Opinión

  • | 2013/10/30 18:00

    La bomba atómica

    La democracia y el capitalismo no son el fin de la historia como predecía Fukuyama, y los Estados Unidos empiezan a ser parte y no soberanos en la historia universal.

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Al momento de escribir este artículo, la amenaza de un cese de pagos de la deuda americana había sido superada –por lo menos transitoriamente–.

Lo han comparado con una bomba atómica pensando en el daño que causaría al mundo. La verdad es que se puede decir que al igual que con el riesgo de una guerra nuclear, llegamos al punto de contemplar la posibilidad de que el peligro se concretara, lo cual llevó a imaginar toda clase de escenarios catastróficos, y en eso se puede hablar de algún parecido. También lo hay en que el enfrentamiento es entre dos poderes con inmensa capacidad destructiva que genera del uno al otro una especie de equilibrio del terror. Pero por supuesto hay la gran diferencia de que lo que se presenta es un enfrentamiento interno; y que a pesar de ello los daños serían más universales. Al fin y al cabo una bomba atómica destruye solo donde cae, y en cuanto a la contaminación nuclear del planeta, ya se han explotado centenares de ellas y algunas más poco cambiarían.

Entender que sus efectos se sentirían más en la periferia que internamente puede parecer fácil. Es el cuento de que cuando uno debe poco y no tiene cómo pagar entra en problemas, pero, si lo que debe es mucho, quien entra en problemas es el acreedor. Son los tenedores de títulos del Estado americano quienes no sabrían si recibirían el pago de sus títulos los que sufrirían los perjuicios.

Pero así como tenemos poca comprensión de las diferencias entre el sistema político y jurídico de Estados Unidos y el nuestro, lo mismo sucede con la economía. No obsta sin embargo para pensar en temas que vale la pena recoger.

¿Cuáles perjuicios? es la primera inquietud que nunca antes había aparecido. De hecho, la depreciación del dólar ya es una consecuencia y ya sucedió; pero esa es una disminución en el valor patrimonial que afecta marginalmente los flujos; el default o no pago sería lo grave y no se sabe cómo se manejaría. Eso hace interesante el tema de la forma en que están invertidas nuestras reservas, ya no solo en la relación con otras divisas, sino su composición en moneda americana –cuánto en bonos, cuánto en cuentas corrientes– y cómo está previsto su flujo.

Lo que en este caso ha estado de por medio es un pulso entre el poder del Congreso americano y el Gobierno americano. Se puede presentar una falla de liquidez, pero es claro que no es de solvencia. Es decir, lo posible sería una demora en cumplir las obligaciones pero no que no se cumplan. Lo que pasa es que no se sabría cuánto tiempo sería el retraso, y les pasaría como a cualquier empresa o individuo que cuando se difieren sus ingresos empieza a ser perseguido por aquellos a quienes debe.

Nadie ha contemplado que Estados Unidos no pague sus deudas, pero sus deudas no son con entidades o instituciones que puedan hacer efectivas acciones judiciales. No parece posible, por ejemplo, que un tercer país pida que se ejecute en un juzgado al gobierno americano, ni se sabe si lo hicieran qué pasaría ¿qué tal China, que tiene más títulos del tesoro y bonos del gobierno que lo que este necesita aumentar el cupo de deuda para pagar lo corriente?

Y es que el gobierno americano no depende para sus ingresos de la rentabilidad de sus activos, sino solo del recaudo de impuestos y del endeudamiento (no de créditos bancarios como otros países, sino de particulares y de reservas que requieren justamente esos otros países). En otras palabras, no tiene un Isagen para vender y cuadrar su presupuesto, ni tiene ‘mermelada’ o facultad de decretar primas para cuadrar a los políticos.

Pero lo provechoso de la lección que nos deja es que permite pensar en que esa ‘hecatombe’ podría suceder; o, para quienes tienen una visión más histórica o de economía política, que eso está sucediendo aunque en cámara lenta. Los ciclos de los imperios pasan, y la preponderancia americana en la política ya es notorio lo que ha disminuido (v. gr. el caso de Siria o de Irán) y la importancia del dólar como patrón de reserva hoy la comparte no solo con el oro sino con otras monedas y con el petróleo. ¿Quién iba a imaginar a las calificadoras de riesgo bajando la calificación de la deuda americana?

La irrupción de la China y de la India cambia el mundo; ya lo habían cambiado los dueños del petróleo y la ‘guerra de las civilizaciones’. La democracia y el capitalismo no son el fin de la historia como predecía Fukuyama, y los Estados Unidos empiezan a ser parte y no soberanos en la historia universal.

Interesante sería que nuestros académicos y gobernantes especularan un poco sobre escenarios de cambios como el que por ahora parece no sucederá en el futuro inmediato, pero que inevitablemente tendemos hacia él.

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