Opinión

  • | 2014/12/18 06:00

    Más que un Nobel de Economía

    Para los escritores, analistas y periodistas europeos lo interesante es la discusión que suscita; los anglosajones, en cambio, salieron a señalar inmediatamente lo que consideran las deficiencias del análisis de Piketty.

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El libro de Piketty, que ha sacudido el mundo de los economistas, puede que no gane el Nobel pero desde ya ha hecho historia.

Es largo y denso, pero en el fondo es simple lo que plantea: la ‘ciencia económica’ ha estado equivocada.

El resumen de su propuesta es que la principal preocupación de quien maneja los países debería ser la distribución de la riqueza; que no es verdad que el crecimiento económico tienda a mejorar la desigualdad; y que la prueba sobre la cual se basaba la teoría de que el desarrollo económico tiende a crear una mejor sociedad no era válida.

La tesis equivocada sería la que se deduce de las series de Kusnets, que mostraron que entre 1913 y 1948 en Estados Unidos coincidió el crecimiento económico con la reducción de la brecha entre ricos y pobres; el error sería que fue un periodo excepcional; lo demuestra tomando las series desde el siglo XVII y para varios países; y concluye que depende de los gobiernos lo que suceda en cuanto a desigualdad con el desarrollo.

No sostiene lo contrario (que el crecimiento es fuente desigualdad) ni considera que la desigualdad es de por sí perversa (depende de sus causas). Y limita toda la matemática de su planteamiento a que, si el crecimiento de las rentas de capital es mayor que el crecimiento del producto bruto, la resultante es mayor acumulación y mayor desigualdad.

En últimas, lo interesante es que la comparación en los datos que soportan su tesis muestra las diferencias entre las dos culturas que encarnan lo que llamamos Occidente, lo que no se ha destacado como otro choque de civilizaciones: la de la escuela económica que hoy reina en el mundo (básicamente americana y de derecha –libre competencia, ordenamiento por el mercado– y la del tradicional humanismo Europeo –la intervención del Estado como responsable de las relaciones sociales–).

Esto se refleja en las reacciones: para los escritores, analistas y periodistas europeos (tal vez más los franceses) lo interesante es la discusión que suscita; los anglosajones, en cambio, salieron a señalar inmediatamente lo que consideran las deficiencias del análisis de Piketty.

De estos últimos merece destacarse el comentario de Bill Gates. Enfatizando que comparte lo lógico del planteamiento –la preocupación por la distribución de la riqueza, y lo elemental de la validez del principio de que si la rentabilidad del capital es mayor que el crecimiento en general habrá mayor acumulación– plantea dos objeciones: una, que hoy la mayor fuente de generación de riqueza no es ni el capital ni el trabajo sino la innovación (cita que de las 400 principales fortunas americanas la mayoría tienen este origen); y se remite a que las series de Piketty no han sido validadas por otros economistas, con lo que supedita la validez de lo que aquel dice a que se repita ese estudio por parte de otros.

Las anotaciones de Bill Gates a su turno merecen comentarios: por un lado, Piketty no define las fuentes de riqueza con la simple división de Capital y Trabajo –y con el conflicto entre ellas– ya que su tesis central es solo que el desarrollo no necesariamente tiende a acabar con la desigualdad; por otro, es posible (y probable) que más fortunas se generan en el mundo del espectáculo, de los medios y de las comunicaciones que en cualquier otro (su propio caso está en ambos mundos).

Lo que paralelamente se ve en las series es una comparación entre lo que podríamos llamar el modelo americano y el europeo y la superioridad de este último, aunque en su texto utiliza solo datos de la economía. Por ejemplo, el aumento del salario mínimo en Francia es el doble que el norteamericano; o el milésimo más rico de los no sajones ha sido estable desde 1980, mientras se disparó en los países anglosajones, especialmente en Estados Unidos (más diciente podría ser que entre los países desarrollados Estados Unidos sea el que más número de pobres –proporcionalmente– tenga; en el que el coeficiente de desigualdad sea el más grande; o que requiera un sistema tan represivo –o una delincuencia tan generalizada– que tenga 7 veces más ciudadanos en sus cárceles que el promedio de los europeos (700 por 100.000 contra 100 por 100.000).

Tan obvio y simple como esto parece representa al mismo tiempo mucho más que una revolución o una revuelta contra la ortodoxia reinante.

Es una forma de reivindicar la Economía Política y poner la ciencia económica a su servicio.

Revalúa en alguna forma los valores del ‘Estado Bienestar’ ante el ‘Estado Competitivo’.

Y aunque en todas las series las tendencias son similares en todos los países, en toda la concentración es más marcada en Estados Unidos. No tiene nada de sorprendente –y por el contrario respaldaría la tesis Piketty– de que el país (o el Estado) más desarrollado no sea el que menos desigualdad produce sino lo contrario.
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