Opinión

  • | 2017/08/03 00:01

    Del dicho al hecho (2)

    En Colombia abundan propuestas que generarían progreso, pero no se convierten en políticas. Dos asimetrías que podrían ayudar a explicarlo.

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En una columna anterior, propuse una idea sencilla: respecto del universo de las limitaciones que enfrenta el futuro de nuestro progreso económico y social, en Colombia hay una abundancia relativa de diagnósticos y propuestas sensatas. Para captar lo que significa esta abundancia relativa, en la práctica, basta acudir al conjunto de estudios preparados por las llamadas “comisiones de expertos” que se convocan con las mejores intenciones y con pasmosa regularidad en el país. Así de memoria, en los últimos pocos años hemos enriquecido los generosos anaqueles con estupendos análisis sobre la equidad y la movilidad social, el sector agropecuario, la tributación y estamos en pleno proceso de decantación de examinar los problemas relacionados con el gasto público. Y no solo el Gobierno convoca a nuestros pensadores a ejercer. También grupos empresariales con visión de largo plazo suelen convocar y apoyar decididamente iniciativas en asuntos de largo aliento como la salud, la educación y la justicia.

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Para entender la falta de correspondencia entre todo aquello que los colombianos, cuando nos sentamos a pensar en serio, somos capaces de concebir y de proponer, de un lado, y lo que al final del día terminamos ejecutando, conviene utilizar el concepto de “equilibrio malo”. En gran síntesis, la idea es la siguiente. De cara a un problema cualquiera –una estructura tributaria enrevesada, un mercado laboral inequitativo, un aparato educativo de bajísima calidad– el espectro de las soluciones razonables suele ser relativamente estrecho y los expertos se pueden poner de acuerdo, al menos en lo fundamental, en un abrir y cerrar de ojos.

El concepto de “equilibrio malo” busca abarcar dos ideas centrales. La primera idea central es que implementar propuestas generaría costos asimétricos entre dos grupos poblacionales que podríamos llamar los incumbentes y los aspirantes. Los incumbentes llevan años viviendo con relativa tranquilidad al amparo de la realidad vigente, aquella que los expertos juzgan imperfecta. De otro lado, los aspirantes encuentran, en línea con el diagnóstico de los expertos, que esa misma realidad vigente es una inmensa puerta cerrada, o si acaso una alejada ventanilla escasamente entreabierta.

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Las trabajadoras colombianas de 35 años que tienen razones fuertes para pensar que tendrán una pensión razonable en el futuro, son incumbentes. Las trabajadoras de 35 años que, en el régimen actual, no tienen chance realista de obtener una pensión, son aspirantes. Si la propuesta de los expertos consiste, como suele ser el caso, en cosas como elevar la edad de jubilación en general –y hacerlo mucho más en el caso de las mujeres– no debe sorprender que las incumbentes tengan una posición diferentísima sobre la propuesta de los expertos, respecto de aquella que esgrimen las aspirantes.

La segunda idea central que busca abarcar el concepto de “equilibrio malo” es que, así como hay una asimetría esencial en términos de los costos asumidos por incumbentes y por aspirantes, hay otra asimetría esencial: el poder político que comanda uno y otro grupo. Los incumbentes pueden ser una enorme minoría numérica, pero suelen ser una inmensa aplanadora a la hora de las decisiones en materia de políticas públicas. En una democracia los incumbentes votan más y lo hacen más organizadamente que los aspirantes, forjan más lazos con los tres poderes públicos, y así.

De esta forma, cualquier status quo, por malo que le parezca a los expertos, tiende a perpetuarse porque la voz cantante y sonante, incluso en la melodía más democrática, se parece mucho al tenor del incumbente.

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Para lograr una reforma importante en el tema que sea, es insuficiente contar con lo necesario: unas excelentes propuestas, basadas en diagnósticos sólidos. Se necesita la voluntad y el apoyo de la población incumbente. Dicho éxito no es viable sin resolver un problema fundamental: si la propuesta implica que el incumbente sacrifica, ella debe incluir una compensación que sea clara y razonable. Clara, en el sentido de quedar “escrita en piedra”. Y razonable, en el sentido de no pecar ni por defecto ni, mucho menos, por exceso.

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