Opinión

  • | 2014/06/26 05:00

    Lo que hay detrás del ‘modelo de desarrollo’

    Si Colombia en esta década ha sido afortunada al conservar el aumento de su PIB, no es por los TLC, sino por el auge de la demanda interna.

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Las noticias internacionales dan cuenta de que Colombia es el segundo país con mayor número de desplazados del mundo, en una proporción incomparable con la de cualquier otra nación, y superado solo por la catástrofe humanitaria que representa la guerra en Siria.

Esta información, conocida y repetida hasta la saciedad entre nosotros, aparece solo marginalmente destacada en los medios nacionales: no se sabe qué es más preocupante, si pensar que no entienden lo que significa, o no les importa, o si pensar que para ellos no es noticia lo grave del desplazamiento mismo y solo aparece en el momento que el mundo se escandaliza con ello.

Hasta ahora el énfasis alrededor del tema era la situación de vida que se les generaba y las dificultades que pasaban los afectados; el drama que se ilustraba con algunos casos era la razón suficiente para ‘venderlo’ como noticia o como denuncia.

Pero el caso es que Colombia, a pesar del crecimiento del PIB o de lo que podrían parecer buenos indicadores macroeconómicos, se mantiene como el más alto en índices de desigualdad, tanto de riqueza como de ingreso. Lo que también se refleja en la concentración de la propiedad de la tierra, al punto que también el Indicador Gini respectivo supera de lejos y casi dobla el de cualquier país de las mismas condiciones (supera el 85%), generando así el desplazamiento que permite esa acumulación dejándola en manos de quienes lo aprovechan (o instigan) para acapararlas.

Pero, paradójicamente, ese desplazamiento lo que genera es la inserción de esas personas al mundo del consumo masivo –cuando antes eran casi autosuficientes– y es lo que ha propulsado el crecimiento de la demanda interna: esos mismos desplazados son el primer motor de nuestro desarrollo y probablemente la principal explicación de por qué la economía se ha salvado de caer en una crisis de ‘enfermedad holandesa’. Se confirma por lo demás la visión keynesiana de que es la demanda la que determina el desarrollo económico al propiciar las condiciones para el crecimiento de la oferta; o sea, el estímulo para el incremento de la producción. En otras palabras, si Colombia en esta década ha sido afortunada en conservar niveles de aumento de su PIB no es por los mercados conseguidos por los TLC –los cuales o han sido marginales o ahora negativos– sino por el crecimiento de esa demanda interna.

Esa especie de ‘reinserción’ se refleja en una forma de ‘movilidad social forzada’ en la que los recién llegados al requerir bienes y servicios empujan a los estratos antes más bajos a suministrárselos, pasando a engrosar una nueva clase media. La nueva tienda del barrio o la casita convertida en inquilinato son características de unas actividades de un nuevo ordenamiento y de unas nuevas ‘clases sociales’ (como en el fondo también acaban siéndolo los excluidos de esos procesos que multiplican la delincuencia).

Y en relación al tema, se deben tener en cuenta a los emigrantes –¿o exiliados?–, rubro en el cual estamos a la cabeza de nuestros vecinos, con una cantidad similar a la de desplazados internos. Estos, a su turno, se convirtieron durante por lo menos un par de lustros en la principal fuente de divisas con las remesas de sus salarios en el extranjero, las que aumentaban a su turno la capacidad adquisitiva de sus familiares. Es decir, también alcanzaron a ser durante un buen periodo los impulsadores de la demanda, cuando internamente la participación del sector laboral disminuía ante el crecimiento del capital inversionista y el desempleo se mantenía –y mantiene– como el más alto del continente.

Esa tendencia acabó consolidándose y los capitales extranjeros en minería y petróleo se convirtieron en la principal fuente de entradas a la balanza cambiaria, pero eso se compensa con los giros que por dividendos se generan hacia el exterior. Así, siguen siendo los dineros enviados por esos desplazados desde el extranjero, ya no solo un pilar de la estabilidad cambiaría, sino por un componente esencial de la demanda interna.

En últimas, al modelo de subdesarrollo consistente en acabar los recursos naturales no renovables para revaluar e importar a bajos precios –acabando con la industria y la agricultura nacionales–, se le debe agregar que depende además de la tragedia social que significa que un total de casi 20% de la población (del orden de 10 millones, mitad desplazados internos, mitad emigrantes) ha tenido que renunciar a su modo de vida para sobrevivir del rebusque aquí o en el extranjero.
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