Opinión

  • | 2014/03/08 08:00

    El Día de la Felicidad

    De poco sirve alardear que seamos o no la gente más feliz del mundo.

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El 20 de marzo es el Día Internacional de la Felicidad, convocado por las Naciones Unidas para recordarles a los gobiernos que las políticas públicas deben apuntar hacia el bienestar de todos, y para elevar las aspiraciones de la gente a buscar la felicidad.

Las Naciones Unidas aspiran a que los gobiernos diseñen las políticas públicas teniendo en cuenta su impacto sobre la felicidad y sobre la satisfacción con la vida, en vez de considerar tan solo su efecto en el crecimiento económico o en los indicadores sociales tradicionales.

Esto implica medir con encuestas el bienestar subjetivo desde dos horizontes. Uno, el horizonte inmediato de las experiencias, donde la pregunta central que se le hace al entrevistado es ¿qué tan feliz se siente en este momento? Otro, el horizonte más reflexivo y evaluativo de más largo plazo, donde la pregunta clave es ¿qué tan satisfecho está con la vida que lleva? Típicamente la correlación entre ambas medidas es apenas de 0,5, puesto que el bienestar subjetivo no puede reducirse a una sola dimensión. Por la misma razón, otras preguntas pueden explorar en más detalle los distintos sentimientos positivos (como placer o entusiasmo) y negativos (rabia, aburrimiento…) y la satisfacción con distintos aspectos de la vida, como la salud, el trabajo o la vida familiar.

Siguiendo el ejemplo pionero de Bután, actualmente, Australia, Canadá, Chile y el Reino Unido han incorporado las mediciones del bienestar subjetivo a sus sistemas de encuestas a los hogares. En Estados Unidos, los estados de Maryland y Vermont, y las ciudades de Portland, Santa Mónica y Seattle se han sumado también a esta corriente.

En América Latina la idea de medir el bienestar subjetivo en forma frecuente suele enfrentar la suspicacia de los gobiernos y la oposición de los institutos de estadística, que se sienten más cómodos con las estadísticas “duras” (supuestamente verificables externamente), cualquiera que sea su costo y utilidad. Paradójicamente, las mismas Naciones Unidas ejercen una gran presión para que los institutos de estadística elaboren complejísimos sistemas de cuentas nacionales, que nadie entiende, y de los que solo se usan los resultados más agregados, que podrían obtenerse a mucho menor costo.

Un temor lícito de los gobiernos es que el nivel de felicidad o satisfacción con la vida se interprete directamente como evidencia del éxito o el fracaso de las políticas públicas. Por varias razones esto sería un error.

Primero, la felicidad y, en menor medida la satisfacción con la vida, son susceptibles a fenómenos pasajeros, desde el clima hasta el resultado del último partido de fútbol. Segundo, muchos de los aspectos más importantes para el bienestar subjetivo, como las amistades, la vida familiar o las creencias religiosas no admiten la interferencia del gobierno. Tercero, la forma como la gente interpreta las preguntas está muy influida por la cultura de la región o del país. Y cuarto, la evaluación que la gente hace de sus propias vidas suele estar muy afectada por la simple carencia de aspiraciones, especialmente entre los individuos que cuentan con menos oportunidades, quienes tienen poca educación y quienes están aislados socialmente.

Por todas estas razones, lo que interesa para la política pública no es si la felicidad en el país o la ciudad subió o bajó, y menos aún si la gente de tal o cual lugar es la más feliz del mundo (entretención favorita de los medios de comunicación).

Lo que interesa es usar las mediciones detalladas para establecer, por ejemplo, cuál es el impacto sobre el bienestar de la reducción del desempleo juvenil en las comunas de la ciudad X, o de la mejora en la seguridad en el barrio Y, o de la ampliación de cobertura del programa de salud subsidiada en el municipio Z. Ya existen los métodos de investigación para dar respuestas rigurosas a estas preguntas y con esa base calcular relaciones de beneficio-costo de los programas de gasto público que sirven para decidir qué programas priorizar o expandir.

El Día de la Felicidad debe ser una ocasión para que el gobierno nacional y los alcaldes consideren seriamente estas propuestas, más que para alardear si somos o no la gente más feliz del mundo.
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