Opinión

  • | 2015/08/19 19:00

    Cómo no dejarse manipular por las encuestas

    Lo conducente puede ser estudiar y entender los mecanismos y los intereses a los que estas responden, y así sacar lo válido de ellas y descartar lo que corresponde a simple manipulación.

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Dado que es un hecho aceptado y reconocido que las encuestas son un instrumento para incidir en las decisiones de quienes creen en ellas, y que a eso se debe la diferencia entre unas y otras, la tendencia sería a pensar que lo mejor es prescindir de su lectura.

En época de elecciones se nota más esto, tanto en cuanto a lo sesgado, como a lo poco confiables que se vuelven para el público.

Sería, sin embargo, un error prescindir de la información que suministran, o asumir que esta es errada.

Lo conducente puede ser estudiar y entender los mecanismos y los intereses a los que estas responden, y así sacar lo válido de ellas y descartar lo que corresponde a simple manipulación.

Porque, como instrumento técnico y con metodologías probadas y confirmadas como una ciencia, lo que produce se puede considerar como cierto, siempre y cuando se tomen en cuenta todos los elementos que llevan a ese producto.

El primero de ellos, quién las contrata; es el chiste de que el estadístico a la pregunta de ‘¿cuánto son dos más dos?’ responde ‘¿cuánto quiere que sea?’. Tener en cuenta qué se busca con una encuesta –y en consecuencia qué busca quien la contrata– es la condición primera para no caer en la trampa de creer que es objetiva y neutral. Por lo general, las encuestas políticas mantienen la condición de que solo pueden ser divulgadas por el contratante, con lo cual solo sale a la luz pública lo que a este conviene (y se minimiza u oculta lo molesto).

Aunque se habla mucho de la falta de credibilidad de las encuestadoras, la realidad es que prácticamente todas son igualmente profesionales en cuanto la parte científica y metodológica. Por eso siempre tienen una explicación para las diferencias entre unas y otras. Pero no es por casualidad que cada medio de comunicación –y en temporada de elecciones cada campaña– está ‘casado’ con una firma de estas (y recíprocamente, cada encuestadora depende de su relación con un medio). Si el verdadero objetivo de los medios de comunicación no es propiamente informar lo que afecta al público sino aquello que a ellos interesa, bien sea por el rating que conquistan, bien por los intereses que en ello tienen, es claro que las encuestas y las encuestadoras también sirven los mismos propósitos. Ser conscientes de tal relación (o tales relaciones) ayuda a depurar de esas desviaciones el análisis de lo que muestran.

Sería deseable ver una encuesta con las mismas condiciones realizada por todas las firmas especializadas; pero pocas posibilidades hay de que esto suceda pues sería contrario a la verdadera razón de contratar esas encuestas. En todo caso, una encuesta que se repite sistemática y periódicamente con las mismas preguntas expresa más que una nacida de la coyuntura sin más referente que la ‘foto’ del momento.

Ejemplo vivo de hasta dónde pesan esas condiciones de la encuesta es lo sucedido recientemente con la de Ipsos sobre candidaturas a la Alcaldía de Bogotá, que se desvía totalmente de lo que hasta ahora todas las otras habían registrado.

Al escoger un muestreo sobre teléfonos fijos se está limitando a un sector determinado. En este caso los estratos 1, 2 y 3 pocas veces tienen teléfono fijo y cuando lo tienen no están usualmente para atenderlo por estar trabajando; es decir, selecciona del estrato 4 para arriba y minimiza el peso de los otros. Como solo se pregunta ¿por quién votaría? sin verificar la intención o no de votar, el resultado que muestra aplica a menos de 50% de los probables electores.

El dato que produce por lo tanto se refiere al universo de votantes muy diferente de aquel que, por ejemplo Cifras y Conceptos, trabaja al tomar como base a quienes votaron en la última elección y quienes responden en primera instancia que sí piensan votar, con lo cual excluye a quienes probablemente no se manifiestan en la elección real. Y por supuesto una encuesta depende en algo de la cantidad de encuestados y la forma de encuestarlos, siendo más confiable (menos ‘margen de error’) una de 2.000 o 3.000 respuestas ‘frente a frente’ que 600 sin que se sepa con quién se trata.

Pero es obvio que donde más se da la manipulación es en la presentación. Los anteriores factores hacen que de antemano se busque una divulgación acorde a las simpatías o intereses del medio contratante. Pero el despliegue, desde las campañas de expectativa hasta la oportunidad de destacar uno u otro aspecto (u ocultar alguno), queda en manos de quien es a la vez el contratante y el divulgador.

En conclusión, y ciñéndonos al ejemplo mencionado, lo deducible es que algún interés o vínculo hay entre los medios que apoyan a Peñalosa, y entre esa campaña y la encuestadora.
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