Opinión

  • | 2016/08/03 00:00

    Como vamos, ¡vamos mal!

    Vamos mal porque no estamos tomando correctivos para cambiar. Nuestras autoridades se niegan a reconocer la situación y la tendencia al deterioro, y concentran los esfuerzos en vender una falsa imagen de gran gestión en vez de rectificar el rumbo.

COMPARTIR

La calificadora de riesgo Fitch ha bajado la calificación de la deuda soberana colombiana de ‘estable’ a ‘negativa’. Pero el Gobierno insiste en que somos un país ejemplar, y si esa baja de calificación se menciona es para minimizar lo que significa, comparándonos con otros países emergentes y achacando la culpa a la caída de los precios del petróleo.

La verdad es que la pequeña recuperación de los precios del crudo la pone casi al nivel de las proyecciones (US$50) y el alza en los precios del café y la buena cosecha pasada (el café sigue siendo el segundo renglón más importante de exportación) mejoran la situación respecto a esos rubros.

Sin embargo, estamos peor de lo que esperábamos. No se cumple el programa o escenario previsto para el ajuste a la crisis derivada de los bajos precios de los recursos naturales; por el contrario, la situación se deteriora respecto a lo proyectado.

El petróleo mismo a pesar del repunte parcial no se acerca a lo calculado, pues del millón de barriles alcanzados vamos en descenso a 880.000 de extracción, y ha disminuido en más de la mitad la exploración, con la consecuente reducción de las reservas probadas a las cuales aspirábamos.

Respecto al paro de camioneros, se asume que el daño ya pasó y no se contemplan las eventuales consecuencias que se derivan (como mayor incertidumbre y costos para el comercio exterior); y la viabilidad o sostenibilidad de lo ‘acordado’ (se delega la concreción de las promesas en unas instancias ‘mixtas’ que no tienen ninguna capacidad de desarrollarlas –como en todos los arreglos de educación, salud o temas indígenas anteriores–).

Europa –que es con quien contamos para subvencionar la paz– sufre la angustia del terrorismo y las dificultades económicas de una inestabilidad-recesión que no sabe cómo manejar (además de la amenaza de la implosión que produciría el ejemplo del brexit). China disminuyendo su crecimiento. Y en Latinoamérica Venezuela, Brasil y Ecuador –que son nuestros socios comerciales– forman lo que el FMI llama el ‘club de la tristeza’.

Si el alza del costo de vida supera el doble de lo proyectado y el desempleo vuelve al orden de los dos dígitos, no basta con que nos recuerden que las metas son ‘convergencias’ a mediano plazo y que no cambian sino solo se difieren (ya no se habla de la estabilidad para 2017 sino para 2018).

Por segundo año superamos largamente el rango meta de inflación y quedamos por debajo del límite inferior de la meta del PIB; la opción de luchar contra el aumento de la inflación con subidas de intereses por parte del Banrepública no parece estar surtiendo efecto (pasaron de 4,5% a 7,5%), a más que tiende a inducir una recesión que ya los otros factores están impulsando (la inversión productiva cae de 12% a 3% y la Formación de Capital Fijo de 29% a 22%).

Dependemos como única solución de una reforma tributaria que no nos revelan, que está presente en el imaginario, pero nunca aparece ante nuestros ojos (tal vez por el temor a lo que cause).

El desfase de ingresos a egresos es monumental: en 2018 se acaba el ‘impuesto a la riqueza’; la atracción de nuevos inversionistas para las APP se ve cada vez más difícil; el apoyo internacional para ‘financiar la paz’ parece cada vez más incierto; el cambio por las calificadoras de riesgo (ya lo hizo Fitch y seguro las otras seguirán) aumenta no solo el costo sino también la dificultad de acceso al crédito; la Regla Fiscal y el Plan Fiscal de Mediano Plazo deberían ser además una talanquera.

Entre contradicciones e improvisaciones: el presupuesto 2017 se presenta sin saber qué saldrá de la reforma; se habla de ‘reforma estructural’ sin decir o tomar en cuenta qué pasa con las condiciones excepcionales de coyuntura (disminución crítica del ingreso petrolero; inversión en el postconflicto; agotamiento del extraordinario ‘impuesto a la riqueza’). Y con la dificultad política de tramitar simultáneamente el plebiscito –con la reacción de la población cuando se entienda que solo aumentan los impuestos indirectos, y que solo será una forma de disimular el aumento del IVA (que representa casi 70% del nuevo ingreso)–.

Pero vamos mal no porque estemos mal sino porque no estamos tomando correctivos para cambiar. Nuestras autoridades se niegan a reconocer la situación y la tendencia al deterioro, y concentran los esfuerzos en vender una falsa imagen de gran gestión en vez de rectificar el rumbo.

Vamos mal porque hay más manejo de la desinformación que de los problemas. En los medios hay más atención al rating que al análisis; se tratan más las crónicas rojas y los escándalos de corrupción que las dificultades económicas y sociales; hay más interés en divulgar los chismes y las componendas políticas que la falta de medidas de Gobierno.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 531

PORTADA

La Bolsa de Valores necesita acciones urgentes

Con menos emisores, bajas rentabilidades y desbandada de personas naturales, la Bolsa busca recuperar su atractivo. Finca raíz, su nueva apuesta. ¿Será suficiente?