Opinión

  • | 2017/04/11 18:00

    La democracia y el capitalismo en decadencia

    Lo que se está viviendo, si no es el fin, por lo menos sí la decadencia de esos sistemas.

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La Democracia y el Capitalismo son hermanos gemelos y de acuerdo con la tesis ya conocida de Francis Fukuyama suponen representar ‘el fin de la Historia’ en el sentido de que conforman un sistema político-económico perfecto al cual deben tender todos los regímenes.

Que no son el fin de la Historia está claro puesto que la mitad de la población mundial no vive bajo tal sistema, seguramente por lo menos otra cuarta parte de las naciones se rigen por falsos modelos de ellos, y lo que caracteriza nuestra época es la llamada ‘guerra de las civilizaciones’.

Pero además, lo que sí se está viviendo es, si no el fin, por lo menos sí la decadencia de esos sistemas.

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Fácil es verlo en lo político donde primero los ‘indignados’ se levantan contra el establecimiento y se crean nuevos movimientos que alteran el orden vigente; y ahora lo que llaman ‘populismo’ de derecha…

Pero ese fenómeno en lo político tiene su causa a su turno en los defectos del capitalismo a ultranza, o sea al neoliberalismo, que exacerbó todas las características inherentes a ese sistema. El egoísmo como motor de la economía, y la supremacía del mercado como ordenador de la sociedad –o sea la esencia misma de esa propuesta– están a la base de las crisis de las democracias.

El clientelismo y la aplicación de los mismos valores de la libre competencia se transforman en lo político en el ‘todo se vale’.

Lo que permitió no solo la supervivencia del Capitalismo como modelo exitoso sino su solidez en los Estados Unidos fue justamente la inclusión de los principios regulatorios para encauzar y contrarrestar las deficiencias o excesos de la libertad de empresa. Cualquier estudioso de la historia económica americana conoce la importancia de Charles Francis Adams y el inicio de los modelos regulatorios con el Massachusetts Board of Railroad Commisioners y la importancia de Brandeis y del Federal Trade Commission como impulsadores de estos mecanismos.

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El poderío americano correspondió a la época en que en verdad se creyó y hasta cierto punto se vivió la tesis de Fukuyama. Mientras el mundo buscaba la ‘democracia’ como bien universal, las tendencias fueron a basarse en el modelo capitalista –ilustrado y dirigido por los Estado Unidos–. Pero en realidad la fuerza y poderío de esa Nación provino no solo de la idoneidad de su modelo político, ni de la fortaleza de su producción, ni de su poder bélico, sino de que el dólar al adquirir la categoría de divisa universal hizo que a diferencia de todos los otros Estados su capacidad competitiva así como sus crisis fueran cargadas a todos los países: al tener todos las reservas en esa moneda, la devaluaciones que caracterizan las debilidades que acompañan los ciclos de cualquier economía fueron absorbidas no solo por los americanos sino recaían en todos los demás habitantes del planeta, mientras los momentos de pujanza de dólar solo fortalecían su situación de preeminencia.

La crisis financiera causada por la desregulación financiera debilitó internamente la economía americana; pero respecto al exterior, en el mundo de la globalización y de los tratados de libre comercio, y acompañada de la aparición primero de los petrodólares y después del euro como valores de referencia o reservas alternativas al dólar, marcó el inició de la decadencia de Estados Unidos. La proyección que ya se puede predecir es que el yuan también entrará a jugar en esos escenarios, puesto que China como primer socio comercial de casi todas las naciones ya exige que se negocie parcialmente en esa moneda.

Y ni al yuan ni al petróleo los maneja hoy el dólar. Se puede decir que son las exportaciones chinas –o su capacidad de producir para exportar– y la relación entre oferta y consumo del crudo los que determinan el valor referencial de los costos de producción.

Tanto como el capitalismo financiero determinó la bonanza del neoliberalismo, hoy son esos factores de producción –mano de obra y los costos de la energía– los que determinan un nuevo orden dentro del actual modo de producción. Los Estados Unidos –y principalmente sus universidades y centros de investigación– conservan su peso dentro de la ‘sociedad de conocimiento’, pero son justamente los más fácilmente ‘globalizados’. Por eso el énfasis en la defensa del sistema de patentes, de propiedad intelectual y de marcas registradas que tanto interesa a los americanos.

Los problemas de inestabilidad política y sobre todo los que trae Trump a los Estados Unidos –y que se reflejan en el resto del mundo– son simplemente manifestaciones de unos sistemas que pierden el carácter de solución universal que en cierto momento se les atribuyó.

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