Opinión

  • | 2016/04/28 00:00

    El hilo de sangre

    "Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia". (Sobre el corazón de los hombres colombianos, José Eustasio Rivera, La Vorágine, 1922)

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Un poco después de las dos y media de la tarde del 9 de abril de 1948 mi abuelo contestó una llamada que le salvó la vida. A esa hora alguien telefoneó de urgencia a su casa en el Carmen de Bolívar para contarle que acababa de oír un boletín extraordinario de la Radio Nacional anunciando que los conservadores habían matado a Jorge Eliécer Gaitán (Escuchar audio ¡Mataron a Gaitán!) en Bogotá. El boletín –redactado y leído por un grupo de dementes que se había tomado esa emisora– anunciaba también que el cadáver del presidente Ospina estaba siendo arrastrado por las calles, que había triunfado una revolución izquierdista en Colombia, y que la consigna revolucionaria era matar a los conservadores para vengar el asesinato (Escuchar audio Sueños de Revolución) del líder liberal.

Enseguida supieron las noticias, mis muy conservadores abuelos huyeron con sus hijos hacia San Jacinto, un pueblo cercano donde sus copartidarios estaban bien organizados y podían defenderse, pero un chofer que trabajaba para ellos los vio pasar en su carro y gritó en la calle “ahí van, están escapándose”, y la gente que lo oyó respondió, también a gritos, diciendo “es verdad, mataron a Gaitán”. Acto seguido, los policías del pueblo y algunos civiles espontáneos requisaron un camión para perseguirlos con fusiles, les hicieron disparos en la carretera y casi los alcanzan, pero al fin el camión policial tuvo que devolverse para El Carmen sin la presa, porque ellos lograron llegar a San Jacinto, donde se alojaron en distintas casas para evitar así que sus paisanos –quienes el día anterior los saludaban como amigos en el pueblo– los asesinaran a todos de un solo golpe de mano.

En venganza por la muerte de Gaitán, los coterráneos de mis abuelos saquearon y destruyeron la casa donde ellos vivían y robaron el ganado de sus fincas y el tabaco que tenían en las bodegas, listo para exportar, pero no pudieron matarlos. En cambio, otros conservadores que no alcanzaron a huir de El Carmen sí fueron linchados por sus paisanos, que eran mayoritariamente liberales . Yo crecí oyendo el eco ya lejano de las anécdotas de estos asesinatos. Recuerdo –por ejemplo– que me contaban la muerte de Gilberto Vega, un godo que estaba casado con una mujer liberal. Vega no pudo escapar de El Carmen ese día y tuvo que esconderse en su casa, pero alguien lo vio entrar ahí y lo denunció. Una turba forzó su puerta para buscarlo y, aunque al principio no lo encontraron, notaron que sus zapatos estaban en el piso. Buscaron mejor y al fin lo hallaron en un escaparate, de donde lo sacaron por la fuerza a pesar de las súplicas de su esposa, para llevarlo a la calle donde lo hicieron arrodillar, lo obligaron a confesar la responsabilidad del partido conservador en la muerte de Gaitán, y finalmente le dieron un tiro en la espalda. En el fondo, Vega tuvo suerte. A otros los picaron a machete en la plaza del pueblo estando vivos.

¿Le suenan conocidas estas historias? No me extrañaría que así fuera porque muchas familias colombianas, liberales y conservadoras, fueron víctimas de tragedias idénticas, como también lo fueron las de los miembros de la Unión Patriótica, las de los parientes de los guerrilleros y las de tantos otros compatriotas. El hilo de sangre que comenzó a fluir desde aquel abril lejano de 1948 todavía recorre el país, aun cuando ya han pasado 68 años desde la muerte de Gaitán.

Nos han dicho tantas veces que la sempiterna violencia colombiana surgió como consecuencia inevitable de la desigualdad económica del país. Pero la verdadera explicación está en algo más oscuro que viene de nuestro pasado y se cuela en nuestro presente: el amor nacional por la venganza.

En las tantas hagiografías viejas y nuevas sobre la vida de Gaitán, nadie se anima a decir que El Bogotazo fue una vendetta, pero sí lo fue, como lo fueron también la violencia liberal-conservadora, la guerrilla, el paramilitarismo y el exterminio de la Unión Patriótica. Incluso hoy es fácil advertir que quienes se oponen a la paz sienten nostalgia por las distintas vendettas colombianas, eternamente inacabadas. Pero, después de 68 años de venganzas, ya basta.

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