Opinión

  • | 2017/06/22 00:01

    De la enfermedad holandesa y otras enfermedades

    No solo no estaríamos saliendo de la ‘enfermedad holandesa’ sino, por el contrario, se nos estaría agravando en la medida en que lo hacemos en un negocio, como el de la droga.

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Un interesante artículo en el número anterior de esta revista plantea el estudio de hasta dónde afecta nuestra economía la producción de cocaína.

Destaca que las revisiones a la baja que se han hecho a la tasa de crecimiento y el que ‘los inversionistas parecen no confiar plenamente en las promesas del Gobierno’ podrían llevar a disminuir el grado de inversión por parte de las calificadoras de riesgo. Señalando que, además, las cuentas ‘gemelas’ son ambas deficitarias y que eran compensadas por la inversión extranjera que ahora se concentra en portafolio, pero que para esta el incentivo del diferencial entre las tasas de interés americanas y colombianas tiende a disminuir porque allá suben y aquí bajan.

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Lo interesante es que, de acuerdo a ese escrito, la disminución de los ingresos por petróleo ha sido subsanada largamente por los nuevos recursos que ingresan por cuenta de la droga. Lo cual –y lo malo– es que eso lo corrobora el que el crecimiento de los cultivos es paralelo a la caída en lo que entraba por el hidrocarburo. (En 2016 minas y canteras disminuyó 9,4% y agricultura creció 7,7%; los cultivos llamados de tardío rendimiento –v.gr. Palma Africana– están exentos de impuesto y pueden ser amnistías continuas o legalización de activos).

Como prueba y primera consecuencia menciona el hecho que el dólar se mantiene bajo porque presenta excesos de oferta en el mercado a pesar de la disminución de las divisas petroleras. (El dólar libre, o sea el del mercado, acabaría marcando la pauta para el precio del oficial).

Pero la consecuencia más interesante –o para ser exactos, más grave– es que no solo no estaríamos saliendo de la ‘enfermedad holandesa’ (o sea la dependencia de un producto de exportación que sustituye la necesidad de desarrollar la industria y la agricultura) sino por el contrario se nos estaría agravando en la medida en que no solo reforzamos esa tendencia, sino que lo hacemos en un negocio que trae consigo todos los perjuicios conocidos (violencia, corrupción, daño al medio ambiente) a más del hecho de que casi seguramente desaparecerá la política de criminalización que la hace rentable.

La causa remota pero fundamental sigue siendo el modelo neoliberal en el cual nos montamos, cuya obsesión es solo el desarrollo económico y la sanidad de las finanzas del Estado, medidos estos por los indicadores macroeconómicos. En lo social los paros y manifestaciones tanto como las encuestas muestran el descontento de la población. Pero en lo económico el no dar relevancia a la estructura del aparato productivo (cuáles sectores ofrecen ventajas y cuáles pocas perspectivas en lo económico), y a como se refleja en el bienestar de los ciudadanos, llevó a la política minero-energética que hoy puede tenernos al borde del abismo (según Datosmacro.com el PIB bajó de US$378.323 millones en 2014 a US$282.357 millones en 2016).

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Con la circunstancia que se produjo otro efecto perverso, el ‘efecto péndulo’, que ahora pareciera estar llevando a la imposibilidad de incluir ese sector en la estructura de producción de la Nación.

Pero aunque las finanzas del Estado no están ‘blindadas’, como en algún momento lo proclamara el Ministro de Hacienda, y ya sabiendo que el ingreso de los privados por cuenta de la droga ha compensado y permitido mantener el ritmo de la economía a niveles relativamente manejables, otros temas saltan al escenario.

Y es que la enfermedad neoliberal sigue siendo peor que la holandesa.

A todos nos parece evidente que las perspectivas han cambiado hacia lo negativo, aunque no sepamos hasta dónde (el ingreso per cápita medido en dólares disminuyó de US$7.935 a US$5.853).

Y en alguna forma el deterioro de las finanzas públicas fue el argumento que sostenía el Gobierno en las negociaciones con los maestros.

Pero no es claro porque no había dificultad para comprometer un ‘plan de desarrollo regional’ por un billón seiscientos mil millones de pesos para los próximos diez años en Buenaventura y así acabar con el paro del puerto, pero en el caso del paro de maestros se afirmaba que no sería correcto comprometer aumentos que tendría que cumplir el próximo gobierno, o que no hay recursos para atender las mejoras que exigen en las condiciones de salud, de infraestructura o de dignificación que motivaron esa protesta.

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Sería muy triste que, atendiendo a las prioridades que marca el Mercado, la razón fuera que los costos para la economía con la parálisis del movimiento que depende de Buenaventura sí son muy grandes y la presión de los sectores afectados muy fuertes, mientras que en el caso de Fecode y del sector educativo el efecto en la economía es poco, y la huelga significa perjuicios solo para los maestros mismos y los 8 millones de estudiantes que no reciben clases.

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