Opinión

  • | 2014/10/03 06:00

    Agua pasó por aquí

    Al reciente debate sobre el fracking en el país le falta altura y conocimiento. Y, sobre todo, a sus críticos les falta exponer una solución que reemplace todo lo que se puede perder por oponerse de manera radical y obtusa al uso de esta tecnología.

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Para la institucionalidad ambiental colombiana los efectos económicos de una actividad en particular son irrelevantes. Me explico. En una reciente conversación con unos asesores en materia ambiental, preguntaba cómo la ANLA hace para evaluar los impactos económicos de hacer o no hacer un proyecto. La respuesta fue poco más que sorprendente: “A la ANLA no le importan los impactos económicos. Solamente los ambientales”. Solamente hay una reacción posible ante una respuesta así: Plop!

Esta dicotomía entre los efectos económicos y ambientales es lo que tiene el debate postrado en una aparente sin salida. Y permite a algunos justificar la parálisis prácticamente absoluta de actividades económicas de las cuales depende el futuro del país.

En ninguna industria es esto más evidente que en la petrolera. Y ahora, con la introducción del marco regulatorio para el fracking, las voces en contra de esa actividad vuelven y se alzan, teniendo absoluto desprecio, de manera irresponsable, por las consecuencias económicas y fiscales que sus posiciones puedan tener. No explican, por ejemplo, cómo pretenden reemplazar entre 30% y 40% de los ingresos de la Nación (entre impuestos de renta de las petroleras y dividendos de Ecopetrol) para financiar un gasto desbordado.

Miremos el fracking. El argumento que utilizan los enemigos de esta tecnología se puede resumir en los efectos sobre el agua utilizada y la contaminación de la misma. Y es cierto, el fracking tiene unos impactos importantes tanto en utilización como en contaminación del agua. Pero como suele ocurrir con prácticamente todo en la vida, la generalización produce desinformación e inexactitudes, y nada más generalizado que la oposición al fracking en Colombia. No se puede pretender, por ejemplo, evaluar el impacto de la actividad sin tener en cuenta el sitio donde el mismo se realizaría, su efecto sobre la demanda de otros sectores en relación con los recursos hídricos locales, en especial para uso doméstico y para agricultura.

En Estados Unidos para hacer un pozo de fracking se utilizan, en promedio, alrededor de 3,6 millones de galones una sola vez. Una vez perforado, el reto es manejar el reflujo que proviene de los pozos productores. Este reflujo contiene arena y químicos que se utilizan para permitir fraccionar la roca donde se encuentra el hidrocarburo. De anotar es que el agua que se utiliza para la perforación no tiene que ser agua potable ni superficial.

Las reservas no convencionales de hidrocarburos en el país se encuentran, sobre todo, en el Valle Medio del Magdalena. Esta cuenca tiene 4,5% de las reservas hídricas subterráneas del país (26.08 x 1.010 m3, según el Estudio Nacional de Agua de 2010). Por ser una zona relativamente despoblada, y porque su demanda de agua en su mayoría es agrícola (la demanda total en la zona de influencia de Cormagdalena, según el mismo estudio, es de 71 millones de m3/año, lo que quiere decir que las reservas alcanzan para 372 años), el mismo estudio concluye que tanto el Índice de Uso del Recurso Hídrico, como el Índice de Vulnerabilidad Hídrica, son bajos, inclusive en años secos. Si asumimos que se perforan 300 pozos no convencionales al año durante 20 años en esa zona (6.000 pozos), la demanda de agua sería de 21.600 millones de galones, u 81,6 millones de m3 de agua (6,8 millones de m3/año). Ni siquiera 10% de la demanda actual.

En relación con el manejo del reflujo, es importante anotar que el mayor riesgo está asociado a mantener la integridad del pozo, según un estudio reciente realizado por la Universidad de Stanford publicado en agosto ((Estudio)). Adicionalmente está el riesgo de disposición de las aguas servidas una vez en la superficie.

Existe suficiente evidencia de las tecnologías disponibles tanto para la cementación como para el “encasamiento” con acero de los pozos, lo que impide la transición de agua contaminada al resto de la roca, importante a partir de profundidades de 500 metros o menos. Cada vez es más claro que la probabilidad de que agua contaminada llegue a la superficie cuando se inyecta a grandes profundidades es mínima. Además, existen múltiples tecnologías probadas a nivel global para el almacenamiento, tratamiento y disposición de aguas contaminadas a nivel superficial.

No se trata de tapar el sol con las manos. Claramente el fracking tiene efectos sobre los recursos hídricos y la importancia de su mitigación es trascendental para la actividad. Habrá sitios donde hay que prohibirlo por completo. Pero distinto es simplemente pedir una moratoria total, sin siquiera considerar la posibilidad de que los riesgos ambientales se puedan mitigar.

Pero el radicalismo recalcitrante habla más duro. Y es más fácil de comunicar. A lo mejor entonces estoy es arando sobre el agua. Agua que podría utilizarse para el fracking.
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