colombia; y con lo poco probable que es que internamente se consigan los dineros necesarios para cumplir lo que se negocie, ahora que la incertidumbre alejará la inversión extranjera y motivará la huida de capitales, (independientemente de cuánto se avance en la nueva negociación o de su resultado).

Por otro lado –y como consecuencia de lo anterior– parece condición sine qua non para que el eventual nuevo Acuerdo tenga viabilidad y credibilidad, que se haga alguna cuantificación soportada en criterios y datos verosímiles de lo que se requiere; y que se incluyan en alguna forma las expectativas –también concretas y verosímiles– en cuanto a de dónde provendrían esos fondos.

Sin que se toque el modelo económico –según las palabras del Presidente– se reducen bastante las expectativas respecto a alcanzar la paz (“nada más tonto que esperar que repitiendo los mismos caminos se llegue a resultados diferentes –Einstein–”); pero más disminuyen sin saber dónde conseguir los recursos para cualquiera que sea el acuerdo al cual se llegue.

Entre los errores que se van a corregir debería incluirse prioritariamente este tema. ¿A quién se le ocurre que los aspectos económicos sean marginales en un proyecto de futuro como el que se intenta acordar?.

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