Opinión

  • | 2015/11/11 19:00

    El gran perdedor en las elecciones

    El verdadero máximo perdedor fue el sistema o la institucionalidad política colombiana.

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Apartándonos de la reivindicación que hace cada uno de los interesados de la forma en que los resultados reflejan su triunfo en los últimos comicios, sobre lo concreto se pueden sacar conclusiones:

Grandes perdedores: Centro Democrático y Uribe, Clara López y Petro, Roy Barreras y la U.

Grandes Ganadores: Cambio Radical y Vargas Lleras, Santos y la Unidad Nacional.

Pero el verdadero máximo perdedor fue el sistema o la institucionalidad política colombiana.

A lo largo de la historia los procesos por medio de los cuales se definían las relaciones de poder en una comunidad se desarrollaron alrededor de agrupaciones en las cuales la identidad de intereses unía a los miembros bajo diferentes formas de asociación. Se crearon guildas, gremios, sindicatos, etc. que permitían a quienes compartían condiciones y propósitos similares confrontar o competir con otras colectividades que defendían intereses diferentes. 

La evolución ha ido creando un sistema moderno en el que prácticamente en todos los Estados o países hoy la institucionalidad política está basada en la estructura de partidos.

Nuestro ordenamiento supuestamente reforzó eso con la Ley de Partidos, que en principio obligaba a que estos fueran colectividades organizadas que llenaban el propósito de representar convergencias de intereses, con una orientación ideológica definida y mediante un sistema de estatutos que por eso se elevaron al rango equivalente a Leyes de la República.

Los recientes comicios contradijeron completamente este propósito y esta organización: los mayores ganadores fueron los que se inscribieron por movimientos o firmas fuera de los partidos o, más exactamente, en contra y como castigo a ellos. De los candidatos de libre elección que ganaron –es decir los alcaldes y gobernadores que no estaban obligados a salir por listas de Partido– no hubo uno que se presentara como candidato de una sola colectividad. No solo todo fueron coaliciones, sino todas lo fueron sin ningún criterio o sentido diferente de aliarse con quien creían podría ganar. Las más aberrantes fusiones se dieron, no solo entre las ideologías que suponían representar, sino incluso por las descalificaciones personales que recíprocamente se habían lanzado. 

La resultante es que los elegidos no tienen ningún mandato, ninguna afiliación, ningún compromiso y, en la mayoría de los casos, tampoco la trayectoria de liderazgo que supondría tener un dirigente político. Su único vínculo es con la persona que les dio su aval o, en el mejor de los casos, con el anonimato y la falta de plataforma programática de la inscripción por firmas. 

En ese revoltijo y en esas relaciones contra natura ¿cómo se le puede pedir al elector que escoja una razón para dar su voto por una u otra opción? ¿Cómo se puede pretender que al ver esa falta de seriedad y de coherencia en la dirigencia intente él asumir ‘responsablemente’ su decisión (como se presume que debería ser)? Ante el hecho de que nadie le propone algo con claridad, nada más consecuente que sufragar por quien algo concreto le ofrece, sea una teja o $50.000.

Y, bajo ese mismo raciocinio, no solo es inconsecuente escandalizarse por la ‘compra de votos’: en una elección así, lo único que hay es la compra de votos. Esa va desde los dineros mal habidos hasta la financiación por las grandes empresas, y pasando muy especialmente por el respaldo de los grandes medios de comunicación. Si no hay propiamente ningún abanico de propuestas entre las cuales escoger, quien consigue el respaldo ciudadano no es el candidato más idóneo sino quien más capacidad de compra tiene, ya sea para convencer con billetes o para pagar publicidades o para financiar directa o indirectamente a los ‘manzanillos’.

Pero el principio más indiscutible en política es que cuando alguien pone la plata para que otro gane, lo hace porque lo que espera es que ese gane para que le pague.

Y en esta elección no solo se vio que para el votante la forma de motivarlo dependía únicamente de la cantidad de los recursos que se invirtieran, sino que se volvió natural que en todas las campañas se excedieran los límites legales. Con eso se completó un modelo en el cual nuestro proceso político se reduce a cuál de los candidatos tiene más respaldo de los más poderosos económicamente.

Si por un lado desaparecen los partidos, y por otro la única regla para participar en una elección es buscar cualquier medio para ganar sin propósito ni limitación diferente de este, lo que nos espera es ver cómo se retribuye a quienes lograron, gracias al apoyo económico y mediático, que triunfaran unos candidatos que, sin mandato alguno ni ser mandatarios de nadie, solo tienen el compromiso de servir esos intereses.
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