Opinión

  • | 2017/03/16 00:00

    Con titulares no se corrige un mal plan de desarrollo

    El descalabro del ‘Plan de Desarrollo’ de Simón Gaviria, basado en crecimientos de 4,5%, cuando difícilmente alcanzamos 2% no se rectifica sino se ‘ajusta’ con titulares engañosos.

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La lógica más elemental diría que un país subdesarrollado o en desarrollo debería adoptar un modelo de desarrollo basado en la planeación y la intervención del Estado para superar esa etapa.

Colombia, con un ‘bienvenidos al futuro’ –que más apropiadamente hubiera podido ser ‘bienvenidos a la moda’– renunció a ello y optó por regirse por el imperio del mercado, por jugársela a que la libre competencia optimizaba el uso de los recursos, la desregulación financiera liberaba la gran iniciativa privada, y conquistaríamos los mercados externos gracias a los TLC.

Consecuente con la idea de seguir el mercado, nuestras autoridades tuvieron la genialidad de amarrar la suerte del país al petróleo. En ese momento y durante los siguientes cuatro lustros el crecimiento mundial requirió un aumento paralelo de petróleo, al mismo tiempo que el desorden del Oriente Medio (Kuwait, Irak, Irán) y el manejo de Venezuela creaban un desabastecimiento.

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Políticas como la garantía de los privilegios otorgados a los contratos con las compañías, el sistema de remates para dar mejores condiciones que cualquier parte del mundo, incentivos para la exploración que permiten a ellas procesos de intervención que el mismo Estado no tiene, y toda clase de incentivos para desarrollar ese sector se montaron. Solo no se tuvo en cuenta que Colombia no tenía petróleo.

Así se abandonó la industria y los estímulos al campo y en general al sector productivo y se montaron empresas como Reficar o Bioenergy, las más costosas de Latinoamérica en sus campos. No tenemos petróleo ni las tierras de los llanos son las más aptas para caña de azúcar, pero eso no importa. De todas formas, estas inversiones, por ser ejemplos de corrupción, no se juzgan por lo absurdas.

Dentro de la misma antilógica se determinó que al inicio de cada mandato el gobierno debería presentar un ‘Plan de Desarrollo’. No se tuvo en cuenta que, sin modelo dentro del cual insertarse, solo serían planes de gobierno que no irían más allá del respectivo periodo. La resultante fue que cada nuevo mandatario inventaba un nuevo Plan que se caracterizaba justamente por ser diferente del anterior; por no tener continuidad sino mostrar una nueva propuesta; por considerar que con su ingreso comenzaba una nueva era. El llamado complejo de adanismo se impuso.

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Y por supuesto, al no existir un referente al cual ceñirse, ese fenómeno se repite en todas las instancias: cada Ministro, cada Gobernador, cada Alcalde aporta su grano de arena a lo que acaba siendo un caos generalizado en el cual la imagen de que algo nuevo aparece es más importante que los resultados que se producen.

Y algo parecido sucede con todos los funcionarios públicos, incluyendo las otras ramas del poder o los órganos de control.

Ya los jueces no hablan con sus sentencias sino logramos inventarnos que estas rigen con el solo anuncio del respectivo magistrado, aún desde antes de ser redactadas.

Tuvimos la esperanza de que la lujuria de micrófono que caracterizó al anterior Fiscal y al anterior Procurador fueran casos personales, pero con lo nuevos pareciera que el problema viene con el cargo.

La aparición del fast track invitó a todos los congresistas a sugerir nuevas leyes y reformas que pudieran sacarse por esa vía (como si olvidaran que solo pueden ser iniciativas de Gobierno). Pero las palmas se las lleva el Ejecutivo que, sin tener otro frente donde defenderse, resolvió seguir con el Plan de Desarrollo de dizque invertir todos los billones en infraestructura; las 4G, las APP, las grandes autopistas.

Los Planes de Desarrollo anteriores se basaban y alimentaban de los ingresos petroleros, pero aunque en el papel se cumplían, en la realidad habían llevado a la crisis más grande de la historia bajo Andrés Pastrana. Ahora, sin alcanzar a salir de ella, se cae el precio del petróleo.

Entonces el descalabro del ‘Plan de Desarrollo’ de Simón Gaviria, basado en crecimientos de 4,5% cuando difícilmente alcanzamos 2% no se rectifica sino se ‘ajusta’ con titulares engañosos.

Nada se soluciona porque las variables de la realidad no cambian. Se llena un hueco abriendo uno nuevo. (Para mantener una ilusión de un Plan de Desarrollo o una campaña presidencial). Se vende Isagen con la presentación de: ‘es mejor tener los recursos públicos en proyectos sociales que donde pueden atraerse los recursos privados’, pero ese ingreso va al Fondo Nacional de Desarrollo de infraestructura (Fondes); se ‘traslada’ el presupuesto de Ciencia y Tecnología al gasto en redes terciarias; se llevan los ingresos de regalías de las regiones al presupuesto central; la sobretasa a la gasolina se le quita a los municipios para ahorrar el gasto en dinero o en imagen del Gobierno (después viene el consecuente ‘reversazo’).

Pero, plagiando un viejo dicho: ‘titula, titula, titula que de eso algo queda, algo acaban creyendo’.

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