Opinión

  • | 2017/08/31 00:01

    El pesimismo actual

    Hay al menos cuatro buenas razones para sentir pesimismo y eso tiene efectos económicos. Hay que salir del circuito y conviene recordar que muchas cosas están mejorando.

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La desaceleración de la economía colombiana y el bajonazo del estado de ánimo, visible tanto en el empresariado como en los hogares, son dos adversidades mutuamente dependientes cuya interacción puede hacer un daño más hondo y más duradero que la suma simple de sus efectos individuales.

El pesimismo tiene su razón de ser, desde luego. Yo veo, al menos, cuatro componentes. Primero, y empezando por el espejo retrovisor, el mal sabor no emana tanto por el ritmo de crecimiento, que ha sido satisfactorio en el último par de décadas, sino por su naturaleza. La tasa de crecimiento estuvo cimentada en la acumulación de capital y en la participación laboral, dinámicas que tienen muchas cosas buenas pero que también imponen unos límites cada día más estrechos. Para superar esos límites de velocidad, es necesario contar con avances en productividad y esos avances han sido insatisfactorios, ayudando en alrededor de 0,5% anual a una economía que requiere crecer, por decir algo, 10 veces más rápido.

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Segundo, porque los seres humanos le tenemos apego a las películas de terror y nos hemos comido, a lo largo de la historia, toda suerte de cuentos sobre futuros catastróficos. El planeta –nada que hacer-- ya está condenado a un calentamiento aniquilador e irremediable. El mercado laboral desplazará –no hay remedio-- a millones de personas con la irrupción de algoritmos y robots. El terrorismo es parte intrínseca del paisaje contemporáneo. Y así. No obstante fuertes argumentos y evidencias en contra, la tiniebla parece parte de nuestro ADN.

Tercero, porque la combinación de un retrovisor subrayando limitantes y un sesgo natural a la visión trágica del mundo, ocurre hoy día en un contexto cultural adverso al optimismo y ese contexto tiene su matiz nacional, desde luego, pero también su ladito globalizado. El sancocho de populismo, intolerancia y animadversión al ánimo de lucro merma, cada día otro poquito, la capacidad de aguante hasta del más optimista.

Por último, la cascada de atropellos pequeños y grandes contra los valores éticos afecta la fuerza que los ciudadanos le asignamos al contrato social que presuntamente nos ampara y nos hilvana. Los actos de corrupción que cotidianamente se evidencian no solo generan indignación. Generan una sensación aún más peligrosa para el futuro del tejido social que tanto cuesta construir: un sentimiento de soledad.

No es la primera vez ni será la última vez que se alinean cuatro o más astros adversos en el horizonte y el punto de fondo que quiero hacer tiene dos patas. La primera: en la cancha de las predicciones efectuadas en el calor de un momento difícil, siempre ha salido muy mal librado el pesimismo. La segunda: la cosa no tiene por qué ser diferente esta vez.

Empecemos por lo más grande. Nuestro planeta no está condenado al colapso y no obstante cierta histeria en uno y otro extremo del debate, lo cierto es que, como lo muestra R. Bailey en su estupendo libro reciente, estamos progresando mucho más de lo que se cree en materia de soluciones.

La violencia, en todas sus manifestaciones y en todas las regiones, ha estado disminuyendo de manera continua por décadas enteras, como lo documenta y discute S. Pinker en su libro sobre el tema. En Colombia las cifras de los últimos 15 o 20 años son muy contundentes y sugieren que algo estamos haciendo bien.

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El renacimiento del mito de “desempleo técnico” –los algoritmos nos van a fregar a todos, ala– es la última entrega de un larga secuencia de razonamientos que, aunque fueron hechos por economistas de la talla de D. Ricardo y J.M Keynes, resultaron masivamente equivocados. Hay razones fuertes para pensar que esta vez pasará lo mismo, como lo plantea D. McCloskey.

Es un hecho que –tras mucho sufrimiento– la economía global ya ha superado el cataclismo de 2008 y se encuentra en una senda de crecimiento satisfactoria. Contrario al pasado reciente, la economía internacional será un viento a favor, cosa que empezamos a ver en el comercio internacional.

De cara a las cifras, es claro que estamos exagerando la nota con el pesimismo. Lo malo es que la experiencia muestra que entre más insistamos, más daño nos hacemos y más razón le daremos al enunciado de un amigo, filósofo y empresario de muchos quilates: “Contra la bobada no hay nada”.

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