Opinión

  • | 2015/02/19 06:00

    Una sociedad enferma

    El maltrato a los niños en Colombia es una muy preocupante señal del estado del país. Solamente a través de la educación de la generación de los padres se podrá romper con este nefasto círculo vicioso.

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El asesinato de unos menores en Caquetá, el desmembramiento de un niño en La Vega, otro muerto en Dagua. Colombia, a todas luces, es una sociedad enferma. Las estadísticas son contundentes: según un informe publicado en El Tiempo, cada nueve horas un menor de edad es asesinado en Colombia, cada 30 minutos uno acude a Medicina Legal por ser víctima de agresión sexual y cada 60 minutos un niño o adolescente es sometido a un examen por violencia intrafamiliar. Y esos son apenas los casos que se reportan, pues no debe ser muy difícil pensar que un gran número de ellos quedan en la oscuridad para siempre.

Pero, ¿qué hacer ante el drama que vivimos como sociedad? En lo personal, no creo que la solución pase por lo jurídico. No es que Colombia no reconozca formalmente el derecho de sus niños ni que no tenga legislación para protegerlos. La Constitución del 91 los reconoce como superiores a los derechos de los otros ciudadanos y, además de que el país es suscriptor de la Declaración de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas, existe un amplio y extenso acervo jurídico que regula esos derechos. Existe además el ICBF, que se lleva una tajada importante del presupuesto del DPS para proteger esos derechos.

Tampoco creo que el problema central sea la nutrición, o el acceso a servicios básicos, o el acceso a salud. O por lo menos eso no es lo que se concluye de las cifras. Claro que hay deficiencias en esos frentes, pero al comparar estadísticas de Colombia con otros países (en particular me refiero al informe de Unicef de 2015, que se puede consultar en su página web), el país está hasta bien parado en comparación con sus pares regionales y globales.

Si tenemos un marco jurídico aceptable, si la sociedad reconoce los derechos de los niños, si las estadísticas cuentan una historia mucho menos dramática que la realidad, entonces, ¿dónde está el problema? Y, sobre todo, ¿qué hacemos para solucionarlo?

La respuesta se encuentra, a mi juicio, en un lugar donde al Estado, salvo en casos excepcionales, le queda muy difícil llegar. Es en el seno más íntimo y profundo de la familia, en donde se encuentra tanto el problema como la forma de realmente promover un cambio estructural en el tema. En el colectivo, como sociedad, hay pleno reconocimiento a la importancia y el derecho de los menores, como ya lo hemos mencionado. Pero es a nivel individual, familiar, donde creo que se logran los verdaderos cambios. Bien lo dijo la directora del ICBF en una entrevista en el diario El País de Cali: “La intrafamiliar es la semilla de todas las violencias”. Por eso también creo que no hay que buscar las causas del maltrato a la niñez en otras expresiones violentas, como el conflicto armado o el reclutamiento de menores. Estas, pienso, son más bien consecuencia de los problemas de la familia (y no me refiero a la familia en el sentido religioso o moral del término, sino a la interpretación más amplia de la palabra). De la profunda falta de amor, tolerancia y respeto que se traspasa de generación en generación.

Por eso creo que vale la pena destacar el esfuerzo que hace Francisco Amico, un cura basiliano (cuya sede principal esta en Canadá), que desde hace 24 años maneja el Instituto Nuestra Señora de la Asunción -–INSA–, un colegio privado de altos estándares académicos en el barrio de Aguablanca al oriente de Cali, una de las zonas más golpeadas por la pobreza, la miseria y la violencia que uno puede encontrar en cualquier centro urbano en el país. Lo importante del esfuerzo del padre Amico, además de dar una educación formal, bilingüe y de calidad a muchachos de estrato 1 y 2, que de lo contrario no tendrían oportunidad para acceder a ella, es que reconoce que hay que romper con el círculo vicioso de las malas relaciones intrafamiliares. Y para promover el tema, una de las obligaciones para mantener a un niño en el colegio es que los padres atiendan charlas que se dictan los fines de semana en el centro parroquial del instituto. Sin involucrar a los padres, no hay estudio ni oportunidad. Sin educar a los padres, de cierta forma, no hay futuro. Ojalá el padre Amico logre perpetuar su obra en las generaciones por venir, a pesar de las dificultades de toda índole, desde regulatorias hasta financieras, que le ha tocado enfrentar.

Pongo a INSA de ejemplo porque es el que conozco, pero esto no quiere decir que el problema se concentre en los estratos 1 o 2, ni que la solución pase por la educación religiosa. Familias en problemas hay en todos los estratos, de todas las religiones. Lo importante es lograr inculcar el amor, la tolerancia y el respeto en las relaciones entre padres e hijos. No hay una sola receta, pero esfuerzos como los del padre Amico van en la dirección correcta. Solamente mediante un cambio en la educación en la generación de los padres se podrá romper el círculo vicioso maldito del maltrato a la niñez.
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