Opinión

  • | 2015/01/22 12:00

    Complemento a Piketty

    Colombia deberá enfrentar un previsible cambio en las tendencias y un probable deterioro en su propósito de mejorar las condiciones de equidad.

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Comencemos por aclarar que la ‘revolución’ de Piketty no consiste en sugerir que por la vía de la tributación progresiva a la riqueza se lograría la redistribución de la riqueza y del ingreso. Esto no es un descubrimiento ni una propuesta sorpresiva.

La novedad en su tesis es la afirmación según la cual no es cierto que el desarrollo o crecimiento económico de un país se acompaña naturalmente de una tendencia a acabar con las desigualdades.

Novedad porque esta era la verdad convencional o aceptada con base en que esto sucedió en los Estados Unidos en los ‘años dorados’ desde la Primera Guerra hasta los 70’s.

Piketty demuestra que ese periodo fue excepcional trayendo a cuento las series desde el siglo XVIII en varios países, y mostrando que no existe tal patrón.

El complemento de ese estudio consistiría en explicar las razones del porqué de esa excepción, y de cómo se reflejó eso en otros momentos o lugares, y qué es lo que sucede ahora.

Las condiciones económicas de esta particularidad las da Piketty: la destrucción de las economías de los otros países causada por las dos guerras; la Gran Depresión y el manejo keynesiano que se le dio bajo el New Deal.

Pero no parece claro por qué estas condiciones causarían una mejor distribución. A esto toca agregarle la segunda parte de la tesis pikettiana, una motivación que depende de las orientaciones de los gobiernos.

José Natanson1 propone que es justamente la competencia con el modelo contraparte de la guerra fría, que buscaba y proponía como prioridad esa equidad como objetivo del Estado, lo que forzó esa orientación. “La amenaza expresada por el comunismo y sus mecas en Moscú, Pekín o La Habana, que obligó al capitalismo –o mejor dicho, a los capitalistas– a explorar esquemas de compromiso entre clases que alejaran el fantasma de una revolución trabajadora (...)”.

Pero el aumento de los precios del petróleo sacudió la política socialdemócrata en Europa; y el ascenso de Reagan y de Margaret Tatcher a principios de los 80’s, y la caída del Muro de Berlín con el fin de la guerra fría, marcaron el reverso de esa motivación. A partir de entonces, los indicadores Gini, tanto de riqueza como de ingreso, invirtieron la tendencia con el imperio del neoliberalismo y sus dramáticas consecuencias o crisis, sentida principalmente en la periferia europea (Grecia, España, Islandia) y sobre todo en sus clases media y trabajadora; al mismo tiempo, el capitalismo de mercado se tomó los países antes marginales como China, India o Vietnam.

Lo contrario –o sea la mejora de las condiciones de equidad entre la población– caracterizó los últimos quince años de América Latina. Esto también tiene explicación en la variables económicas con el alza de la demanda y de los precios de las materias primas; pero se explicaría aún más en la orientación de los gobiernos, los unos más (Ecuador, Bolivia, Venezuela) los otros un poco menos (Argentina, Brasil, Uruguay, Chile) pero casi todos de tendencia marcada de izquierda (intervención del Estado más que Mercado).

América Latina gozó así de los mejores índices de mejora de la desigualdad. En parte por sus gobernantes, en parte por haber arrancado de los peores índices de concentración de riqueza y de ingreso (y a pesar de que aún los conserva), el cambio o los resultados en cuanto a redistribución han sido más espectaculares que las comparaciones que se pueden hacer con la época dorada de los Estados Unidos o del Reino Unido.

Gracias a su conversión a una economía extractora de recursos naturales, Colombia logró también mejorar en algo sus indicadores de equidad; sin embargo, es el país menos exitoso en ese campo, lo cual se puede atribuir al hecho de ser sus gobiernos los más de derecha de la región. Mientras los crecimientos económicos han estado entre los más altos, los resultados en la mejora en la relación entre los pobres y los ricos han sido los menos satisfactorios.

Lo grave es que esta etapa de ‘crecimiento fácil’ toca a su fin. Y si, como de lo anterior se deduce, son los factores externos los que han producido ese efecto redistributivo, Colombia no solo deberá enfrentar un previsible cambio en las tendencias económicas sino un probable deterioro en su propósito de mejorar las condiciones de equidad entre los diferentes estamentos poblacionales.

Nuestra situación puede explicarse por la tesis de Piketty o al mismo tiempo ser una prueba de ella. Lo interesante sería saber si el Gobierno en verdad sigue este análisis (como lo han insinuado algunos al decir que Santos ordenó a sus ministros leer su libro) y consecuentemente seguirá sus recetas para corregir el rumbo. La propuesta pikettyana es simple y obvia en el sentido que la tributación progresiva sobre la riqueza es la condición sine qua non para iniciar ese camino.

La reciente reforma no parece responder a este principio.
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