Opinión

  • | 2015/04/01 09:45

    El neoliberalismo y la ética política

    Lo que no presenta duda y por el contrario se presenta como la esencia misma del Mercado es que este no tiene moral ni ética.

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Mucho revuelo ha causado la declaración del abogado de Jorge Pretelt, según la cual la moral es ajena al campo de las leyes.

Es una frase como la de Julio César Turbay respecto a ‘reducir la corrupción a sus justas proporciones’: puede tener muy poco en cuanto a presentación pero mucho en sabiduría.

Por supuesto que también se trata de discusiones semánticas, pero no se debe confundir lo que se podría llamar la ética política o ética pública con la Moral.

La última es la de la conciencia de los individuos y por lo tanto eminentemente subjetiva y relativa. La primera es la que representa el consenso sobre la manera como debe comportarse el Estado y en consecuencia quienes actúan en su nombre.

La propuesta de Rousseau de que la comunidad puede tener intereses colectivos que no necesariamente corresponden a la suma o coincidencia de todos los intereses individuales –y que por eso se crea un nuevo ente político que representa una voluntad diferente a la sumatoria de las voluntades individuales– puede y debe aplicarse al sistema ‘democrático’ de la votación popular. No se deben confundir los intereses del Estado con los de cada uno de los ciudadanos que vota; no solo puede haber contradicción porque lo que favorece a unos muchas veces perjudica a otros, sino se puede dar el caso de que lo que requiere el Estado solo se consigue en contra de lo que desearía la mayoría de la población.

Pero esos casos en que se contraponen las necesidades del Estado y lo que quisiera la ciudadanía deben manejarse en forma que respete esa ética pública, sin trampas ni tapujos: no solo en su esencia deben manifestarse como objetivo unos principios éticos (es decir a través de las leyes), sino en la forma de su manejo deben estos estar presentes.

La falta ética no solo se da en beneficio de la persona o en el campo económico.

El modelo neoliberal, al pretender que el ordenador supremo de la sociedad debe ser el Libre Mercado, eliminó la discusión sobre si debe ser la moral o la ética política la que cumple esa función: lo importante es ser ‘pragmáticos’.

Porque lo que sí no presenta duda y por el contrario se presenta como la esencia misma del Mercado es que este no tiene moral ni ética. El complemento para la visión neoliberal es entender el Estado como un ente autónomo e independiente preocupado únicamente de su desarrollo y de sus indicadores macroeconómicos y no al servicio del bienestar de los individuos; esto ha hecho olvidar a sus promotores la noción de esa ética política que debe caracterizar su manejo.

Por ejemplo, Rudolf Hommes se preciaba de que bajo el gobierno Gaviria se dio un golpe maestro con el llamado a la Constituyente porque distrajo la atención de la ciudadanía y se pudieron implantar los principios de ese modelo neoliberal a espaldas de, o sin que la ciudadanía se diera cuenta de ello. O reconocía como estrategia válida para dar ingresos al fisco crear impuestos que se sabían ilegales pero que, gracias a la presunción de legalidad, podrían ser cobrados mientras la Corte no declarara la ilegalidad del tributo. Es a lo que lleva la defensa de los intereses del Estado en contra de los intereses de la ciudadanía cuando se olvida la ética que debería tener quien actúa a su nombre.

Hoy nos encontramos con un gobierno que busca abrumar a la opinión pública con informaciones parciales o parcializadas que ocultan una realidad cuasi-catastrófica que estamos viviendo; y que, decidido a negar el fracaso del modelo implementado, busca esconder lo grave de la situación para no perturbar con otros problemas su ‘negociación de paz’ (ya que perdería credibilidad su liderazgo).

Pocas veces se había intentado desinformar tanto a la población como lo está tratando de hacer este gobierno. La realidad escueta es que fracasó el modelo de importar bienes producidos con subsidios en el extranjero, sobre la base de que se pagaban con las divisas de la inversión extranjera y de las exportaciones de petróleo y carbón; se revaluó la moneda, acabando con nuestro sectores productivos y nuestras actividades generadoras de riqueza, y ahora estamos en la ‘destorcida’, y lo tendremos que pagar (y en qué forma).

Pero exceptuando al Dr. Juan Carlos Esguerra, no hay un nombre en los últimos treinta años que ante el fracaso de su gestión haya pronunciado la frase ‘me corresponde renunciar’. Es parte de las características del espíritu neoliberal, asociar su gestión únicamente con los intereses del Estado y, por eso, en momentos en que los ciudadanos se inquietan por su futuro ante una realidad que no se puede ocultar y que se está viviendo, nuestros dirigentes y mandatarios, en una falta de ética escandalosa, desconocen las circunstancias que vive el colombiano, y, como si nada hubiera cambiado, buscan confundirnos divulgando cifras de futuras realizaciones o promesas que saben que no se cumplirán.
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