Opinión

  • | 2015/06/10 19:00

    Paradoja Corrupta

    La Fifa ha sido una entidad crónicamente corrompida e inmensamente exitosa, como China ¿Esto es una paradoja?

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La intempestiva renuncia de J. Blatter a su cargo como presidente de la Fifa ha sido aplaudida unánimemente por los expertos. La entidad que dirigió por 17 años, y a la cual estuvo vinculado otros 20, sufre de corrupción crónica y sistémica. El aplauso es entendible y proviene de la idea de que el portazo de marras sería el primer paso de un tratamiento profundo y cuidadoso, en aras de una cura definitiva para la grave enfermedad.

Guardadas las obvias proporciones, desde que tomó posesión el presidente Xi Jinping en China, en 2013, en el país también se inició un tratamiento fuerte tendiente a extirpar la corrupción, empezando por la condena severa de pesos muy pesados como Bo Xilai y Liu Zhijun en 2013, Xu Caihou en 2014 y el inicio de una investigación penal ni más ni menos queda contra Zhou Yongkang, otrora el número tres en la jerarquía política del país, hace un par de meses.

Lo interesante es que, con la corrupción enquistada en la médula, este par escogido entre sus incontables víctimas lograron ser muy exitosos. Los ingresos de la Fifa, por ejemplo, que son el termómetro crucial, crecieron a un ritmo promedio de 11,5% anual entre 2003 y 2014, generando utilidades, que no es su objetivo último, de US$338 millones entre 2011 y 2014, mientras que su patrimonio pasa de US$643 millones en 2007 a US$1.523 millones en 2014. Al mismo tiempo, Blatter y su predecesor J. Havelange, igualmente amparador de corrupción venteada, fueron exitosos en llevar el fútbol a regiones como Asia y África, que antes eran masa informe para los aristocráticos fundadores de la entidad, desarrollo a todas luces extremadamente importante. Para rematar, el Mundial de 2014 fue, según conocedores como Mauricio Silva, el mejor de  la historia.

El deslumbrante desarrollo de China es ampliamente conocido y admirado en el mundo entero, pero no sobra recordar que la economía creció a un ritmo de 9,8% entre 1980 y 2013, con lo cual logró multiplicar el PIB per cápita (medido en dólares constantes) por un factor superior a 16 veces. Para ubicarnos, en Colombia ese mismo indicador, durante idéntico período, se multiplica por un factor de 1,8, una décima parte en cifras gruesas. Más aún, usando una línea definida como US$2 de paridad por persona, el número de pobres se redujo de 963 millones en 1984 a 250 millones en 2011, una cuarta parte, también en cifras gruesas.

El éxito económico, social y misional ha convivido en estos dos casos, pues, con un elevado grado de corrupción, y ello es una paradoja interesante que amerita reflexión. La primera posibilidad es que no hay paradoja alguna, que este par de casos son bichos raros, excepciones a una regla general según la cual con corrupción no hay éxito y punto final. Los estudios académicos sobre corrupción y crecimiento económico no permiten llegar a esta conclusión de manera tajante e inequívoca. En primer lugar porque el flagelo es muy difícil de medir y las cifras que hay son generalmente percepciones subjetivas con disfraz de cifra dura. Segundo, porque lo que medimos como el efecto de la corrupción puede ser efecto de otra cosa: malas instituciones, desconfianza ciudadana, conflicto étnico, etc.

La segunda posibilidad es que la corrupción imperante en un momento dado es la consecuencia de un acuerdo implícito entre dos o más grupos sociales, o coaliciones, acuerdo sin el cual la convivencia pacífica y la gobernabilidad serían imposibles, para perjuicio de todos. Entre más numerosas las coaliciones que se tienen que poner de acuerdo y más diversos sus intereses, más difícil la convivencia, más complejo lograr un ordenamiento normativo y regulatorio amparado en el “bien común” y más probable que aparezca la corrupción como mecanismo de ajuste.

La corrupción es una enfermedad que corroe todo cuerpo al que por desgracia infiltra. Un equilibrio social sin corrupción es preferible a un equilibrio social con corrupción, pequeña o grande. Lo malo es que hay razones fuertes para pensar que en toda sociedad diversa, dinámica y cambiante, existen los incentivos para que la enfermedad aparezca. Si eso es cierto, la alternativa a la corrupción es la imposición forzosa de los intereses de una coalición –que no necesariamente es la prístina del curso- sobre los intereses de todas las demás: panorama nada atractivo. 
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