Opinión

  • | 2014/04/15 00:00

    El sector rural y la ausencia de modelos de desarrollo

    El crecimiento del sector agrícola es muy dudoso, y probablemente sea más de contabilidad que de realidad.

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Colombia ostenta hoy el dudoso rango de estar entre los tres países con más desigualdad del mundo; con mayor desempleo del continente; de mayor abandono a los adultos mayores; con un aumento sistemático respecto a la brecha con los países desarrollados; el segundo del planeta en cuanto al daño al medio ambiente; con el papel de la industria disminuido; la inversión en innovación y tecnología minimizada; las reformas sociales urgentes diferidas o congeladas; el costo de los servicios públicos disparados; el crecimiento del producto bruto menor en los últimos 20 años, menor que en los anteriores; en resumen, todas las malas características que predijeron quienes cuestionaban la implementación del convencionalmente llamado ‘modelo neoliberal’, cumplidas.

Esto no por casualidad, sino porque también se puede decir que desde que se propuso e impuso tal modelo es el país que más fielmente ha adherido a él. Sin embargo, según los últimos datos del Dane, una excepción es notoria: la participación del campo en el crecimiento del PIB. No solo el sector rural no habría sido perjudicado sino se encontraría como el segundo mayor aportante al crecimiento de la economía.

Al mismo tiempo los participantes del sector, sean los empresarios, los campesinos productores o simplemente los habitantes, todos se quejan de las condiciones de trabajo y de vida, y lo mismo reflejan los indicadores de pobreza, desempleo, rentabilidad, etc.

¿Cómo entender cuál es la realidad?

Lo primero, las cifras del Dane:

Un sector que sí creció fue el cafetero, en parte por mayor producción (aun cuando en proporción menor, puesto que su crecimiento se manifiesta es este año), pero sobre todo porque el componente precio fue distorsionado, inicialmente por el subsidio del Estado y después por factores ajenos a la intervención o planeación del gobierno (la helada del Brasil).

Un segundo sector que también aumentó en producción fue la leche, pero con la paradoja de haber asumido que los problemas que los afectaban se compensarían con mayor producción, y con el resultado de que, por ser un tema de mayor costo que el precio de venta, aumentaron sus pérdidas.

En tamaño, el siguiente sector que refleja crecimiento no corresponde a la realidad: en la Palma Africana por un lado sí hubo una mayor cosecha de fruto, pero por el otro las enfermedades de la ‘pudrición del cogollo’ y la ‘marchitez letal’ destruyeron cerca de 25% de las plantaciones; es decir, fue más grande la pérdida de la base productiva que el aumento de la producción, solo que, teniendo en cuenta las exenciones de impuestos, no hay interés en que esto aparezca.

Los ingenios azucareros, como el caso de los cafeteros, tuvieron el beneficio de los altos precios (también en parte por subsidios del Gobierno y en parte por precios internacionales) pero no incrementaron ni su área ni su productividad.

En el extremo de las pérdidas, los arroceros sufrieron por la disminución de productividad por la denominada ‘bacteria’ (que no se sabe qué es), y por los bajos precios pactados por el Gobierno y los molineros; esto, adicionado a cerca de 9% menos de área sembrada, debería hacer contrapeso a los posibles pequeños aumentos en los sectores arriba mencionados.

La floricultura pasó por la crisis del precio del dólar, lo que naturalmente obligó a ciertas empresas a cerrar y en sentido contrario acabó con cualquier plan de crecimiento.

El aspecto positivo, como era el incremento de la inversión en nuevas agroempresas en la altillanura, quedó congelado con el escándalo alrededor de la ley 1448 y la inseguridad jurídica del retiro de la que la debería aclarar. Y por muy interesante que sea que con el TLC con Estados Unidos se pueden exportar espárragos o uchuvas, no nos han dado el volumen para convertirlos en el motor de crecimiento de la economía.

En resumen, el crecimiento que dice el Dane es muy dudoso, y muy probable que sea más de contabilidad que de realidad.

Y es que lo que sería sorprendente es que sin ningún estímulo, sin siquiera una política definida respecto al sector agrario, este prosperara. La falta de algún modelo de desarrollo, cualquiera que sea diferente al de la soberanía del mercado como referente único, hace que lo que enfrenta la producción del campo no sea solo la competencia del extranjero, sino la de los otros sectores de la economía que naturalmente son más rentables (el comercio, las finanzas, la minería, la industria); o peor aún la combinación de ambas porque la agricultura extranjera sí tiene esto en cuenta, y en consecuencia sí protege y respalda esa actividad.

No es con manipulación de informaciones y estadísticas que se resuelve la situación de los habitantes del campo. Se requiere un modelo social y económico de desarrollo que le asigne su función al sector rural, y la falta de planeación y de intervención del Estado no puede ser reemplazada por las fuerzas libres del mercado.
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