Opinión

  • | 2014/10/30 06:00

    Un cuestionamiento de fondo

    Se ha asumido que el desarrollo en sí mismo es determinante para mejorar la distribución del ingreso. Este supuesto no tiene verificación empírica.

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Es un gusto comentar un libro que concreta el debate o la diferencia entre la Economía y la Economía Política. Thomas Piketty en El capital en el siglo XXI lo logra, por supuesto iniciando nuevos debates aún más interesantes.

Su tesis es que las teorías propuestas por los economistas no son más que eso, teorías, porque no se basan en hechos y en datos establecidos sino en especulaciones. La profesión se dedica a producir resultados teóricos sin conocer siquiera qué hechos debe explicar. En cambio su planteamiento está fundamentado en la información histórica sobre cómo han evolucionado los temas centrales que trata: la distribución de la riqueza y el ingreso. Este tema, que debería ser la preocupación central de la economía –como lo era en el siglo XIX cuando se consideraba una ciencia social–, fue abandonado con el desarrollo de la llamada ‘ciencia económica’, lo cual es inexplicable cuando por razones elementales debe ser la primera preocupación no solo de las ciencias sociales sino de la organización del Estado.

Se ha asumido que el desarrollo en sí mismo es determinante para mejorar la distribución del ingreso y de la riqueza. Este supuesto no tiene verificación empírica. Más exactamente la tiene incompleta, de donde surgen conclusiones erradas. El análisis que respaldó esa premisa fue la serie estadística que recopiló Kuznets para los años 1913 a 1948 en los Estados Unidos. Pero esa muestra no es representativa de la tendencia general histórica y dependió de las condiciones particulares de la Primera Guerra y la crisis de 1929.

Con datos históricos a más largo plazo aparece que, cuando la ‘primera globalización’ y la Revolución Industrial (siglos XVIII y XIX), la tendencia fue la contraria. De la misma manera, los datos desde los años 70 a hoy muestran lo mismo.

Todos estos puntos son comprobados y la diferencia con las ‘especulaciones teóricas’ de los economistas –acuérdese de la definición del economista como aquel que explica por qué lo que predijo no sucedió–, es que nunca antes se había trabajado con la información histórica que permitía confrontar los supuestos con datos concretos. Esto en parte porque ese paralelismo entre desarrollo y redistribución se tomó como cierto desde los estudios de Kuznets y Solow, pero sobre todo porque no existían los instrumentos para recopilar esas series históricas y mucho menos para compararlas. La informática permite este trabajo que relaciona el rendimiento del Capital y el crecimiento económico pero no en el sentido que lo asume la ortodoxia económica.

Piketty no concluye que la verdad sea la contraria sino enfatiza que el resultado depende es de las política y la orientación que se le dé desde el Estado (lo cual no es un gran descubrimiento, pero descarta el ‘determinismo’ o tendencia natural del desarrollo). Descarta además la tesis del ‘desarrollo natural equilibrado’ que asume que bajo las leyes del mercado trabajan armónicamente todos los sectores de la economía –o sea el neoliberalismo– (Eduardo Sarmiento, entre nosotros, propone el ‘desequilibrio’ como único camino para lograr un desarrollo acelerado, y esa es la esencia de los modelos de los milagros orientales que con el nombre de ‘política industrial’ o ‘planeación estratégica’ permitieron a Japón, Corea, los tigres asiáticos o China logros en pocos decenios similares a los que le tomaron a Europa doscientos años).

Paradójicamente la controversia no sería por las conclusiones sino respecto a la valoración de la profesión: la lógica del razonamiento de Piketty es tan natural que parece solo sentido común; pero a lo que lleva es a demostrar que la actividad de los economistas es como el ‘juego de los abalorios’ de Herman Hesse, una entretención que enreda y distrae a muchos pero no lleva a ninguna parte (ya Joan Robinson había dicho que el debate sobre por qué vale más un huevo que una taza de té permitió crear una ciencia que da para jugar mucho con las matemáticas pero no aporta ayuda a las inquietudes de la humanidad).

Es de destacar la ponderación diciendo: que el libro lo que refleja son las nuevas y mucho mejores posibilidades de trabajo del investigador; que la desigualdad no es perversa en sí, sino depende de la justificación y de las razones que la crean; que mecanismos hay tanto para procesos convergentes de redistribución (la educación) como divergentes o de concentración (cuando la rentabilidad del capital es mayor que el crecimiento del PIB, lo que ha sido usual en la historia); que la economía no debió separarse de las ciencias sociales sino desarrollarse en su seno; que el objetivo del libro es buscar en el conocimiento del pasado algunas eventuales y modestas claves para el futuro, sin exceso de ilusiones respecto a su utilidad, pues la historia reinventa siempre su propio camino.

Si en efecto la distribución de la riqueza y de lo que genera la producción debe ser la principal preocupación de la colectividad humana (otros dirán que la paz, pero ella depende justamente de aquella) es lógico que los datos que aportan la sociología, la historia, la demografía, etc., y no la Economía, son, con la Economía Política, los que deben guiar las construcción de las instituciones y las políticas que se escojan para buscar las sociedades más democráticas a las que aspiramos.
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