Opinión

  • | 2013/12/15 00:00

    El tema de los países no viables

    En algún momento, el ya entonces expresidente López Michelsen se preguntaba si Colombia estaría entrando en la categoría de ‘países no viables’. Se refería a las categorías que una clasificación internacional proponía.

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No viables serían los países cuyos recursos y tendencias de crecimiento no permitían suponer que podrían salir de la condición de subdesarrollados.

En una definición matemática se podría asignar a cada país un índice de desarrollo –siendo por definición 100 el de referencia o sea el más desarrollado–. Y si por ejemplo Colombia tuviera un índice de 40 y un crecimiento de 4% anual cuando aquel de referencia crecía solo 2%, al final del periodo nosotros avanzábamos 1,6 contra 2 del país líder, y no reduciríamos la brecha sino la agrandaríamos. En tal caso solo con crecimientos superiores a 5% sería viable salir del subdesarrollo.

Estados como Haití en América, varios de los africanos, de Asia central (como Afganistán), del Sudeste Asiático, como Birmania (hoy Myanmar); es decir, aquellos cuya pobreza y cuyo rezago exigirían tasas de crecimiento por fuera de sus posibilidades caerían en esa categoría.

Países como Arabia Saudita o los Emiratos superaron esa situación gracias a sucesos extraordinarios coincidentes como el alza de los precios del petróleo con las inmensas reservas que poseen. No es probable que a otros les suceda lo mismo, luego no es la salida o el camino de esperanza para alguien como nosotros.

Países como Corea del Sur lograron implementar modelos que les permitieron salir de esa condición, y otros como Turquía o Brasil van por ese camino. El caso de China –y puede ser que la India– es sorprendente, pues, contradiciendo lo que aparecía como probable, con crecimientos del orden de 10% anual durante un decenio, se puede decir que entran en la lista de aquellos con posibilidad de subir de categoría.

Colombia (como en el ejemplo arriba mencionado) pertenece al grupo de aquellos que pueden superar el subdesarrollo pero que dependen de sus gobiernos y de los modelos que implementen. Hasta ahora la tendencia ha sido la contraria –desde cuando se habló de esa clasificación la brecha ha aumentado en vez de disminuir– pero no hasta el punto de que se cierren las posibilidades.

Lo que sucede es que en buena parte la viabilidad puede depender más de otras condiciones. Casi siempre se da una coincidencia entre la falta de desarrollo institucional o político, mala o deficiente atención a los temas sociales, y subdesarrollo económico. No solo con medidas económicas, ni es en base a una ‘buena percepción internacional’ sobre el Primer Mandatario que se transforma un país.

En ese sentido los esfuerzos que debemos hacer no son tanto en el campo de la economía y las buenas relaciones en el exterior como en los otros. El atraso en infraestructura o la decadencia de la industria y la crisis del campo pueden volvernos ‘inviables’ o son aspectos que pueden superarse. Pero es simplemente imposible que se mantenga un Estado con las condiciones de desigualdad, exclusión, y desatención de las necesidades básicas de la ciudadanía. Como tampoco es viable un Estado sin Administración de Justicia, sin partidos políticos, sin verdadera institucionalidad y a la expectativa solo de ‘líderes independientes’ con cualidades excepcionales.

Más que mejorar la imagen internacional y suscribir TLC con todos los países del mundo o ingresar a la Ocde o la Alianza Pacífico, lo urgente es pasar las reformas a la Salud, a la Educación, a la Administración de Justicia. Y si bien las inversiones en infraestructura son un prerrequisito para el crecimiento económico, no menos indispensable para volver viable a Colombia son otras leyes pendientes como el Estatuto de la Oposición y el desarrollo de la Ley de Partidos (financiación, garantías, umbrales, etc.), o la de Ordenamiento Territorial.

Pero esto no se logra si se toman todas estas medidas como puntuales. Sin un cambio de modelo, todas estas serán inocuas, ni siquiera paños de agua tibia. Más que reformas, lo indispensable es abandonar la propuesta política y económica que ha inspirado y orientado las acciones del Estado en las últimas dos décadas.

Un modelo donde el mercado es rey siempre mantendrá y profundizará las desigualdades. Un Estado que se preocupa más por el crecimiento de la economía que por el bienestar y las penurias de los ciudadanos nunca logrará la armonía social. Una economía que no se centra en la planeación y la intervención estatal y se rige por la libre competencia siempre lo que gana en crecimiento lo hace a costa del aumento de las tensiones sociales. Un Estado que depende de Mesías y no de la fortaleza de sus instituciones no es viable.

Solo el abandono del neoliberalismo y una reorientación de los principios y objetivos del Estado alrededor de un verdadero modelo de desarrollo que comprenda las dimensiones social y política mantendrían a Colombia no solo como país capaz de superar el subdesarrollo sino en el camino de lograrlo.

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