Opinión

  • | 2017/08/03 00:01

    De los TLC, la paz y los aguacates

    La industria, el comercio y la construcción decaen, contrario a lo anunciado por las autoridades. El petróleo dejó de ser la fuente de recursos proyectada y se convirtió en fuente de desequilibrios.

COMPARTIR

Desde que César Gaviria importó a Colombia el Neoliberalismo hemos mantenido un modelo basado en la reducción de los aranceles, la eliminación de los subsidios, el cambio flexible y la atracción a la inversión extranjera. Esta es la ‘apertura económica’, o sea libre comercio para ingresar al imperio del mercado internacional, bajo el supuesto que los productos en los cuales tenemos ventajas comparativas relativas nos producirían las divisas para adquirir en el extranjero los productos en los cuales otros países tienen a su turno sus propias ventajas comparativas.

No se tuvo en cuenta que aquellos en los cuales tenemos esas condiciones favorables no tienen demanda externa. Así creamos un modelo que acabó con las actividades generadoras de riqueza y quedamos dependiendo del precio internacional de nuestros recursos naturales, principalmente los energéticos –petróleo y carbón–.

También le puede interesar: De la enfermedad holandesa y otras enfermedades

La punta de lanza y complemento de ese esquema fueron los Tratados de Libre Comercio (TLC) sin consideración alguna a la forma en que repercutía en el empleo la dependencia de esos commodities. Cuantificados los resultados, con Estados Unidos, principal socio comercial, lo que sucedió es que las exportaciones bajaron de US$7.000 millones en 2012 a US$ 1.370 en 2017. Y en cuanto al desempleo, si exceptuamos a los países en crisis –Venezuela y Brasil– tenemos las tasas más altas del continente y somos los únicos en los cuales este ha crecido y de 8% de entonces hoy fluctuamos alrededor de 10%.

El resultado es que desde 2015 Colombia sufre un constante deterioro no solo de su economía sino una tendencia a la baja de sus predicciones. Contrario a lo anunciado por las autoridades, la industria, el comercio y la construcción decaen. El petróleo dejó de ser la fuente de recursos proyectada y se convirtió en la fuente –o el pretexto– de todos los desequilibrios. El millón de barriles que se fijó como meta está alcanzando apenas los 800.000 y los presupuestos montados sobre precios de US$55 o US$ 65 por barril parecen hoy remotos. Dejamos de hacer proyecciones de crecimiento del PIB de 4,5% o 5% y hoy apenas aspiramos a 2% con tendencia a la baja.

En el modelo que aplicamos el aumento de la inversión depende de las exportaciones o de las empresas extranjeras que deseen montar industrias aquí, ambas en franca disminución. La reforma tributaria golpea la capacidad productiva de las empresas y repercute en que el consumo decae (según Fenalco, 40% en los dos últimos meses).

El endeudamiento alcanzó el máximo nivel histórico con 48% del PIB, y la capacidad de extraer más al bolsillo de los ciudadanos llegó al punto que los especialistas consideran crítico porque un aumento en las tasas conlleva una disminución en el recaudo efectivo.

Respecto a la paz, las expectativas de que llegarían recursos de apoyo del extranjero y que con ello se crearía un fondo de US$5.000 millones se ha visto reducido a donaciones de gobiernos como el español o el sueco de entre US$5 millones y US$15 millones al punto que el mayor donante es el Sr. Warren Buffet, con US$16 millones. Y poca prioridad es para el mundo desarrollado la situación de Colombia cuando, entre el terrorismo islámico, los inmigrantes y las guerras en Libia y Siria copan su atención y el destino de sus recursos.

Le sugerimos leer: La realidad tributaria después de la reforma

Por más que se diga que se están destinando billones de recursos para programas del posconflicto la realidad escueta es que el total del presupuesto no ha crecido sino disminuido –todo contra la capacidad de inversión–, y mientras se cumpla la regla fiscal lo único que se está haciendo es decir que los mismos recursos de siempre se consideran parte de esos programas.

Como ejemplo del camino que puede tomar el país para aprovechar las consecuencias del desarme de la guerrilla se cita y repite como ejemplo el caso de la promoción de la siembra de aguacates entre los pequeños parceleros y exdesplazados, y se menciona que algo similar en mayor escala se hará con las sustitución de cultivos –principalmente con proyectos de cacao–.

La esperanza o la promesa se repite como eslogan, asumiendo que el fin de la confrontación con las Farc traerá la inversión privada al sector rural, lo cual aumentará la producción del campo y se cumplirá por fin el propósito del modelo con el crecimiento de los bienes exportables que de ahí deriven.

Tal vez exageró en su momento Eduardo Sarmiento al caricaturizar el modelo preguntando cuántos tamales tendríamos que exportar para comprar cualquier maquinaria industrial. Pero hoy nos presentan el conjunto de estas suposiciones (aumento de las exportaciones del sector agrícola; réplica de un esquema de producción de aguacates; apoyo externo para la Paz, y bondades de los TLC) como razones para mantener el modelo, y como prueba la visita del Presidente Santos al Presidente Trump que concluyó en que tanto la Paz como la reactivación de la economía prosperarán porque Estados Unidos comprará los aguacates de Colombia.

Lea también: Que tiemblen los contribuyentes

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 524

PORTADA

Así es el mercado de los bufetes de abogados en Colombia

En un año que no resulta fácil para la economía, la actividad de las firmas legales está más dinámica que nunca. Los bufetes de abogados se juegan el todo por el todo.