Revista Dinero

Jorge Gabriel Taboada, ex superintendente de Valores.

| 3/7/2013 2:00:00 PM

El secreto del chef

Para que nuestra reforma agraria dé buenos frutos, será necesario el milagro de combinar bien los elementos sociales, técnicos y políticos disimiles y contradictorios que hacen parte del proceso.

por Jorge Gabriel Taboada

¿Alguien sabe en qué consiste la reforma agraria que se nos viene? De esto el colombiano promedio tiene muy poca información ya que el Gobierno ha guardado un profundo silencio sobre las negociaciones en La Habana. Tampoco ayudan los comunicados de las Farc, que hablan de “la creación de la nueva ruralidad basada en la justicia territorial”, y de otras cosas igualmente incomprensibles para los no iniciados.

Pero al parecer pronto nos contarán lo que se negoció en La Habana, y luego (tal vez) vendrá un proceso de ratificación ciudadano precedido de un debate nacional para el cual estamos poco preparados a pesar de la importancia del tema. De manera que, mientras nos informan sobre nuestro propio proceso, podemos irnos alistando para el debate mediante el estudio de los objetivos que se propusieron en otros países para justificar las reformas agrarias que ya se hicieron.

Gracias a la manía clasificatoria de los académicos modernos es fácil encontrar listas de todas las reformas agrarias que en el mundo han sido, desde la primera que promovió Tiberio Graco en Roma hasta las más recientes, acompañadas de resúmenes de sus características principales.

Y quien repase con ánimo desprevenido estos procesos encontrará que los impulsores de casi todas estas reformas buscaban (a veces sin decirlo), o decían que buscaban (a veces sin realmente hacerlo), una mezcla de los siguientes objetivos: 1) justicia social mediante la redistribución de tierra a favor de los campesinos pobres. 2) mejorar la competitividad del sector agrícola. 3) cambiar las estructuras que soportan un modo de producción determinado. 4) remediar alguna injusticia histórica y 5) hacer política, cortejando el apoyo de determinado grupo y tal vez debilitando a algún otro grupo.

Pero, como es difícil conciliar todos estos objetivos, el secreto del chef que quiera cocinar una buena reforma agraria consiste en poner la cantidad necesaria de cada uno de estos ingredientes en el plato para que le sepa bien a la gente, sin que le cause daño de estómago después de haberlo comido.

Para que el plato le guste a la izquierda, nuestra reforma deberá poner bastante tierra, muy rápido, en manos de muchas familias campesinas. Sin embargo, esta estrategia hace difícil que el sector agrícola se vuelva más competitivo porque nada garantiza que todos los campesinos que hagan cola para recibir tierra gratis van a ser buenos productores, y ni siquiera que quieran seguir en el campo. Por esto, el Banco Mundial ha venido proponiendo desde hace años una metodología de reforma basada en el mercado, que busca seleccionar con cuidado a los beneficiarios de la reforma y apoyar los proyectos productivos que estos quieren desarrollar, pero es difícil que este método –que además no se basa en la expropiación sino en la compra/venta voluntaria de tierra– le guste a los que quieren resultados rápidos, porque en la práctica ha demostrado ser muy lento y caro.

Y claro, ni hablar de preguntarles a los campesinos si preferirían recibir apoyo estatal en tierra, o más bien en plata o en otras cosas, porque evidentemente la repartición de tierras impresiona mucho más a la galería que las demás modalidades de subsidio.

En cuanto al efecto que pueda tener una reforma agraria en el cambio de las estructuras, este depende de la importancia que tenga el sector agropecuario en el país en el que uno esté. En Colombia, por ejemplo, ninguna estructura va a cambiar cuando se subdividan más las fincas, aunque hay mucho ingenuo que vive en el pasado y por eso piensa que así será, olvidando que hoy quienes aquí mandan son los banqueros, los dueños de los servicios públicos, los industriales etc., pero no los finqueros.

Pasando a la justicia y la política, en estos puntos es necesario –pero difícil– distinguir la paja del trigo. El proyecto de reforma agraria colombiano se funda en que el Estado reparta la tierra que acapararon los grupos criminales de todas las pelambres, y que la restituya a quienes fueron despojados de ella, pero muchos aprovechan estos objetivos –válidos– para hacer política acaudillando al país contra los ganaderos, a quienes quieren que se les quiten sus tierras sin compensación, argumentando que ser ganadero es lo mismo que ser paramilitar. Y aunque parezca increíble, esta especie vende porque los colombianos –a pesar de ser uno de los pueblos más estigmatizados del mundo– aún no hemos desarrollado defensas contra las generalizaciones injustas.

En resumen, para que nuestra reforma agraria dé buenos frutos, será necesario el milagro de combinar bien los elementos sociales, técnicos y políticos disimiles y contradictorios que hacen parte del proceso. Muchos intentos se han hecho en el mundo para lograr esto, pero casi nunca ha funcionado bien. ¡Suerte al chef!.
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