Opinión

  • | 2016/09/01 00:00

    El pecado original y la paz

    Comenzando el siglo XX el país era muy pobre y atrasado incluso frente a Suramérica. Iniciando el siglo XXI era un Estado fallido. Dos siglos anti cambio al capitalismo.

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Un economista serio y reconocido como Salomón Kalmanovitz hizo una aproximación al ingreso por habitante en las décadas previas a la independencia de Colombia para luego compararlo en varios momentos con el que otros estudios estimaron para Estados Unidos. En la etapa final de la dominación española el ingreso por habitante era 42% el de Estados Unidos, siendo la Nueva Granada para entonces la colonia más pobre de España.

Tras un aparente crecimiento económico promedio anual de apenas 0,1% en todo el siglo XIX, a mitad de ese siglo el ingreso por habitante habría caído a 24% del norteamericano para luego ser apenas el 13,4% ya en el siglo XX, antes de la Primera Guerra Mundial.

El pecado original para tan pobre resultado sobre el bienestar colectivo e individual, explicado por la baja capacidad productiva y el incompleto ecosistema para desarrollar bienes y servicios, consistió en considerar, desde la colonia, al capitalismo una transgresión a la estructura política, social y económica prevaleciente de rasgos feudales. Aunque dicha concepción ha variado durante los siglos XIX, XX y XXI, lo ha hecho en forma muy lenta e inconclusa.

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En los últimos años diversas investigaciones mostraron en el mundo la relación positiva entre educación de calidad y crecimiento económico.

Kalmanovitz explica que nacimos a la modernidad en forma incompleta, bajo “un sistema estamental en la que la distribución de los activos –tierra y negocios– estaba altamente concentrada” en aquellos considerados superiores por su pureza de sangre y sus relaciones políticas con “la monarquía”. Las restricciones a la libertad política y de conciencia y una profunda visión discriminatoria conllevaron a que las personas acudieran a falsificar o a comprar su linaje o sus conexiones con los grupos de poder para obtener los reconocimientos que les permitían acceder a las prerrogativas de la casta superior.

Entre los privilegios estaba no pagar tributos ni tener la indigna necesidad de trabajar. Pertenecer a la casta superior significaba tener personas que trabajaban para ellos, de forma que pudieran disfrutar del ocio. El arraigo anti-meritocracia explicaría porque desde nuestros inicios se consideró innecesaria la educación para la mayoría de la población, fue baja la inversión en infraestructura de transportes y precario el estímulo para formar empresarios y desarrollar actividades productivas.

La justicia desde sus orígenes en la Nueva Granada era tan improductiva como la economía, pues funcionaba tan inclinada y sesgada como la estructura política y social.

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La baja productividad económica no solo obedecía a la rudimentaria tecnología. También lo era porque eran improcedentes el cambio y las iniciativas de la mayoría de la población. Era común que se obstaculizaran las actividades emprendedoras y se desperdiciaran oportunidades productivas, como en el caso del desarrollo agrícola, pues las tierras no se concedían por la disposición para trabajarlas.

Los tributos terminaron siendo un gran lastre para el crecimiento, en especial porque se destinaron más a defensa y burocracia que al desarrollo.

Nuestra historia más reciente nos dice que, usando la paridad del poder adquisitivo, el ingreso por habitante en Colombia mejoró en el resto del siglo XX. Sin embargo, tras casi doscientos años, después de la apertura económica y la reciente bonanza minero-energética, el ingreso por habitante hoy en Colombia es apenas 22,7% del de Estados Unidos. Más bajo que en 1800 y 1850.

La paz podría ser una oportunidad única para superar el pecado original, pero por si sola la paz no tendrá el prometido dividendo de una mayor tasa de crecimiento económico, como no lo tuvo la apertura económica ni lo han generado los tratados de libre comercio.

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Le corresponde al presidente Santos explicar por qué los acuerdos de La Habana permiten dejar atrás el legado colonial para que el país crea conveniente votar “sí” en el plebiscito.

Igual, les corresponde a los expresidentes Pastrana y Uribe explicar por qué los acuerdos de La Habana acentúan más los legados y herencias de la colonia para promover el voto por el “no”.

A la izquierda e incluso a las Farc les corresponde decirnos, después de la debacle económica del castro-chavismo, o del nepotismo de Ortega en Nicaragua, por qué su revolución no sería una expulsión de los blancos para el ascenso de los unos pocos mestizos de forma que el legado colonial y todo lo demás siga igual o peor.

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