Opinión

  • | 2017/03/16 00:00

    Del votante mediano y la ETB

    El polémico Cabildo Abierto sobre la venta de la ETB muestra que cualquier agenda reformista debe arrancar por entender al votante mediano.

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Tuve el privilegio -gracias a la invitación de la doctora Beatriz Arbeláez, amiga de muchos años y estupenda Secretaria de Hacienda de Bogotá- de participar en el Cabildo Abierto convocado para discutir la decisión que tomó la administración de vender sus acciones en la ETB.

Empiezo por decir que estoy totalmente de acuerdo con dicha venta, porque considero –y así lo dije-- que deben ser tenidas en cuenta cinco ideas.

Primero, que la distinción relevante para este debate no es entre empresas privadas y empresas estatales, sino entre empresas viables y empresas inviables. Segundo, que en cualquier empresa el stakeholder que define si hay o no hay viabilidad es el consumidor. Tercero, que al consumidor le importa un bledo la composición accionaria de la empresa que le presta el servicio. Cuarto, que el sector de telecomunicaciones se caracteriza por tener consumidores exigentes, sofisticados y dispuestos a migrar en milésimas de segundo hacia el proveedor que ofrezca lo último en guarachas. Quinto, que la provisión de lo último en guarachas requiere no solo flujos sustanciales de inversión, sino la capacidad financiera de depreciar estas inversiones muy rápidamente. En otras palabras, me parece que en la carrera de fórmula 1 que es y seguirá siendo el sector IT en el mundo entero, no cabe una tractomula.

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Pero esta columna no es sobre el tema específico de una decisión controversial sino sobre lo que, como observador externo al proceso, sentí que fue la nota dominante en el contexto del Cabildo Abierto mismo: la intolerancia.

La mayor parte del auditorio estaba ocupado por hombres y mujeres adversos a la venta. El argumento subyacente a sus presentaciones es muy respetable en cualquier mesa de diálogo: consideran que modificar la composición accionaria de la empresa implica que, hacia adelante, se privilegiaría la generación de utilidades financieras, en detrimento de dos cosas: la relación calidad precio del servicio y el conjunto de derechos adquiridos, durante muchos años de servicio y esfuerzo, que los trabajadores han obtenido.

En cuanto a lo primero, la idea es muy cuestionable e incluso hay razones fuertes para pensar que es completamente equivocada. En cuanto a lo segundo, los derechos adquiridos, creo el tema es muy de fondo y me parece fundamental hacer completamente explícita la idea de que esos derechos se tienen que respetar y que el costo de respetarlos saldría del precio de venta.

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Más allá del tema específico de la ETB, lo cierto es que el sector de la población representado en el Cabildo es parte fundamental de nuestra democracia, así una minoría se haya comportado de manera grosera y reprochable. Sin duda, en ese auditorio estaba el legendario “votante mediano” del teorema famoso. Dicho ciudadano no solo merece ese respeto algo abstracto que profesamos los demócratas, sino el respeto más concreto a lo que las reglas del juego vigentes durante toda una trayectoria laboral y personal, implicaron para sus expectativas futuras.

Y vuelvo al concepto de intolerancia que cobijó al Cabildo. Es preocupante que los defensores de cada lado de cualquier asunto, sobre todo de los asuntos que habrán de trascender más allá de la espesa coyuntura, cada día se escuchen menos el uno al otro. Hablo de asuntos complejos que habremos de retomar más temprano que tarde, una vez superemos la angustiosa sequía de debates serios y reformas hondas que hemos padecido estos últimos años: la política pensional, la informalidad, la justicia y la competitividad de nuestra economía.

Cada uno de estos temas ha sido ampliamente estudiado y ya conocemos el grosso modo de las soluciones. El problema es que al votante mediano el solo pensar en tragarse esas soluciones, a palo seco, le genera un sinsabor que fácilmente muta en intolerancia. El desafío más importante para quienes queremos que el país retome el camino del optimismo y las reformas amigables al progreso, es diseñar, en el blanco y negro de las cosas concretas, la tónica para acompañar ese trago amargo para el votante mediano.

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